Humor sonámbulo y seudofilosofía literaria

Poesía en segundos.
 Los días que ahora son sueños (FCE, México, 2015) de Eduardo Carranza (1913–1985).
Los días que ahora son sueños (FCE, México, 2015) de Eduardo Carranza (1913–1985).

Ciudad de México

¿Son tiempos buenos o malos para la literatura? Es difícil saberlo. La mayor parte de los grandes escritores que le dieron significado a la creación de finales del siglo XX ha desaparecido y en su lugar quedaron las figuras emergentes que no logran acomodarse a las veleidades de la representación mediática. Además, muchos de los más jóvenes creadores tratan con desdén las obras legendarias y las fuentes del pasado. En el plano de los géneros, la prosa busca, con novelas de hechura rápida, una circulación exitosa y la poesía intenta capturar, sin oficio y sin drama verdadero, al público lector, que siente recelo hacia poemas descriptivos y vagos. ¿Hay otras señales? Las hay. Si uno fija la mirada, surgen asombrosas obras conocidas pero valoradas insuficientemente; aparecen textos minuciosos hechos de manera espontánea, sin “plan”; y está ahí el talento que no se acobarda ante la frivolidad, el poder y la conveniencia. No es poco. Por eso, muchas veces tenemos el sentimiento de que algo importante ocurre y que vale la pena asomarse a los catálogos y novedades.

Los últimos tres años (Ediciones Sin Nombre/ Universidad del Claustro de Sor Juana, México, 2015), del escritor argentino Jorge Fondebrider (1956), traductor ducho de la lengua inglesa, parece un libro de poesía como tantos otros. Una miscelánea más de impresiones. No lo es. A través de la aceptación de un mundo modesto, de la construcción cuidadosa de un tono menor, nos ofrece, primero, una autenticidad indudable y, después, un pensamiento indignado. En lo que toca al primer aspecto, el libro de Fondebrider afirma: “no solo es trágico el destino por énfasis o sangre”, “como las naves que se humillaron en un fulgor de espuma” o “la toma de Damasco” o “el humo de las pampas”. Esa grandeza admirable y temible puede ser también el hado que nos tocó vivir y que en un vislumbre “se vuelve competente por unas pocas horas”. En lo que hace al descontento, Fondebrider sentencia en un epígrafe dirigido a Ezra Pound: “Cómo te entiendo./ Y no viviste para ver el mundo lleno/ de licenciados en casi cualquier cosa”. Esta lírica diáfana es seca, dura y necesaria.

En una perspectiva abierta, pero al mismo tiempo rigurosa, de la buena poesía latinoamericana, la publicación de la antología Los días que ahora son sueños (FCE, México, 2015)de Eduardo Carranza (1913–1985)es, como decimos vulgarmente, justa y necesaria. El poeta colombiano, aunque nació en la generación de Octavio Paz, Nicanor Parra y Gonzalo Rojas, no pertenece a este linaje excepcional ni posee, obviamente, la misma dimensión estética. No obstante, en su “retraso”, en su anacrónico aire simbolista también nos revela, en un pequeño desplazamiento, el humor sonámbulo de nuestro tiempo y, en los mejores versos y poemas, Carranza habla con perfección: “la noche a picotazos roe mi corazón/ y me bebe la sangre el sol de los dormidos”.

Si es verdad que la poesía moderna es crítica —porque no puede dejar de tomarse el pulso a sí misma—, entonces la reflexión en prosa es una tarea esencial de la creación lírica. Sin embargo, esto no significa que el pensamiento sobre la poesía o un poema devenga habla vidriosa o, peor todavía, el tejido craso de una jerga ilegible. Al leer El suelo incierto, ensayos (FCE, 2014) de Eduardo Milán (1952) nos tropezamos con un lenguaje dudoso. El título mismo del libro nos previene y trata de hacernos aceptar el lugar impreciso donde ocurrirá la “reflexión”. Pero esta advertencia no ayuda. La seudofilosofía literaria de El suelo incierto elude enunciar rigurosamente sus ideas y la argumentación embrollada solo nos plantea una sucesión de alusiones y circunloquios. Para decir, por ejemplo, que la poesía mexicana no es moderna en la mayor parte de sus autores y que sí lo es la peruana, la chilena, la uruguaya y la argentina, Milán se enreda como un gato en la madeja. Es imposible no recordar a Antonio Porchia: “Pequeño es aquel que para mostrarse esconde”.