La mala Pascua

Vibraciones.
Escena de la Cavalleria rusticana en el Nuevo Teatro Nacional de Tokio.
Escena de la Cavalleria rusticana en el Nuevo Teatro Nacional de Tokio.

Ciudad de México

Nací y crecí en una aldea siciliana que abandoné cuando cumplí 13 años a causa de un asesinato.

El domingo de Pascua de 1879, poco después del alba, Alfio el carretero y Turiddu Macca, el hijo de doña Lucía, se encontraron en las nopaleras con sus respectivas comitivas. Pelearon a cuchilladas. Turiddu le pinchó la ingle y abrió una herida en el brazo. Alfio, agachado a causa del dolor, con el codo casi tocando el suelo, le arrojó un puñado de tierra a los ojos. Saltó sobre Turiddu y le cortó la garganta.

Yo desobedecí a mamá (viuda) y me escapé de madrugada para asistir a la pelea. Escondido en lo alto de una colina cercana, vi desde que llegaron las bandas hasta que se llevaron el cadáver cubierto por una manta blanca.

Dos semanas después, un policía de profuso mostacho negro me interrogó con suaves modales. Le sorprendió el detalle del puñado de tierra. En el pueblo se había corrido el rumor de que la batalla había sido honorable.

A mamá le preocupó que alguien se resintiera conmigo por haber manchado la reputación de Alfio y nos establecimos en una aldea a las afueras de Venecia. Ahí viví cinco años y cuando cumplí 18 (en 1885) viajé a Milán para estudiar en la Escuela de Letras.

Estaba de moda el verismo. Crudas historias rurales contadas por fríos observadores ávidos de retratar a seres humanos en su desnudez de pobreza y brutalidad. Me llevé la sorpresa de mi vida cuando descubrí que ese policía en realidad había sido Giovanni Verga, un escritor verista que en el primer relato (“Cavalleria rusticana”) de su libro La vida de los campos (1880) narra ese asesinato en mi pueblo siciliano.

Tiempo después, en 1890, Pietro Mascagni utilizó la historia para escribir una ópera. Acudí a una de las presentaciones milanesas. Mientras el relato me había producido la impresión de que leía algo ajeno, la música me regresó con violencia a mi infancia, a un episodio en concreto: mi idolatría por Turiddu.

Era mi héroe. Usaba un gorro rojo de cazador con la borla colgando y encendía cerillos con la parte de atrás de sus pantalones. Yo revoloteaba a su alrededor como una mosca. Le pedía más historias de cuando fue soldado y que me diera a fumar de su pipa adornada con el grabado de un rey a caballo.

Turiddu había sido novio de La Lola pero cuando regresó de la guerra la encontró casada con Alfio (quien había hecho fortuna vendiendo machos de Sortino). Ella era guapísima y vanidosa. En misa ponía los dedos contra su vestido blanco a la altura del vientre para que lucieran sus joyas.

Turiddu aún la amaba y por las noches, acodado en la barra de la cantina, le cantaba a la distancia cuanta siciliana sobre desamores sabía. Y tenía sexo con cualquier mujer que se le cruzara por la plaza. Así desahogaba su desdén y tristeza. Pero La Lola era una caprichosa cachonda. Al ya no sentirse deseada, lo quiso de vuelta: le abrió la ventana de su cuarto para que entrara cuando su esposo se iba.

En la ópera, Turiddu y La Lola existen a través de un canto que no tiene belleza, sino atrevimiento y bravura; desde ese mundo sonoro de violencia vocal, estremecieron mis nervios con el dolor y la angustia de su trágico romance.

Lo único que no me gustó de la ópera fue el papel principal que se le da a Santuzza, la hija del rico Colás. En la aldea, ella era un ser soso y repulsivo. Mustia, fea, mocha e hipócrita. Ojerosa y enlutada. Mientras con La Lola en la cabeza los pubescentes nos masturbábamos, a Santuzza le arrojamos piedras.

Una vez vi que le pegaba el culo a Turiddu en las fiestas de Semana Santa y luego, según se chismorreó en el mercado, le lloriqueó a doña Lucía que su hijo le había quitado el honor. Después se presentó ante Alfio para amarrar los cuchillos: “¡mientras estás fuera, tu mujer te adorna la casa!”.

Todas estas cosas (mi infancia, el relato de Verga, la ópera de voces salvajes, los recuerdos de esta gente apasionada…) ya las había olvidado hasta que hace una semana recibí la carta de una mujer desconocida (dice haber sido amiga de mi difunta madre) que me avisa de la muerte de doña Lucía, la mamá de Turiddu.

Desde que recibí esta carta, en el corazón me han sucedido cosas extrañas. La imagen de Santuzza me atormenta. Cierro los ojos y la veo avanzando de rodillas desde la iglesia hasta casa de Turiddu. Él sale, la pone de pie jalándole de los cabellos y grita: “Santa, Dios mío, ¡si no me dejas de molestar te voy a matar como la perra que eres!”.

Ahora voy en camino para asistir a los funerales de doña Lucía. Es la última tarde de 1899. Han pasado veinte años desde el asesinato. Esa mañana, cuando se llevaron el cadáver de Turiddu, bajé desde la colina y recogí su cuchillo ensangrentado del piso. Lo llevo en la bolsa izquierda de mi chamarra.