Sergio Mondragón: Poeta de la tierra

Situando el asunto en el nivel intelectual que le corresponde, Octavio Paz sugirió alguna vez que lo que caracterizaba a Mondragón era la búsqueda “de la palabra de poder”.
'Las eras imaginarias' de Sergio Mondragón.
'Las eras imaginarias' de Sergio Mondragón.

Ciudad de México

Para muchos, Sergio Mondragón es el más “beat” de los poetas mexicanos, y puede ser que tengan razón. Si el principio es fin, como declara Eliot en sus Cuatro cuartetos,la poesía de Mondragón tiene para siempre el sello de la revista El corno emplumado, que coeditó aquí en la Ciudad de México con Margaret Randalldesde 1962 a 1969. Esta revista bilingüe de vanguardia, que publicaba a poetas mexicanos, latinoamericanos y a muchos de los norteamericanos de la Beat Generation, entre los que hay que mencionar a Philip Lamantia y Allen Ginsberg, es acaso la más representativa de la década. Surge bajo la influencia trastornadora que ejercía la Revolución Cubanaque acababa de declararse “marxista–leninista” y termina debido a la represión que imperó en el país a partir de la matanza de Tlatelolco y que se prolongó durante los años setenta con el apogeo de la “guerra sucia” que ordenó el gobierno en contra de los disidentes. Sobre el suelo de la actualidad mexicana, con la que nunca ha dejado de interactuar, la poesía de Mondragón (Cuernavaca, Morelos, 1935) pareciera estar signada por un poliedro pentafónico en el que pueden distinguirse: 1) Un vértice anti–capitalista, propio de los aires de la época; 2) Un vértice orientalista, del hinduismo al budismo zen; 3) Un vértice jazzístico, carnal e improvisatorio; 4) Un vértice de libertad y plenitud sexual; y, por último, 5) El vértice de la iluminación y los estados alterados de conciencia.

Situando el asunto en el nivel intelectual que le corresponde, Octavio Paz sugirió alguna vez que lo que caracterizaba a Mondragón era la búsqueda “de la palabra de poder”. Regresarle su magia a la poesía, sus poderes espirituales, al grado de hacerla capaz de cambiar al hombre y a su conciencia, éste es, me parece, el trasfondo de su incesante trabajo con el lenguaje. Sobre un trasfondo tribal y acaso utópico, pero no menos persistente, el poeta sabe que el único modo de salvarse es salvando el poema que le ha tocado escribir. Mondragón no ha dejado de hacerlo desde los años sesenta.

Su más reciente libro, Hojarasca (2005), es una muestra de ello. Varios de los poemas que contiene este libro me parecen magistrales. Mi favorito es un poema breve y delgado que tiene qué ver justamente con esta búsqueda primordial de poeta. El mundo importa, por supuesto, pero antes que salvar al mundo lo que le interesa al escritor es salvar el poema, que es su razón de ser en esta tierra. En ello le va la vida. Puesto que toda paráfrasis es engañosa, prefiero transcribir el texto de Mondragón:

 

                                   POEMA SALVADO

 

                        En pleno vuelo

                        Te rescato de la tormenta

                        Que empapa tus alas;

 

                        En la orilla de un prado

                        Te recojo del suelo

                        Para besar tu pico maltratado

                        Por las mentiras del habla

                        Que no sabe lo que dice.

 

                        Hemos llegado juntos a la costa

                        Con las manos metafísicas tomadas;

                        Con mi suerte de náufrago

                        Que se aferra a la tabla

                        Que otro náufrago ofrece:

                        Tú,

                        Poema salvado

                        Por mis manos de escriba.

 

No deja de ser interesante que aquí Mondragón se describa a sí mismo no tanto como poeta sino como “escriba”, alguien depuesto de poderes creadores y que se limita a transcribir sobre el papel lo que alguien más, sea la inspiración o el deseo, le dicta. Esta “humildad” del poeta, por llamarla de algún modo, tiene qué ver con los impresionantes monólogos en prosa con los que corona su Hojarasca. Me refiero a “Tres poemas mexicanos en prosa”, inusitados textos en los que convive la crítica social con la poesía más alta y más respetable. No en balde se han escuchado siempre en Mondragón resonancias de ese poema admirable de Paz que se llama “El cántaro roto”, y que el poeta, me lo ha dicho alguna vez, prefiere a los celebrados endecasílabos de Piedra de sol. Lo interesante aquí es que para tramar este tríptico Mondragón ha recurrido a una voz acaso todavía más entrañable: la de Juan Rulfo. Cuando menciono a Rulfo no lo hago para referirme al novelista, según ordena el lugar común, sino al poeta de la tierra del que no podríamos prescindir. Mondragón no solo no prescinde de él, sino que lo inserta dentro de su escritura para articular con esta textura y esta voz una crítica implacable en contra del abandono y la indiferencia del Estado mexicano ante los campesinos. Un monólogo campesino, un monólogo ancestral, no ajeno a las voces de los antiguos dioses, es lo que se deja escuchar aquí. Una suerte de maldición que musita entre dientes un emigrado desde tierras lejanas, acaso lleno de rencor: “Primero nos despojaron de la tierra y decidieron que nos muriéramos de hambre. Luego nos arrinconaron en las encrucijadas de la sierra o nos empujaron hacia los cerros pelones donde las piedras se revientan con el sol. Allí de milagro hemos podido resistir: pero de nuestros altares y nuestros prodigios, apenas si queda rastro.”

Además de rescatar en otro monólogo a Lucas Lucatero, otro personaje de Rulfo, Mondragón se permite todavía la audacia de tramar un monólogo desde la voz de una deidad indígena: Itzpapálotl, madre y maestra, vagina de la que pueden surgir lo mismo Tezcatlipoca que Huitzilopochtli, y a la vez generoso pecho que nutre a la manada de los mestizos. Niña y prostituta. Alegría de vivir y alma perpetuamente en pena, como la Llorona: el dramatismo no podía ser mayor.  Desde su primer libro, Yo soy el otro (1965), Sergio Mondragón demostró que se podía mover como muy pocos en las agua complicadas del poema en prosa, al que de pronto no sabemos en qué terreno ubicar. Fiel al espíritu contestatario que lo vio nacer como poeta, y aguijoneado acaso por estos tiempos de derrumbe y zozobra generalizada que a muchos nos tienen al borde de la parálisis, Mondragón regresa con maestría consumada a esta forma literaria para pedir que escuchemos no tanto su voz sino las voces que se anudan en su discurso breve, ceñido y siempre convincente, seguro como está de que: “No basta/ Mirar/ Es necesario poner en movimiento.”