Octavio Hernández Bibliorock. Al ritmo de un TijueaNeo

Este hombre íntegro vivía siempre al día, por la libre, sin más respeto por el dinero que el estrictamente necesario para recargar la pila, saciar la sed y seguir en la brega, aferrado a 'TijuaNeo'.
Octavio Hernández "Bibliorock".
Octavio Hernández "Bibliorock".

Ciudad de México

El escritor y periodista cultural Octavio Hernández —conocido como “Bibliorock”—, originario de la Ciudad de México pero radicado en Tijuana desde hace treinta años, murió el pasado lunes de un paro respiratorio. Comenzó su carrera en el periódico unomásuno y la continuó en Diario 29, filial de El Nacional en la ciudad fronteriza. Roquero, cronista, promotor cultural, productor radiofónico y editor, fundó publicaciones como la revista TijuaNeo y escribió, entre otros libros,Tijuana Mesopotamia, Crónicas y otros latidos y Cornucopia. Periodismo sonoro y anexas.

El poeta y periodista Edmundo Lizardi, su amigo y compañero en Diario 29, lo recuerda de la siguiente manera:

 

Cuando Toñita Beltrán, autora de la columna “Farándula” (D 29), habló por primera vez del Bibliorock  nunca imaginó que estaba firmando el acta de bautizo de uno de los personajes señeros de las últimas décadas del ambiente cultural de la frontera bajacaliforniana. Tenía un suplemento semanal de rock en la sección cultural y de espectáculos, a mi cargo, y además colaboraba con la página diaria del periódico.

Octavio iba y venía a Los Ángeles, donde participó en varias aventuras editoriales y en la organización de tocadas con otros compañeros de ruta, border boys, como Enrique Blanc.

La primavera de 1991 fuimos en pareja a cubrir los conciertos del Coming Home, de Carlos Santana, a la monumental de Playas de Tijuana.

El cuerpo de seguridad, todos gringos de peso completo y con un pobre español, nos impidieron el paso hacia el escenario, al ruedo. Ya me había resignado a ir a buscar un lugar en el atestado graderío, cuando el Bibliorock Hernández empezó a recetarles a los guardias del promotor Bill Silva un discurso sobre la soberanía nacional, lo que fue aprovechado por otros colegas, y oportunistas de rigor, para hacer causa común y finalmente lograr desbordar a los guaruras imperiales y, entre empellones y mentadas, colarnos hasta alcanzar la orilla del stage, donde ya el padre de Carlos había inaugurado la fiesta acompañado por el mariachi.

Al cerrar el Diario 29, pasamos al otro lado de la frontera, a fundar el San Diego Hoy, primer diario en español de The America’s Finest City.

Y se reiniciaron los recorridos por los días y las noches del sur de California, contagiado por la vitalidad, el placer, la pasión de Octavio por el trabajo dentro de la fiesta: una vocación totalmente desinteresada, que se bastaba a sí misma para convertir todo lo que tocaba en texto periodístico, en prosa voraz y feliz.

Este hombre íntegro vivía siempre al día, por la libre, sin más respeto por el dinero que el estrictamente necesario para recargar la pila, saciar la sed y seguir en la brega, aferrado a TijuaNeo, su última aventura editorial, a pesar de los contratiempos económicos.

Buen viaje, Octavio, tuve el placer de verte en el encuentro literario Lunas de Octubre, en La Paz y Los Cabos, la ciudad de Rosalba, tu “dama”, como caballerosamente llamabas al amor de tu vida, quien al enfermarse y tener que regresar al Puerto de Ilusión te dejó en la más profunda soledad, como me lo confiaste la última vez que nos vimos en el FeLiNo (Festival de Literatura del Noroeste), allá en Tijuana, en noviembre pasado.

Como dice el poeta juarense, Miguel Ángel Chávez, “la cofradía de Lunas... llora a su Bibliorock”.