B.B. King: El absoluto silencio [memoria]

Cuando un músico muere, el mundo, por un momento, se vuelve un poco más silencioso, porque perder cualquier sonido es una pequeña tragedia universal. 
El músico, cantante y compositor Riley Ben King, mejor conocido como B.B. King.
El músico, cantante y compositor Riley Ben King, mejor conocido como B.B. King. (Timothy White)

Ciudad de México

I

Cuando un músico muere, el mundo, por un momento, se vuelve un poco más silencioso, porque perder cualquier sonido es una pequeña tragedia universal. Cuando ese sonido es el de B. B. King (1925–2015), tan único que nunca podría existir otro igual, entonces el mundo es un lugar mucho más triste, y durante un instante el silencio es absoluto.

 

II

Un predicador de su Mississippi natal le enseñó a tocar la guitarra. King tenía 12. El odio estaba en todas partes. Iba a la iglesia y en la misa escuchaba “el negro y el blanco son iguales” y “benditos los pobres, porque ellos verán a Dios”. Pero el rico veía con asco al pobre en los teatros mientras negros y blancos seguían matándose con repulsión, furia y terror, como si fueran una plaga, por tener pieles de colores diferentes.

La democracia y la religión se parecían tanto: hermosas ideas que no habían sido plenamente probadas. Los corazones humanos no estaban educados para poder recibirlas; les eran extrañas y no sabían cómo aceptarlas. Entonces, al final de la misa, venía el coro de góspel. Y los mensajes, de sólito vanos e irreales, a través de la música se volvían espirituales. Palabras como “amor”, “igualdad”, “libertad” y “tolerancia” carecían de significado en los discursos ideológicos, en la Biblia y en las conversaciones cotidianas; perdían consistencia al instante siguiente de haber sido pronunciadas, y el sonido terminaba desvaneciéndose en la nada.

Los fieles habían escuchado el sermón con hostilidad y miedo; en silencio, inmóviles y retraídos. Entendían todas esas cosas importantes sobre las que se hablaba: envidia, ansia de venganza, hambre, intolerancia, masacres y una imperiosa necesidad de pelear por una revolución sensual. Y sin embargo algo faltaba. Podían tener claros tales conceptos en sus cabezas, sabían lo que significaban, pero eran conceptos que carecían de la fuerza para estremecer por dentro, en la intimidad.

En cambio, cuando esas palabras eran cantadas en el púlpito por mujeres negras tomadas de la mano, se volvían verdaderas. El cuerpo podía sentir su presencia y creer en ellas. Corrían por la sangre con la explosiva intensidad de una pasión. Bajo el dominio de la música, los fieles se levantaban y seguían el ritmo con sus palmas. Sonreían y bailaban.

Así llegó el niño King a la guitarra: con la convicción de que tocar y cantar para los demás era la manera más honesta de rezar, de que la música era el vehículo más eficaz para proyectar el alma hacia lo divino.

 

III

1939. La humanidad avanzaba hacia la Segunda Guerra Mundial y la historia de la música se convulsionaba. El imperio de la tonalidad, que reinó durante 300 años, había sido derrocado. Sin un mundo sonoro único e ideal, las posibles maneras de articular sonidos resultaban interminables. El compositor vivía en confusión e incertidumbre.

Los músicos negros de Mississippi contaban historias de amor en entornos de racismo y desprecio, injusticia social y pobreza. Eran blueseros. Cantantes serios de canciones tristes. E incluso ellos, defensores de la inmediatez melódica y la simpleza de la tradición oral, sufrían su propia ruptura.

Detrás de las voces, la guitarra acústica sonaba diáfana, débil y discreta. Su sonido tenía la elegante presencia de la madera. Y de pronto surgió la novedad de una guitarra eléctrica: ruidosa y aguda, capaz de la distorsión y el escándalo, salvaje y protagónica como una mujer moderna llena de caprichos y demasiado hermosa.

 

IV

En soledad, adolescente ya, King descubrió la guitarra eléctrica. Amó ese sonido tan parecido al rayo. Y la imagen resultaba exacta: un canto que lo ponía en contacto con lo incomprensible.

Su antiguo instrumento acústico tenía un sonido que le hacía pensar en las estrellas vistas desde la Tierra: plácidas y serenas. Pero era mentira. En realidad las estrellas se colapsaban en sus guerras secretas de destrucción y fuego. Ahí iba la guitarra eléctrica: se proyectaba en imparables vibraciones hacia los grandes misterios de lo humano y del universo.

Cuando comenzó a crear su propia música, a mediados de la década de los cincuenta, King antepuso el enigmático B. B. a su apellido. Una “B” era para Blues y la otra para Boy (“chico melancólico”). Y su blues resultó diferente a cualquier otro que jamás se hubiera escuchado.

Del góspel incorporó la juguetona dinámica de un predicador que llama y su hermandad le responde. También las elaboraciones vocales extremas que empleaban gritos y llantos para expresar profundas emociones. Y de las coristas, B. B. King aprendió la alegría; era el único bluesero del mundo con una sonrisa.

Su música la escribía siempre a dos voces. La guitarra ya no tenía la función de acompañar el canto humano y hacerlo resaltar, sino establecer la compleja relación amorosa de una pareja: la voz de B. B. King dice algo concreto, un reclamo honesto y simple, como “Amor, ¿por qué no puedes tratarme bien?/ Me dejaste sin dinero y me haces sufrir/ pasas las noches fuera de casa y no regresas./ Amor, dime: ¿por qué no puedes tratarme bien?” (“Treat Me Right” del álbum B. B. King Wail, de 1960). Y la guitarra (justamente) desaparece, dejando al hombre solo con sus quejas. Pero a la mitad de la canción se vuelve protagonista y cuenta su versión de la historia, una en la cual su defensa sin palabras, en tonos enérgicos y chillones, revelan que si ella escapa es porque está aburrida y cansada, porque ese hombre que solía ser tan dinámico se ha convertido en abúlico, posesivo y maniático.

 

V

Cuando era niño, B. B. King trabajó en los campos de algodón de Mississippi. Cerca de ahí había un río. Sacar el suave y gentil algodón era frustrante y muy peligroso. Si lo hacía mal, las espinas de la planta le cortaban la piel entre las uñas, y el algodón con sangre no se lo pagaban. Tras la jornada de trabajo, la idea de que con esos dedos destrozados no podría tocar la guitarra lo angustiaba hasta las lágrimas. Iba al río y la contemplación del agua le contagiaba calma.

Del góspel aprendió que los mensajes religiosos solo pueden ser espirituales a través de la música. Sin música, únicamente resultan palabras, y por lo tanto meros ruidos sin sustancia. Ese principio lo llevó a los mundos profanos, al blues de su vida diaria.

 

VI

Alguien alguna vez dijo que Medgar Evers y B. B. King eran almas gemelas. Los dos negros, los dos de Mississippi, los dos nacidos en 1925. Ambos pelearon por los derechos de las minorías y soñaron con eliminar la segregación racial de Estados Unidos. A Medgar lo mató en 1963 un blanco de un balazo.

Poco después de su asesinato, B. B. King estaba dando un concierto en Arkansas. Dos borrachos comenzaron a pelearse por una mujer llamada Lucille y el conflicto escaló hasta convertirse en una batalla campal. Se cayó una lámpara de parafina sobre una mesa y el bar comenzó a incendiarse. A salvo en la calle, B. B. King se dio cuenta de que había olvidado su guitarra y cruzó el incendio para salvarla de las llamas. La llamó Lucille desde ese momento.

 

VII

Durante sus últimos años, B. B. King hizo lo que había hecho toda su vida: dar conciertos. Estaba enfermo y tenía que permanecer sentado en el centro del escenario. La inmovilidad de su cuerpo contrastaba con el ágil, interminable, ir y venir de Lucille. A veces parecía un cadáver cuyo único vínculo con la vida era el sonido de su guitarra.

Los dedos comenzaron a fallar eventualmente y Lucille se fue volviendo también torpe y tartamuda. La última rigidez acabó por vencerla en Las Vegas el jueves 14 de mayo y ambos murieron en el mismo instante. Una de las grandes historias de amor en la historia del mundo, la del bluesero sonriente y su guitarra que sobrevivió al fuego, ha terminado. Es absoluto el silencio.