Peter Gay: Retratista de la época victoriana

Como en "Schnitzler y su tiempo", Gay insiste en romper prejuicios y muestra que en su quietismo la sociedad victoriana era dinámica y permitía la presencia de estos excéntricos como Baudelaire.
El historiador germano–estadunidense Peter Gay
El historiador germano–estadunidense Peter Gay. (Kate Bolick)

Ciudad de México

Varios fueron los asuntos tratados por el historiador germano–estadunidense Peter Gay (Berlín, 1923–Nueva York, 2015), pero los estudios con los que acaso más se le recuerde son aquellos ligados a la época victoriana. Uno de sus libros emblemáticos, Schnitzler y su tiempo. Retrato cultural de la Viena del siglo XIX (Paidós, 2002), la tiene por tema aunque el subtítulo haga referencia a una ciudad en particular. Gay explica que si bien el término “victoriano” se asocia básicamente a Inglaterra, historiadores estadunidenses lo han extendido a otras latitudes. Los victorianos ingleses, franceses, alemanes y austriacos, reconoce, poseen rasgos particulares, pero el uso que hace del concepto “es también un reconocimento a las diferencias”. En todo caso, el arranque del prólogo clarifica sus intenciones: “Este libro es la biografía de una clase, la clase media del siglo XIX, de 1815 a 1914”.

El hecho, en apariencia nimio, que detona el libro fue la lectura que hizo el padre de Schnitzler de su diario. Esto muestra, primero, que la escritura de diarios era algo que se fomentaba en la escuela y la familia, y, segundo, más importante para los objetivos de Gay, la autoridad que tenían los padres. Al violar la intimidad de su hijo, el padre del escritor —médico al fin—quería saber de su vida sexual (las páginas dedicadas a la sífilis, motivo que retomará en su obra teatral La ronda, son de gran interés). Un sinónimo de “victoriano” que ha sido aceptado acríticamente es “conservador”, pero en no pocas páginas del libro Peter Gay demuestra que no siempre esta generalización es acertada; por ejemplo, las mujeres hablaban abiertamente de sus deseos sexuales con su marido. Otro prejuicio que se rompe: el victoriano era un ignorante burgués solo preocupado en hacer dinero. Y no era así: entre ellos surgieron los primeros coleccionistas de arte y, de hecho, la mayor parte de los logros del siglo XX se anticiparon en la época victoriana.

Empero, no han faltado cuestionamientos al trabajo de Gay. El crítico argentino Nicolás Gelormini anotó: “Tampoco falta el diálogo con los grandes filósofos como Marx o Nietzsche, pero aquí surge una de las objeciones que se le pueden realizar a Peter Gay. Y es que el autor discute solamente con sus fuentes y muy pocas veces con historiadores contemporáneos. Una segunda objeción debería señalar que el autor, así como llama ‘victoriano’ a todo burgués del siglo XIX —aunque aclare que ‘victoriano’ no quiere decir en ese contexto ‘remilgado’—, del mismo modo generaliza los prejuicios con respecto al siglo XIX y de esta manera le resulta más fácil rebatirlos. Como todo llamado a la sensatez, a la moderación, el texto corre por momentos el riesgo de convencer pero al mismo tiempo resultar anodino, de enunciar una verdad que interesa poco”.

Las transformaciones de la época victoriana y la clase media son los motivos que están en el fondo de Modernidad. La atracción de la herejía de Baudelaire a Beckett (Paidós, 2007). En el siguiente párrafo queda ilustrada la manera en cómo lo victoriano y lo moderno se interrelacionan: “En 1867, año de la muerte de Baudelaire —la reina Victoria llevaba treinta años en el trono y el término ‘victoriano’ empezaba a ser objeto de burlas—, dramaturgos, arquitectos, compositores, poetas, novelistas y otros creadores de alta cultura que anhelaban respetabilidad social habían adquirido aquello por lo que sus antepasados tanto habían luchado. Había todavía zonas, especialmente en Europa central y oriental, donde los artistas todavía no se habían liberado del estatus servil. Pero en Europa occidental y Estados Unidos podían entablar amistad y casarse con la clase media alta o la alta burguesía, y reivindicar la autonomía y dignidad de su profesión”. Si bien ya se ha señalado que para Gay “victoriano” no es necesariamente sinónimo de “conservador”, en este periodo la clase dirigente imponía el “despotismo de la costumbre”, para usar la expresión del pensador inglés John Stuart Mill, y por lo tanto se negaba a que la sociedad cambiara. El artista moderno luchará contra esto y encarnará las ideas expuestas por Stuart Mill en su ensayo Sobre la libertad, acerca de la diversidad y la individualidad. Recordemos que para él las personas que defienden su individualidad y originalidad “introducen cosas buenas que antes no existían y dan vida a las ya existentes”. Pero sobre todo en los renglones que siguen, queda claro el papel de estos hombres de carácter que siguen su vocación: “Los hombres de genio son una pequeña minoría (pero para tenerlos es necesario cuidar el suelo en el que crecen). El genio solo puede alentar libremente en una atmósfera de libertad. Son más individuales que los demás (si por timidez consienten en ser forzados dentro de uno de estos moldes, la sociedad poca mejora obtendrá de su genio. Si son de carácter fuerte y rompen sus cadenas, se convierten en punto de mira de la sociedad. Se les señala, entonces, como ‘turbulentos’ o ‘extravagantes’). No hay razón para que toda la existencia humana sea construida sobre un coto o un número de patrones. Con tal de que una persona posea una razonable cantidad de sentido común y de experiencia, su propio modo de arreglar su existencia es el mejor, por ser el suyo”.

Como en Schnitzler y su tiempo, Gay insiste en romper prejuicios y muestra que en su quietismo la sociedad victoriana era dinámica y permitía, aunque con reticencias, la presencia de estos excéntricos como Baudelaire. Si inevitablemente al final, según el dictum de Elie Faure, “el revolucionario de hoy es el clásico del mañana”, se debe a la asombrosa capacidad de absorción de “una clase cultural que los modernos habían intentado menoscabar”. Porque si el objetivo de los modernos era épater le bourgeois, en especial los pintores terminaron viviendo con lujos.

Otra idea que conecta Schnitzler y su tiempo y Modernidad es que el burgués no era necesariamente un ignorante en materia de arte. Al analizar el papel de los marchantes, Peter Gay los ve como educadores del gusto al popularizar la obra de los artistas innovadores. Entre los personajes que presenta, destaca uno de manera especial: el museógrafo alemán Alfred Lichtwark. El historiador lo recuerda por un ensayo de 1881 titulado “Publikum”, en el que dividía al público del arte en tres categorías: “las masas, los cultos y unos pocos elegidos”. Lo notable es la observación de Lichtwark de que estos “pocos elegidos” no deben pertenecer “a una determinada clase o nivel económico”. Y así es: el gusto no es cuestión de dinero. En tanto museógrafo, su valentía no fue inferior a la de los artistas que se empecinaron en ofrecer una nueva cara del arte. En especial, Lichtwark fue un defensor de los impresionistas franceses y luchó por que el museo bajo su responsabilidad, la Kunsthalle de Hamburgo, tuviera obras de ellos.

La modernidad quedará entonces como la época del artista, tras la anunciada muerte de Dios. En el recorrido que Gay hace de Baudelaire a García Márquez, lo que descubrimos es que los artistas modernos, al romper esquemas, ayudaron a que nuestra percepción se ampliara. Tal era el pensamiento de Gay: “No todas las innovaciones artísticas merecían triunfar o sobrevivir; las producciones que surgieron de la cornucopia moderna no eran admirables en todos los casos. Aun así, sigo sosteniendo que el movimiento moderno representaba una doble liberación psicológica, tanto para los consumidores de alta cultura como para sus productores”.

Pero finalmente la obra donde se cifran todas sus cualidades como historiador y su interés por el periodo victoriano es Freud. Una vida de nuestro tiempo (Paidós, 1989), su monumental biografía del creador del psicoanálisis. Gay escribe en el prefacio: “la creación de Freud, el psicoanálisis […], se presenta como la Némesis del ocultamiento, de la hipocresía, de las evasiones bien educadas de la sociedad burguesa”. Al hablar de su biografía resulta normal hacer el parangón con la biografía “autorizada” que realizó Ernest Jones. Dejo a los especialistas que hagan el estudio pormenorizado de sus simpatías y diferencias. El mismo Gay ha indicado las interrogantes que quedan alrededor de Freud, su objetivo está determinado por su especialidad: “Como historiador, situé a Freud y su obra en el seno de sus diversos ambientes: la profesión psiquiátrica que subvirtió y revolucionó, la cultura austriaca en la que se vio obligado a vivir como judío no creyente y médico no convencional, la sociedad europea que durante el tiempo en que vivió sobrellevó los espantosos traumas de la guerra y las dictaduras totalitarias, y la cultura occidental como un todo, una cultura cuyo sentimiento acerca de sí misma el propio Freud transformó más allá de todo reconocimiento para siempre”. Como a todo maestro, el mayor homenaje que se le puede hacer es leerlo.