E.L. Doctorow: la realidad real de la ficción

Las señales reales de la ficción son las sensaciones que transmiten personajes de carne y hueso creados en la ficción, cuando reaccionan a lo que les toca vivir que, a veces, se vuelve parte de ...
El escritor esradunidense E. L. Doctorow.
El escritor esradunidense E. L. Doctorow. (Eric Fischl)

Ciudad de México

Si el escritor estadunidense E.L. Doctorow hubiera vivido al menos una década más, de seguro habría logrado descifrar la historia de los siglos XIX y XX de Estados Unidos. Ya iba bastante avanzado en esa tarea: con Homer and Langley había llegado ya a los años ochenta, y la primera de sus novelas, Welcome to Hard Times, se ubica en el Lejano Oeste. En medio están The Waterworks y Billy Bathgate, que abarcan del inicio del siglo XX al final de la Gran Depresión. No hay que olvidar, por supuesto, The March, que aborda uno de los más caóticos y deplorables momentos de la Guerra de Secesión.

Cuando intento sopesar el conjunto de la obra de Doctorow, caigo en la cuenta de que las páginas escritas de esa pila de libros, que ni siquiera puedo sostener con una sola mano, de tantos y tan voluminosos que son, no hablan de otra cosa que de la conformación del multiforme mito americano, desde una perspectiva que sorprendió al propio autor al percatarse de ella (en la introducción de sus ensayos reunidos: Poets and Presidents) por ser profundamente nacionalista. Quizá lo que Doctorow descifraba en realidad no era la historia de Estados Unidos, sino la conformación de su mitología. ¿Qué son, para comenzar por el final, los hermanos Homer y Langley Collyer, protagonistas de la penúltima novela (publicada en 2009) de Doctorow, sino la representación de la ciega arrogancia de los estadunidenses, que creen que es posible simular una isla al margen del tiempo y el espacio, retacada de bienes e ideas que, conforme pasan los días, se vuelven inútiles y obsoletos, pero que de alguna manera representan un mundo en el que (hagan la atrocidad que hagan fuera de sus márgenes) sienten que están a salvo, un mundo ilusorio que un día se les viene encima y los aplasta?

Los estadunidenses de hoy incluso han acuñado nombres clínicos para diagnosticar su consumismo anormal, y entre ellos se menciona el “desorden de Collyer”, en alusión a estos dos hermanos, Homer y Langley, educados y ricos, que protagonizaron los mejores momentos de la opulencia estadunidense de entre siglos, pero que vivieron recluidos en su mansión de la 5ª. Avenida y la calle 128, en Harlem, con el suministro de luz eléctrica, gas y agua suspendidos desde 1928 por negarse a pagar las cuentas (no por falta de dinero, sino por rebeldía). El 21 de marzo de 1947 la policía penetró en la casa de los Collyer a petición de los vecinos, que extrañaron el hecho de que el menor de ellos, Langley, que cuidaba a su hermano Homer (quien siendo apenas un muchacho se quedó ciego y paralítico), llevara varias semanas sin pasar por el kiosco de la esquina para comprar un ejemplar de los quince periódicos que se editaban por aquella época en Nueva York. El ritual de la compra de los periódicos, y su posterior almacenaje en la casa (porque Langley albergaba la esperanza de que su hermano Homer, dos años mayor que él, recuperaría la motricidad y la vista, y se pondría al corriente), había ocurrido religiosamente, día a día, durante 35 años. La policía tuvo que hacer un agujero en el techo de la mansión para entrar por ahí, porque fue imposible hacerlo por puertas y ventanas, las cuales estaban completamente bloqueadas por montones de papel. Lo que la policía encontró, entre 200 toneladas de objetos varios (algunos preciosos, como finas miniaturas de marfil, y otros que no pueden describirse sino como basura) guardados en cajas de cartón, fue lo siguiente: diez pianos de cola (porque Homer era un estupendo pianista), un auto Ford Modelo T desarmado en el comedor, muebles estilo imperio, discos, libros, cuadros y, sentado en una silla, el cadáver de Homer, quien había muerto de inanición. Dieciocho días después de una búsqueda frenética apareció, irónicamente a pocos metros del de su hermano, el cadáver de Langley, quien había quedado sepultado bajo una pila de tiliches que se vino abajo.

Esto ocurrió realmente en 1947, pero en la novela de Doctorow los hermanos Collyer vivieron hasta la década de 1980. Ese dato inconsistente entre los hechos históricos y la ficción desenmascara a E.L. Doctorow como el gran narrador que es. No estamos ante un historiador escrupuloso, a pesar de los años de investigación histórica que dedicó a cada uno de los pasajes de sus libros, sino ante la portentosa imaginación de un escritor que con verosimilitud reconstruye universos enteros, y ante un prestidigitador, como el joven Billy Bathgate y sus ejercicios de malabar o el Houdini que hace su aparición en Ragtime, que provoca la ilusión de estar presenciando algo real en un truco de magia. En el fondo, ni siquiera la anécdota macabra de los hermanos Collyer es importante para los fines del libro, sino la minuciosa reconstrucción de la materia de que están hechos los estadunidenses. Doctorow busca su identidad nacional en los recuerdos que parsimoniosa y detalladamente refiere Homer, quien presenció los acontecimientos de la historia del mundo a través del tamiz de su hermano, y que ahora se encuentra atrapado en una casa de cuatro pisos repleta de cosas, en completa oscuridad y sin poder moverse.

Para terminar por el principio, hay que recordar de dónde surge Welcome to Hard Times, la primera novela del corrector de guiones cinematográficos de western, que era el joven E.L. Doctorow en 1960: precisamente de la mitología fundacional estadunidense, poblada de putas, forajidos, cuatreros, hombres trabajadores, mujeres abnegadas y héroes impolutos.¿Qué es lo que hace “el hombre malo de Bodie” (personaje que encarna ese concepto diabólico intraducible que los estadunidenses expresan en la palabra “Evil”) cuando llega al pueblo de Hard Times, en mitad de la nada que silba, como el viento furioso, en los confines del territorio de Dakota? Lo devasta. Blue, comisario pusilánime que no fue capaz de impedir la destrucción perpetrada por “el hombre malo”, toma por esposa a Molly, una prostituta muy lastimada, y adopta a un chico llamado Jimmy. En compañía de esta familia sui generis, Blue comienza la lenta reconstrucción de Hard Times. Cuando todo comienza a renacer de nuevo, “el hombre malo” vuelve al pueblo, pero Blue ya tiene los arrestos suficientes para enfrentarlo. Lo mira llegar, desde el trasluz de una cortina, y acaricia su pistola mientras murmura para sí: “Bienvenido a Hard Times”. La épica del Viejo Oeste, con su heroicidad hierática, su rudeza melancólica, la vulgaridad de los bajos instintos y la afanosa y paciente laboriosidad con que se construye una vida o se labra una venganza conforman la masa de que están hechos estos dioses.

Otro de los grandes momentos fundacionales de la ética estadunidense es el triunfo de la libertad por la que pugnaban los estados de la Unión durante la Guerra de Secesión (1861–1865). El Norte ganó a los estados confederados, que basaban su economía en la esclavitud. Los buenos y progresistas, claro está, eran los del Norte, y tuvieron que hacer una guerra civil espantosa para desterrar el retrógrado medievalismo sureño. Ahí entra en acción el escepticismo de un narrador como E.L. Doctorow, que busca los meandros del mito, y sigue las andanzas del general de la Unión William Tecumseh Sherman en un camino que va de Atlanta hacia el océano Atlántico (atravesando el corazón de los estados confederados del Sur), junto con 60 mil elementos, entre los que hay soldados, negros esclavos, negros libres, fugitivos, señoras encopetadas cargando la cubertería completa de plata y sus vajillas, pícaros y, entre todo ese tumulto, la bella Pearl. Sobre todo, lo que hay en The March, más que ideas de libertad y justicia que emanan de la poderosa personalidad de Abraham Lincoln, son personajes de a pie que padecen la guerra, que se vieron obligados por las circunstancias a rebasar los límites de la civilización y mancillaron brutalmente la tierra sureña por la que pasaron.

A pesar de descripciones escrupulosamente documentadas, no estamos ante un libro de historia, parece enfatizar a cada momento E.L. Doctorow. Ragtime, su novela más premiada, es quizás el ejemplo perfecto. Se trata de ficción pura, salpicada de acontecimientos reales y de anécdotas y personajes que existieron y resultan importantes en el desarrollo de la historia del mundo, pero aquí, en mitad de una novela, tan solo sirven como referencias, como notas de una partitura, porque Ragtime significa eso: es una forma musical sincopada cuyo ritmo proviene de la música tribal africana pero, a diferencia del blues, no da pie a la improvisación. El ragtime que nos toca Doctorow sigue perfectamente los hechos históricos que van de 1900 a 1917. Todo lo importante que ocurrió entonces está ahí (el empresario pionero automotriz Henry Ford, el doctor austriaco Sigmund Freud y la agitadora anarquista Emma Goldman, Emiliano Zapata y Francisco Villa, el asesinato del príncipe austriaco Francisco José en Sarajevo), pero revuelto, haciendo eco a la vida de una familia estadunidense. Cuando refiere la noche en que el multimillonario Pierpont Morgan durmió solo en el interior de una pirámide egipcia, Doctorow parece darnos una clave de la única realidad que es real en este ejercicio musical esquizofrénico con que arranca el siglo: mientras trataba de orientarse a la luz de un incipiente respiradero, Pierpont Morgan “decidió que uno debe, en semejante circunstancia, hacer una distinción entre las señales falsas y las auténticas. El sueño que acababa de tener en el que él era un vendedor ambulante en un bazar de la antigüedad era una señal falsa. Las chinches que le corrían por el cuerpo eran una señal falsa. Una señal verdadera sería la visión gloriosa de pequeños pájaros rojos con cabezas humanas volando en desorden sobre la recámara en la que se encontraba, alumbrándola con su propia incandescencia. Serían los pájaros Ba que aparecen dibujados en los murales egipcios. Pero la noche pasó, y los pájaros Ba no se materializaron”. Las señales reales de la ficción no son los hechos históricos, aunque sean exactos y contundentes; las señales reales de la ficción son las sensaciones que transmiten personajes de carne y hueso creados en la ficción, cuando reaccionan a lo que les toca vivir que, a veces, se vuelve parte de la historia de una nación.