Desdicha póstuma de Günter Grass

'Vonne Endlichkait (Desde lo finito)', el último libro del Premio Nobel 1999, es imprescindible para acercarse a los últimos instantes de un enérgico e insobornable escritor.
En unos cuantos días, 'Vonne Endlichkait (Desde lo finito)', el último libro del Premio Nobel 1999 se agotó en las librerías germanas.
En unos cuantos días, 'Vonne Endlichkait (Desde lo finito)', el último libro del Premio Nobel 1999 se agotó en las librerías germanas.

Berlín

Un experimento con prosa y poesía: así definió Günter Grass a su último suspiro literario, Vonne Endlichkait (Desde lo finito) (Steidl, Alemania, 2015, 176 pp). No son solo poemas en prosa y dibujos a lápiz, sino una carta abierta lo que dejó, un legado ordenado e ilustrado para sus detractores, para quienes lo amaban, para sus seguidores, para quienes lo repudiaban, para los políticos, para sus lectores.

El libro voló. Cincuenta mil ejemplares salieron a la venta el jueves 27 de agosto. Apenas unas horas en exhibición y para el mediodía del viernes era imposible conseguirlo. Todos en Alemania esperaban la llegada de esta obra desde el 12 de junio, cuando se hizo el anuncio oficial de su aparición y al mismo tiempo se llevó a cabo, en Gotinga, la apertura del Archivo Günter Grass, instalado en el número 6 de la calle Gloomy, en una pequeña casa del siglo XIV, la más antigua de toda Alemania. En ese recinto construido en 1310 han quedado bajo resguardo manuscritos, pruebas, diseños de sobres, correspondencia, obras completas de grabados, litografías y cientos de dibujos. Lo hecho por Günter Grass a lo largo de 30 años. Investigadores de la Universidad de Gotinga se harán cargo de ellos. Les tomará algunos años llevar a cabo su clasificación.

El libro no tiene prólogo y está dedicado, simplemente, a Sarah Winter, su diseñadora gráfica. Era el deseo de Grass hacer de éste una experiencia sensual. Intentó viajar en abril a los talleres gráficos para observar allí el proceso de impresión, pero le fue imposible. El resultado ha sido —a consideración de los medios alemanes— una “perfección estética”, una “obra de arte total” en la que sus 96 poemas, impresos en papel de algodón, respiran el espíritu de la libertad poética. 

Novelista, dramaturgo, poeta, ensayista, escultor y artista gráfico, Günter Grass se cuestiona: ¿dónde comienza la prosa y dónde termina la poesía? “Puedo responder, solo para mí, que la poesía es lo más importante y que el nacimiento de una novela comienza con un poema”.

El mayor crítico alemán de los últimos 50 años fue un hombre que no temía morir. Su miedo verdadero radicaba en la regresión, ir de vuelta a sus orígenes humildes. Este autor, que aprendió a leer y a dibujar “en medio del ruido”, rodeado del bullicio familiar, se hizo escritor porque prometió a su madre hacer maravillas; también, porque desde niño era ya un gran mentiroso. “Afortunadamente, a mi madre le gustaban mis mentiras”.

Junto con su hermana y sus padres, vivió en un pequeño departamento de dos habitaciones. Durante su infancia, nunca tuvo un lugar propio. Sus libros, sus acuarelas, sus cuadernos y otras pertenencias tenían reservado un rincón de la casa. Después coleccionó habitaciones. “Tengo un estudio en cuatro lugares diferentes, porque tengo miedo de volver a la situación de mi juventud, con solo una esquina en una habitación pequeña”.

La confrontación con la finitud es la cuestión apremiante en este volumen: la decrepitud, la muerte.

 

Solo ella, la muerte, está siempre presente.

A ella le es reservada una sílaba

siempre en espera del llamado

que nos golpea en medio de largos enunciados

y corta el sueño de quienes duermen.

Lo único que queda es chatarra con efecto retroactivo.

 

Con humor e ironía, Günter Grass hace pública su depresión:

 

Solo con las palabras,

que se desintegran al masticarlas,

lo escucho a él y él a mí.

Él, ése soy yo, el que disuade, propone,

miente llora ríe.

Ahora peleamos, nos insultamos.

Después estamos tristes,

nos sucede a menudo.

Ahora quiero ser él y él quiere ser yo,

como amigos que nunca más van a odiarse.

Nos hemos jurado por enésima vez,

contarnos mutuamente historias,

en caso de emergencia algunos chistes.

 

Decenas de moscas pululan en este soliloquio. Pájaros en rigor mortis, plumas desprendidas de sus cuerpos, esqueletos de animales, clavos retorcidos, naturaleza muerta, un cráneo de alce junto a su prótesis dental, un autorretrato donde se muestra a sí mismo con un solo diente, los cinco dedos de una mano cercenados con tijeras,  cuatro pipas apagadas, un cinturón de cuero trenzado, crujientes hojas de otoño, girasoles marchitos, hongos desprendidos de la tierra. Todo alude con hilaridad a un espíritu de muerte; sus dibujos, a la sequedad de la vida.

Vonne Endlichkait es una inmersión en el tiempo vivido, en la evocación del placer del amor físico, un lamento ante a la ausencia de los amigos muertos, “Cuyos nombres permanecen frescos en mí y son infinitamente repetidos”. Y se alegra por la desaparición de las épocas malas, el siglo de los nazis:

 

Ahora se ha ido.

Ahora hemos tenido suficiente.

Ahora está destruido y sanseacabó.

Ahora nada más se mueve.

Ahora ningún pedo más quiere salir.

Ahora nadie quiere tener más ira

y pronto será mejor

ya nada más resta.

En todas partes debería existir finitud.

 

Günter Grass rinde homenaje a Jean Paul, autor de La logia invisible, considerada superior a los escritos de Goethe; recuerda su tiempo en Düsseldorf durante los años cincuenta, y la aparición de su primer libro de poemas, Die Vorzüge der Windhühner (Las ventajas de los pollos de viento), en 1956. En contraparte, hace un ajuste de cuentas con los políticos de su tiempo: “Este libro los va a sobrevivir a ustedes, ustedes los monigotes y apretadores de tuercas, ustedes los decentes y modosos hipócritas, cantantes de coros pagados, ustedes los perros ladradores que solo ladran valientemente cuando andan en manada, a ustedes los demasiado estudiados analfabetos y telegénicos verdugos. Ellos —ustedes ya lo intuyen— no van a tener la última palabra”.

La canciller Angela Merkel no se salva. Le reprocha el consumismo exacerbado que ha obligado a los ciudadanos alemanes a pagar “el precio de una lujuria insatisfecha”. Aquélla:

 

Una mujer dócil,

que hoy mira con mal humor, y mañana sonríe amablemente.

Lo que podría molestar, será elocuentemente evadido;

en todo caso, no dirá nada prolijo.

A la que graciosamente llamamos nuestra madrecita,

baila muchas veces fuera de línea.

Ahora, incluso los socialistas se han metido en la cama con ella.

 

La gestión financiera de Europa, la crisis económica de Grecia, el dinero, los bancos, el petróleo, las reservas energéticas, la fuerza aplastante de las redes sociales, el apabullante resonar de los medios de comunicación que gritan noticias a cada momento expelen de su pluma. “La información de radio repite en la cocina comunicados que reseñan proliferantes frentes bélicos. El número de muertos. Los precios de las acciones que se irritan con demasiada facilidad”.

En clara advertencia al mundo, reflexiona:

 

Que nadie diga, como ocurre con demasiada frecuencia,

que no sabíamos.

 

Ningún mundo que se precie de ser justo

debería quedar libre de mancha.

 

Nadie debería guardar silencio entre semana

y los domingos absolverse.

 

Nunca más queremos construir monumentos a las víctimas que antes no consideramos.

 

Sin la culpa reflejada

nadie va a poder aprobarse frente a sí mismo.

Ya en el antes, la culpa del después quedó arraigada en una maceta de flores.

 

Günter Grass concibió este libro de poesía porque estaba demasiado viejo y cansado para lanzarse a elaborar una historia de dimensiones épicas. “El arte de la escritura es muy laborioso y abstracto. A menudo recurro al dibujo, a la escultura, para recuperarme del esfuerzo que exige el acto de escribir”.

En su poema “Mein Stein” (“Mi piedra”), en el que hace alusión al castigo de Sísifo, se hace la pregunta inevitable: “¿Alguien viene a reemplazarme? ¿Alguien con empuje? Ya él se sienta en el musgo”. Sin embargo, un sucesor para él, a su parecer, aún no se encuentra a la vista.