Perdidos en Tokio

Toscanadas.
'Pedro Páramo', de Juan Rulfo.
'Pedro Páramo', de Juan Rulfo.

Ciudad de México

Siempre he tenido un gran interés por la traducción. Valoro a quienes se dedican a tal oficio con ganas de hacerlo bien. Además, traducir es mucho mejor ejercicio para un escritor que el mentado periodismo. Comparo versiones de textos y me emociono o desilusiono tal como a otros les ocurre mirando algún deporte. Me da erisipela toparme con ciertas pifias. Algunas son de lenguaje; otras, meros vacíos de cultura general. En una novela que leía esta semana, Best Western Motels se convirtió en “los mejores moteles del Oeste”. Con tal criterio, una Apple Store sería una tienda de manzanas. Más adelante, se hablaba de los Pueblo Indians, y el traductor los convirtió en “indios de aldea”, sin que algún editor captara los gazapos.

Suele ocurrir que entre mejor sea la prosa de un autor, peor le va con las traducciones. La versión al inglés de Pedro Páramo pierde buena parte de los matices. Las conocidas primeras líneas del original dicen así: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera”.

La traducción de Margaret Sayers Peden, readaptada al español por mí, dice: “Vine a Comala porque me habían dicho que mi padre, un hombre llamado Pedro Páramo, vivía allá. Mi madre me lo dijo. Y yo le había prometido que después de que ella muriera iría a verlo”.

Aunque comienza con el mismo “Vine a Comala”, para Sayers Peden, el narrador “irá” a ver a su padre, que vive “allá”, cuando el de Rulfo ya está “acá”. Además, “un tal” se vuelve “un hombre llamado” y la inmediatez del “en cuanto” se vuelve un impreciso “después”.

Luego, Rulfo nos escribe el parlamento de la madre: “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”.

Según Sayers Peden, dijo: “No le pidas nada. Solo lo nuestro. Lo que me debió haber dado, pero no me dio… Hazlo pagar, hijo, por todos esos años que nos dejó en el olvido”.

Las últimas diez palabras del original son contundentes. Memorables. Tanto así que “Cóbraselo caro” es el título de una novela–homenaje a Rulfo de Élmer Mendoza. Ni por asomo la versión en inglés tiene tal fuerza. Donde además “un rencor vivo” se convierte en “bilis viviente”.

Como último ejemplo, menciono otra frase golpeadora del primer capítulo. El arriero dice: “Yo también soy hijo de Pedro Páramo”, lo cual cambia misteriosamente en inglés a “Pedro Páramo también es mi padre”. Biológicamente son frases equivalentes. Literariamente, no.

Más allá de considerar las posibilidades del inglés y el español, o de juzgar mis propias traducciones literales, puse estos ejemplos en los que Sayers Peden cree saber mejor que el propio autor lo que se debe decir.

Además preferí hablar sobre la traducción de Pedro Páramo al inglés que de la de Don Quijote al español, lo cual parece una mala broma de Andrés Trapiello. No tuve hígado ni para terminar de leer su primer capítulo, en el que cree universalizar la obra de Cervantes con gachupinismos, y además muestra poderes para leer la mente del difunto manco de Lepanto al convertir un “sayo de velarte” en un “sayo de velarte negro”.

En fin, hay cirujanos plásticos que desfiguran rostros perfectos.