Charlie Hebdo en la encrucijada

La primera época de Charlie Hebdo terminó a principios de los años ochenta.
Charlie Hebdo
Charlie Hebdo (Especial)

Ciudad de México

La primera época de Charlie Hebdo terminó a principios de los años ochenta. En aquel entonces, el Profesor Choron (Georges Barnier) comentaba con el otro fundador del semanario, François Cavanna, el interés mediático que había suscitado la “muerte” del periódico, y concluía —con su eterno cigarro en la mano— que “para que se hable de uno, hay que morir”. Tal parece ser el destino de Charlie, que al momento del ataque en su redacción enfrentaba nuevamente serios problemas económicos, que ponían en peligro su publicación. Las razones de la amenaza constante de desaparición por quiebra se han atribuido con frecuencia, entonces y ahora, al hecho de que ninguna publicidad aparece en sus páginas, lo cual se nos suele presentar como una garantía de independencia creativa e intelectual (uno puede interrogarse, empero, por qué el impertinente Canard enchaîné, periódico que tampoco incluye publicidad, no ha corrido con la misma suerte). Otra de las razones que se ha dado a ello es el desinterés de los lectores, sobre todo de los jóvenes, que lo ven como un periódico de mal gusto, vulgar y pasado de moda.

Los primeros sorprendidos ante las reacciones multitudinarias en Francia que provocó el asesinato de su director, de sus célebres dibujantes, sus columnistas y colaboradores, fueron los mismos sobrevivientes de Charlie Hebdo. Así puede leerse, entre gratitud y asombro, en el texto de Gérard Biard que abre su último número, el 1178, que salió a partir de este miércoles con un tiraje de tres millones de ejemplares, en lugar de los 60 mil de costumbre: “Agradecemos de todo corazón a aquellos que, por millones, ya sean simples ciudadanos o encarnen a las instituciones, están realmente con nosotros, a aquellos que sincera y profundamente ‘son Charlie’ y que se reconocerán. Y que se vayan a la mierda los otros, a los que de todas maneras les vale”.

Por su parte, los dibujantes explican de maneras diferentes la movilización de 3.7 millones de personas (según el conteo aproximado del Ministerio del Interior), como Coco, quien retoma en su dibujo las respuestas de algunos de los participantes de la manifestación del 11 de enero a la pregunta “¿por qué hoy son ustedes Charlie?” Las ocho respuestas de la gente que retrata, señalan el apoyo a la defensa de la libertad de expresión. Tal vez es por ello que la portada del semanario hace figurar una vez más, como si no hubieran aprendido la lección, podrían pensar algunos, al profeta que sostiene una pancarta con el eslogan “Soy Charlie” y que lleva por título un ambiguo “Todo queda perdonado”. Reaparece también en esta portada el lema de “periódico irresponsable”, que responde, por una parte, a las críticas de la prensa anglosajona, en particular estadunidense, que, según lo señala Solène Chalvon en su artículo “El atentado visto desde afuera”, ha criticado el hecho de que a pesar de las amenazas recibidas el semanario haya seguido publicando caricaturas satíricas —y da el ejemplo de Tony Barber que en el Financial Times apunta la “irresponsabilidad que ha prevalecido en Charlie Hebdo” con respecto al tratamiento del islamismo e incluso del Islam mismo—. Subraya también el contraste entre la valentía del diario egipcio independiente Al-Masry Al-Youm, que reprodujo portadas de Charlie representando a Mahoma, Al-Baghadi o Ben Laden y la negativa de Associated Press o The Guardian a mostrar las caricaturas de la controversia. El lema responde también a las críticas en Francia a lo que varios políticos y periodistas han calificado públicamente, hasta antes del atentado, como una provocación. 

Charlie se ha convertido, mediante el eslogan que todo mundo enarbola, en el otro nombre del combate por la libertad de expresión, del coraje sin concesión.

Desafortunadamente, no estoy tan segura de que el Charlie de hoy corresponda del todo con esta imagen de libertad y contestación. El ya antes mencionado primer artículo de esta última entrega confirma una de las razones por las que dejé de leerlo: su tendencia a participar en la formación, dentro del espacio público actual, de un pensamiento de dirección única, que aunque se quiera de izquierda no deja de ser biempensante. En este primer artículo se nos recalca que el combate de Charlie ha sido y es, en palabras de los sobrevivientes, la laicidad, que les aparece como lo único que, en el contexto contemporáneo, permite “garantizar el universalismo de los derechos, el ejercicio de la igualdad, de la libertad, de la fraternidad”. “Los millones de personas anónimas, todas las instituciones, todos los jefes de Estado y de gobierno, todas las personalidades políticas, intelectuales y mediáticas, todos los dignatarios religiosos que esta semana proclamaron ‘Soy Charlie’ deben saber que eso quiere decir también ‘Soy la laicidad’ ”. Y en nombre de la laicidad, no se dudó, no se duda en transformar con frecuencia en sus columnas la subversión en ortodoxia, en credo.

Pero Charlie no siempre fue así. Hablo aquí del de la segunda época, del que lideró Philippe Val y que, mal que bien, intentó enderezar el difunto Stéphane Charbonnier, alias Charb, que retomó la dirección en 2009. Bajo Philippe Val, Charlie se transformó poco a poco en un semanario consensual que adquirió así una notabilidad mediática y una respetabilidad intelectual. Baste como prueba que el políticamente correcto periódico Libération alberga por segunda vez en sus oficinas a la redacción de Charlie (en la época del primero, cuando la profesión no lo tomaba en serio, esto era simplemente imposible). O bien, el acercamiento y el apoyo del mediático y poco creíble intelectual Bernard-Henri Lévy. Sin mencionar a Caroline Fourest, pasionaria de la lucha contra el islamismo (o el Islam, la diferencia es tenue en sus escritos) en Francia. Fue también durante la dirección de Philippe Val que se despidió al caricaturista Siné, acusándolo de antisemitismo, dividiendo de esta manera a la redacción misma y a la opinión. Los tribunales calificaron este despido como abusivo y Charlie Hebdo tuvo que indemnizarlo. Charb, por su parte, parecía dudar entre su deseo de regresar al espíritu satírico y contestatario de la primera era y la línea heredada del periodo Val. ¿Cuál será el camino que ahora seguirá?

A la pregunta que tímidamente se plantea ahora en Francia acerca de si debieron o no publicar las caricaturas danesas de Mahoma, si debieron seguir burlándose en sus caricaturas de todos los radicalismos religiosos y, con singular insistencia, del islamista, la respuesta necesaria me parece debe seguir siendo afirmativa. Que hayan continuado, a pesar de los ataques y las amenazas, a pesar de la vigilancia policial bajo la que se encontraban cotidianamente y llevado hasta las últimas consecuencias sus actos, demuestra que algo determinante quedaba aún de su combate por la libertad de expresión, que sobrepasa esta laicidad a ultranza, que en sus páginas de pronto toma aires demasiado serios.

En su artículo para este último número, Zineb El Razhoui, dirigiéndose a los desaparecidos, escribe: “nos llevará un largo tiempo, un muy largo tiempo descubrir y redescubrir los tesoros escondidos e inesperados de su herencia”. Solo puedo esperar que sea el espíritu del primer Charlie, tan necesario hoy en el espacio público, el que resurja en esta nueva vida que se anuncia para ellos. El artículo de Bernard Maris, el economista llamado Tío Bernard, publicado póstumamente, nos recuerda que “la política de Charlie no es violenta y no está llena de odio. Es alegre. Y quiere continuar así. Ningún problema político debe resistir a una buena carcajada. Ríanse, amigos, ríanse”.