[El Santo Oficio] Mujer bonita

Parada junto a la puerta vieron a una joven hermosa, de cabello negro, minifalda, botas y blusa ajustada de cuello alto, algo inusual en ese ambiente de escotes pronunciados.
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Ciudad de México

En una vieja maleta, el cartujo encuentra algunos papeles amarillentos y arrugados; los lee con zozobra, hablan de su otra vida, de sus años de desenfreno. En ellos se cuenta una experiencia con Vicente Ortega Colunga, director de la revista Su otro yo, a quien solía acompañar en sus andanzas nocturnas por aquella ciudad de los años ochenta.

Una ocasión —consignan esas cuartillas cuyo destino inmediato es el fuego—, después de una larga tarde en la cantina La Mundial, en Bucareli, junto al Excélsior, donde solía comer con Renato Leduc y otros periodistas, don Vicente le preguntó: “¿A dónde vamos?”. La oficina estaba enfrente, había mucho trabajo acumulado, pero ya era noche y ni modo de regresar. Decidieron ir a un cabaret de moda entre los muchachos para quienes la rumba era cultura: el Siglo XX, en Izazaga casi esquina con San Juan de Letrán —ya para entonces Eje Central, ese horrible nombre perpetrado por Carlos Hank González, santo patrono del Grupo Atlacomulco.

Llegaron en un taxi, el lugar estaba lleno, pero con una buena propina don Vicente consiguió una mesa de pista. Parada junto a la puerta vieron a una joven hermosa, de cabello negro, minifalda, botas y blusa ajustada de cuello alto, algo inusual en ese ambiente de escotes pronunciados. Pidieron una botella de vodka importado y el futuro monje, pese a su arritmia, se paró a bailar; al volver, como lo presentía, encontró a la muchacha platicando con don Vicente. No había abrazos ni sonrisas, ni caricias ni nada, solo una conversación amable. Volvió a marcharse en busca de otra mariposa equivocada —como dice la canción de la Sonora Santanera— para seguir practicando las lecciones aprendidas en una academia de baile de la avenida Hidalgo.

Al regresar nuevamente, la muchacha ya no estaba. Al preguntarle por ella, don Vicente le contó una historia inverosímil: cuando la mandó llamar con el mesero, estaba seguro de haber encontrado la compañía ideal para esa noche. Pero no fue así.

Cuando el mesero llegó con ella, don Vicente le preguntó:

—¿Qué quieres tomar?

—Nada, no tomo —le respondió.

—¿Quieres bailar?

—No bailo.

Quiso abrazarla pero ella lo esquivó con habilidad y una sonrisa. Intrigado, ensayó otra propuesta:

—¿Quieres que pague tu salida?

—No hago salidas.

—¿Entonces, por qué vienes aquí? —le dijo sin perder la calma.

—Porque me dan dinero —contestó ella.

—¿Quiénes te dan dinero?

—Los hombres.

—¿Por qué?

—Porque soy bonita —la respuesta lo desarmó.

Pidió un refresco para ella y estuvieron platicando un rato. Al despedirse, como era bonita, le dio dinero.

Cuando terminó de hablar, se quedó viendo al estupefacto novicio y comenzó a reírse; éste no supo adivinar si le estaba diciendo la verdad o tomando el pelo. Le gusta imaginar una historia genuina, como de la época de oro del cine mexicano, la de una mujer sin mácula en el fango de la noche.

Queridos cinco lectores, con “Traicionera” en la voz de Fernando Fernández como música de fondo, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.