[Semáforo] Un simple oficio

En el sitio electrónico del antropólogo, historiador y polímata Alan Macfarlane publica sus propias investigaciones y libros, el sitio aloja 212 entrevistas en video.
Alan Macfarlane.
Alan Macfarlane. (Especial)

Ciudad de México

Hay un sitio extraordinario: http://www.alanmacfarlane.com. Es el repositorio del antropólogo, historiador y polímata Alan Macfarlane. Además de sus propias investigaciones y libros, el sitio aloja 212 entrevistas en video. No es baba de perico y, mucho menos, cuando se asoma uno a mirar quiénes están ahí: George Steiner, Eric Hobsbawm, Clifford Geertz, Simon Blackburn, Peter Burke, Marshall Sahlins, para mencionar solamente algunos.

Ninguna de las entrevistas está producida como show televisivo; todas salen de una camarita casera y en un espacio íntimo: la sala de una casa, el cubículo del investigador. No hay movimientos de cámara. No cuenta sino el diálogo, la conversación, la charla.

Todas tienen una estructura semejante: una primera parte curricular: familia, escuela, recuerdos, comentarios acerca de la educación recibida; luego, se dispone la mesa de los temas recurrentes, las obsesiones, las formas de la crítica y la autocrítica de la propia obra. Nada nuevo, excepto cuando hay que sumar un asunto genial, y simplísimo: cada charla está transcrita, de modo que funciona como base de datos: el video se vuelve un archivo consultable.

¿Qué costo puede tener eso? Casi nada. Los beneficios son extraordinarios y los recursos están a la mano de cualquiera. Sin embargo, la de Macfarlane sigue siendo una iniciativa personal, peculiar, chiquita incluso cuando la Universidad de Cambridge ha alojado el contenido (y prefiero regresar a la paginita de Macfarlane, porque me resulta mucho más hospitalaria).

Hay autores que pasan mejor a cámara, como Steiner; otros, peor: la voz rota de Geertz, o los muchos años que pesan sobre el ritmo y la pronunciación de Hobsbawm. No todos tienen la suerte de ser amados por la cámara; algunos son pesados. Pero son autores cuya obra vale muchísimo y ahí están, conversando justo sobre aquello de lo que no hablan por escrito: cómo trabajan, cuáles son sus objetivos, cómo delimitan su campo de estudio (la mayoría son investigadores).

Oro molido para quienes trabajan en las humanidades. Con demasiada frecuencia, los investigadores fallan porque no saben delimitar su trabajo específico; sus ambiciones sobrepasan por mucho su capacidad de trabajo y su pequeña balsita naufraga en un océano inmenso.

Y no es que les falte ni talento, ni inteligencia, sino arte y oficio, que solamente se adquieren imitando al maestro. ¿Cuánto daría un historiador hoy por escuchar a Fernand Braudel hablando de su trabajo? ¿O, en México, a O'Gorman, Gómez Robledo, José Gaos? El trabajo de las humanidades y la escritura de los libros no es pura teoría. La práctica, meter las manos en la masa, averiguar los pequeños secretos manuales (sí: manuales) que hacen del conocimiento un oficio artesanal son indispensables para que una tradición se sostenga.

Y, sin tradición, todo es comenzar de cero —con la paradoja de que una cultura nunca comienza de cero: la tradición y transmisión de los oficios se da por imitación. Después puede haber mejoras, progresos, cambios. Pero, en fin: ahí está esa herramienta. Como ya me cansé de proponer que se haga aquí, allá, en muchas instituciones, simplemente la publico: alguien sabrá adquirir y continuar el oficio.