Vikingos de las artes

Los vasos comunicantes entre la obra escultórica del célebre artista estadunidense y la música del legendario grupo de rock son explorados aquí desde una perspectiva sensual, placentera y ...
Richard Serra.
Richard Serra. (Serra Estudio)

Ciudad de México

Al recorrer las monumentales esculturas de Richard Serra, uno se enfrenta a la gravedad, esa que se da por hecho. Pero al estar ahí: rodeados de metal, inmersos en espirales volvemos a sentir los pies en la tierra, lo mismo sucede al escuchar a Led Zeppelin. Serra a través del volumen y el grupo a través del sonido nos jalan, y además de invitarnos a imaginar otros mundos también nos hacen experimentar nuestro mundo. Nos regresan a la vida. Ahí está la magia.

Ambos nos reconectan con el aquí y ahora, sin artilugios pero sí con un estilo y un lenguaje que exacerba su naturaleza. Ninguno finge, son quien son aunque sean políticamente incorrectos por ejercer la testosterona y llevarla a sus últimas consecuencias.

Durante la retrospectiva de Serra en el MoMA de Nueva York (2007), escuché decir a una mujer joven que la obra de Serra la incomodaba. Primero pensé que se refería a que las monumentales piezas se desbordaban en el interior recordándonos nuestra escala y cuestionando la de la arquitectura. Pero me equivocaba. Lo que a esa chica en sus treintas tempranos le molestaba, era “su machismo”, según sus propias palabras. El rechazo era resultado de una mirada de género. “El macho de la escultura”. Ese prejuicio prestado me ayudó a liberar mi vista y a reconectarme a la obra de Serra de una manera más vital. De pronto, en el patio de esculturas, frente a frente con la pieza Intersection II (1992-1993) sentí no solo esa gravedad que en lo personal admiro, sino el abrazo, y en una reacción totalmente de género me sentí atraída por la virilidad impregnada en esa escultura, que al igual que otras piezas, como los Torqued Ellipsed también juegan con el concepto de maleabilidad. Las formas sinuosas son sensuales y, a pesar del volumen y peso, también reflexionan sobre la fragilidad. Un juego de opuestos que estimula la mirada y los sentidos.

Me gustó eso de sentirme arropada, abrazada, en la línea más “antifeminista” (y no me avergüenzo). Lo mismo sucede al escuchar (y ver) a Led Zeppelin. Cómo no sentir el placer —sí, hormonal— al escuchar el inicio de Good Times, Bad Times, la primera canción del lado A de su álbum debut. La guitarra de Jimmy Page y luego la batería de Bonzo, el bajo de John Paul Jones y la voz de Robert Plant en 2:44 minutos nos elevan al éxtasis. ¿Machos? “In the days of my youth, I was told what it means to be a man”. Quizá. “Now I’ve reached that age, I’ve tried to do all those things the best I can”. ¿Importa? “No matter how I try, I find my way into the same old jam”. ¿Qué no fue precisamente esa testosterona la que revolucionó el rock? Restarle la cualidad de “macho” a la música de Zepellin o a la obra de Serra, sería un sacrilegio como si a Blondie se le anulara su sex-appeal o no reverenciáramos la sutileza y la fuerza de la mirada femenina en el legado de Louise Bourgeois.

Al final de cuentas, en todos los casos se trata de hormonas, de sensaciones, de crear, de descubrir, de explorar lo que se es, confrontar la propia historia con la historia del pensamiento. Y uno no puede negar quien es. Por eso se agradece, también, el surgimiento de la teoría Queer. Ser “raro”, inclasificable, no está mal, pero tampoco lo es ser hombre o ser mujer con los necesarios clichés para la supervivencia.

No creo que la intención de Richard Serra se limite a un básico discurso de género. Lo que a él le importa son las posibilidades del material, el juego del lenguaje en el sendero estructuralista de que todo es un texto, en su propuesta se traslucen sus estudios literarios que ampliaron, sin duda, su visión plástica. Como tampoco el sonido de Led Zeppelin es falocéntrico. Esas son visiones ajenas. A ellos les importan crear sin olvidarse de quienes eran.

Ese día, mientras recorría 40 años de trabajo ajustados —apenas— en el MoMA, me volví a enamorar no sólo de Richard Serra, sino de Led Zeppelin, y de paso se me antojó también explorar mi feminidad. ¿Es acaso un pecado? Aquel comentario sesgado desde la perspectiva de género me ayudó, sí, a ver la obra sin autocontención, ¿por qué avergonzarme de sentirme atraída precisamente por la explosión sexual de Plant en el escenario? O por sus historias de vikingos “We come from the land of the ice and snow, from the midnight sun where the hot springs flow. The hammer of the gods will drive our ships to new lands, to fight the horde, singing and crying: Valhalla, I am coming!”, ¿para qué negar que en el imaginario colectivo del mundo occidental los vikingos son eso: vikingos, súper hombres que dominan mar, nieve, tierra y cielo, por eso seguimos imaginando a Thor y a Erik El Rojo. De igual forma en el imaginario popular, en 1969, Led Zeppelin trazó la ruta futura del Heavy Metal, así como tres años antes, Richard Serra se planteó una problemática volumétrica que aún explora. Y en mi imaginario personal ellos son vikingos de las artes.