Tratados como idiotas

Semáforo.
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Ciudad de México

A poco no está usted hasta el copete de recibir un trato de idiota. Toda el habla pública —y entendamos: los discursos de nuestra clase política, los guiones vulgares y mal escritos de los programas en medios masivos— parece dirigida a una masa que está por estrenar la cabeza, no a personas razonantes sino a infantes que requieren conducción. Y en esto nuestra época ha cambiado respecto del pasado. Algunos podemos percibir el cambio de mentalidad porque, simplemente, nos tocó perder en ambos casos. De niños, cuando no entendíamos una palabra, un uso o giro léxico, debíamos asumir una falta o carencia nuestra: “Allí está el diccionario. Ve y ábrelo; averigua”. Supimos que nuestra falta de entendimiento debía ser reparada activamente por nosotros mismos. Hoy, al revés, cuando doy clases, por ejemplo, o cuando me dirijo a un auditorio, me veo acosado, por los otros, e incluso por mí mismo, con un reclamo: dilo sencillo, para que todo mundo entienda; escribe con sintaxis lineal, evita las metáforas (y particularmente las analogías, que parecen haberse vuelto marcianas) o las palabras poco usuales. Mi culpa de niño se invirtió y ahora es culpa de adulto.

Por lo visto, para los guionistas, los escribidores de discursos y quien tenga salida oratoria al público general, se ha vuelto terriblemente difícil ponerle rostro imaginario a su público: los zombis no hacen gestos. ¿Quién le habla a quién? Los políticos pronuncian unas palabras (que no son de su autoría) ante un público que no se interesa en lo que escucha, precisamente porque sabe que ese discurso es un acto vano. Lo que digan, no importa. Son fábrica de suspicacia. Los cómicos solo entienden de cosas que conectan con sus esfínteres. Una vulgaridad despreciable y, desde luego, enemiga de la inteligencia y el ingenio que requiere el verdadero humor. Son fábrica de amargura. Las telenovelas están cuajadas con diálogos inverosímiles, torpes, que responden a ideas morales ridículas desde el siglo XIX, con guiones tan malos que transforman la actuación en un guiñol. Son fábrica de taras.

Suspicacia, amargura y taras: la lengua que escuchamos en el discurso público busca dirigirse a una masa, no a cada individuo. Pero hablar a la masa es dirigirse a una forma inferior a la humana: a bultos. Y es un error básico: bien puede la masa presentarse de modo impersonal, anónimo y cundido, pero no hay ser humano que escuche algo bajo la suposición de ser masa. Se oye siempre en primera persona.

Hace muchos años, cuando empecé a dar clases, me topé con la misma situación de todos los profesores: un salón de, digamos, 20 alumnos; cinco rostros iluminados de sentido y quince zombis. ¿A quién debo dar la clase, a los cinco que entienden todo, o regresar a recoger a los 15 que no han entendido? “A los que entienden”, me dijo Ramón Xirau. Fue mi primera experiencia de algo que, luego descubrí, algunos psicólogos llaman “efecto Pigmalión”: si tratas a tu interlocutor como persona inteligente, responderá de modo inteligente. La sorpresa: no pocos de los originales zombis adquirieron brillo en los ojos.