El azul no existe

Semáforo
atenas, partenon, grecia, ruinas
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Ciudad de México

A todos los niños nos atacó la incertidumbre: ¿Los demás ven los colores igual que yo?, ¿les sabe la comida a lo mismo?, ¿la música les suena como a mí? La extrañeza de no saber nos lleva a una suerte de desamparo. No es angustia sino esta forma de la incertidumbre frente al saber, las cosas y las sensaciones. Es esa perplejidad que vuelve más tontos a los tontos, cuando quieren imaginarse menos tontos y afirman saber algo más allá de toda duda. Con el tiempo la extrañeza del mundo se convierte en un placer peculiar, importante. Como ver colores, por ejemplo.

Los ingleses siempre han creído en el valor de una educación basada en los clásicos. El liberal William Gladstone, además de haber sido varias veces primer ministro de la Gran Bretaña y dedicado su vida a amargar la del conservador Benjamin Disraeli (al grado de que los ingleses afirman que la política británica moderna quedó definida por la pugna entre ellos dos), fue un gran lector de Homero y un lingüista notable. Descubrió, ni más ni menos, que los griegos eran todos ciegos al color. Lo torturaba la “incompetencia” (adjetivo de político, más que de lingüista) homérica y griega en general para las descripciones cromáticas. Halló que la sangre es negra y a veces roja, las ovejas y el acero son violeta, verdes la miel y el color del miedo en el rostro, pero no las hojas ni la hierba, y ni siquiera el mar, porque, como todo mundo sabe, el mar es del color del vino oscuro, como los bueyes. Gladstone redescubrió aquella misma perplejidad del niño ante su percepción incomunicable. Contó las veces que Homero menciona cada color en la Ilíada y la Odisea: más de cien veces aparecen el negro y el blanco; muy por debajo, el rojo (13 veces), el amarillo y el verde (menos de diez) y ni una sola vez el azul: cero, nada. Conste: es Homero, el cielo abierto y el mar son presencia constante. Pero no son azules porque el azul no existe ahí ni en otros griegos sino hasta siglos después.

El filólogo Lazarus Geiger, intrigado por Gladstone, se puso a revisar otras tradiciones y descubrió que la ausencia del color azul es epidémica en las sociedades antiguas: tampoco existe en los himnos védicos, ni en el Avesta, por ejemplo, y que la confusión alcanza a las sagas islandesas y hasta el Corán. Evolucionista como era (independientemente de Darwin, por cierto), Geiger hace una curiosísima lectura: los colores aparecen en un mismo orden: negro y blanco primero, luego el rojo y el amarillo; más tarde el verde y, hasta el final, el azul —el mismo orden del arcoíris.

Los pueblos inuit distinguen muchos tonos de blanco donde nosotros apenas apreciamos un solo color. Lo sabemos porque tienen nombres específicos para cada uno; para nosotros, solo es “blanco”. Y ese es el punto: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (Wittgentein). Las palabras son fábrica de la percepción. El lingüista Guy Deutscher ha dicho que la lengua construye la posibilidad de percibir. Y de él recomiendo mucho El prisma del lenguaje. Cómo las palabras colorean el mundo (Ariel).