Hasta el copete de pompa y boato

Semáforo.
José Mujica, ex presidente de Uruguay.
José Mujica, ex presidente de Uruguay. (Reuters)

Ciudad de México

¿Por qué esa admiración rendida a José Mujica? No es un gran estadista; tampoco llevó a Uruguay a la solución de los problemas políticos, sociales ni económicos. Pero admiramos muchas cosas de su imagen. En primer lugar, su presencia: no es gallardo, ni elegante ni está formado con las ínfulas del orador republicano en versión decimonónica; viste como cualquiera por la calle, se desplaza en un cochecito feo y pobre y, lo más importante, habla de modo común. Que quien tiene el poder se comporte como paisano resulta de lo más simpático: la nueva magnanimidad es la pequeñez. Y parece poca cosa, pero es la única forma de cosechar algo de las esquirlas que quedan tras el quebranto de la representación. Lo mismo sucede con ese otro sudamericano, Jorge Bergoglio, el papa Francisco: sus reformas son de actitud moral y de presencia, antes que teológicas ni dogmáticas, y no hubieran sido posibles con la actitud hierática y lejana de su antecesor: Benedicto XVI ha sido un teólogo muy importante, un reformador honesto, según parece, pero un desastre de imagen.

Durante mucho tiempo, la gente esperaba que sus reyes y gobernantes parecieran superiores, se ataviaran lujosamente y vivieran con gran largueza. Hasta hace poco repetíamos que “un político pobre es un pobre político” —y otras yerbas de ese caldo.

La pompa, las jerarquías y los lujos fueron determinantes en la escisión de Lutero. La Iglesia luterana carece casi por completo de jerarquías y su horizontalidad no solo fue motor para el desarrollo del capitalismo (y de eso se ocupa Max Weber); más aún: las democracias son resultado de una postulación horizontal en los usos y formas políticas. El malestar generalizado en las civilizaciones actuales tiene que ver con esos dos asuntos: la inmovilidad económica y las actitudes de los poderosos. Esos dos elementos, los que destaparon la ira de Lutero, se repiten. Pero algo aprendió la América del Sur, zona famosa como productora de pedantes, que ahora parece ofrecer lo contrario: encumbrados que viven y visten modestamente y, sobre todo, hablan en paisano.

Durante más de dos siglos la vida política americana ha querido vender la imagen de una cosa pública pareja, de política y debate, no de superioridad y sometimiento. No se había logrado. Tal vez el resultado político y económico inmediato sea igual en gobiernos con ínfulas que sin ellas, pero a la larga, no solo la gente preferirá, de todas, todas, un gobernante que no lo parezca; también se habrá logrado una reforma civilizatoria que, al fin, pueda derrumbar el ensueño ebrio de las naciones que persiguen hegemonía y poder, en vez de justicia y convivencia. La parte horrenda del siglo XIX que no termina de morir: el armatoste aquel del Estado Nación —y los gorgoritos ventrales que produce en las masas ese gozo de banderas, ejércitos desfilantes, sillas de águilas y toda la pompa y boato de quienes posan el poder— es incompatible con la nueva tendencia que busca una representación verosímil.