Imaginación de basura, historia de sangre

Semáforo.
Semáforo
(Especial)

Ciudad de México

Me comenta un amigo dramaturgo que no halla, fuera de la literatura, ningún monstruo humano verdadero en la historia. Evidentemente, uno dice Hitler, Stalin, Nerón, Calígula, Pol Pot... Pero basta acercarse para atestiguar la queja de mi amigo: todos ellos, en el fondo, son hombres no solo comunes sino epítome de la mediocridad (intelectual, moral...). Tomados por el poder y encumbrados azarosamente a esas alturas donde el oxígeno es escaso y la soberbia, intensa; pero los define la mediocridad (no en el sentido de la medianía, que puede ser virtuosa, sino la ausencia de características sobresalientes). Algunos quedan en su personaje porque mueren sin volver al nivel de los comunes; pero aquellos que pierden sus poderes y regresan a vivir entre la gente parecen pellejos de su importancia anterior y nulidades humanas, con sueños vacuos, cursis y tontos. Los aqueja, desde la médula, la ausencia de imaginación (una forma peculiar de la poca inteligencia: siguen prendados de los sueños que los encumbraron, pero, pasado el fracaso, aquellos sueños que pudieron mover y conmover masas, ahora exhiben lo que en el fondo siempre fueron: imaginación de basura, historia de sangre).

El teatro está lleno de personajes poderosos; algunos son de una inmensa complejidad psicológica o moral (Clitemnestra, Ricardo III, Segismundo, el Calígula de Camus...) otros se complican por las circunstancias. El conflicto es que mi amigo busca un personaje histórico, real, que haya sobrevivido a su poder y a la caída. No le sirven los mexicanos, dice. Ni Moctezuma, ni Santa Anna, ni Salinas, ni Peña. “Son poca cosa; muy chiquitos, hasta para una alegoría sobre México. Cuando intento con uno de esos, todo me sale en sátira”. Pensé recomendarle un libro de Riccardo Orizio: Hablando con el diablo. Entrevistas con dictadores (FCE-Turner). No lo hice porque no lo había leído. Tras la lectura, veo con perplejidad el aburrimiento a que me sometí. La lista es de terror: Amin, Bokassa, Hoxha, Duvalier, Jaruzelski, Noriega. Ninguno tiene nada qué decir, ni una idea valiosa, ni un alegato importante, ni siquiera están tomados por la maldad. Son simples mediocres, carentes de atributos y, sobre todo, de imaginación. Lo importante del libro es su nulidad: el diablo gana cuando parece inexistente. Es como si la Historia, o el Mal, hubieran levantado una cáscara humana para sembrar con ella miedo, pobreza, humillación.

Veo varias cosas en lo que dijo mi amigo. Una con alivio: que nuestros personajes del poder sean pequeños es una estupenda noticia: son mucho más tontos que perversos; mucho más corruptos que malvados. Tienen poder, pero no importancia. Debiera ser una gran noticia. Sin embargo, me llama mucho la atención que los parlamentos de los personajes deriven en sátira. La ironía y la comedia requieren personajes y público inteligentes y cultos; la tragedia, diálogos importantes y poderosos monólogos, personajes elocuentes y, sobre todo, verosímiles. La sátira puede darse con cualquier cáscara humana. Y está más cerca de a tragedia que de la comedia.