El perseguidor

El Santo Oficio.

Ciudad de México

Sobre la mesa, a punto de ser derrotada por la polilla y la mala vida, el cartujo improvisa un altar: coloca libros y fotos de Julio Cortázar y enciende una veladora. En la victrola pone un disco de Charlie Parker y se sienta en un rincón, húmedo y oscuro, a escuchar al genio de Kansas y a pensar en el escritor argentino.

Recuerda a Johnny Carter, quien tocaba el sax alto como solo un dios podía hacerlo. Más tarde volverá a leer su historia en El perseguidor, esa obra maestra dedicada a Bird Parker cuyo primer epígrafe es una categórica sentencia del Apocalipsis, 2.10: “Sé fiel hasta la muerte”, y sentirá en el alma la enorme carga de su desventura.

Cuando Cortázar publicó este cuento, en 1959, Bird llevaba cuatro años de muerto. Como Johnny, siempre preocupado por el tiempo, siempre insatisfecho con su manera de tocar, Charlie Parker era un virtuoso sin futuro, atrapado por los demonios de las drogas y el alcohol. Tenía 34 años, estaba solo y su naufragio era inevitable.

La vida de Johnny es un permanente desastre, un apresurado camino al abismo. En las primeras páginas, el narrador —Bruno V.— cuenta como un día, mientras ensayaba con Miles Davis y otros músicos para la grabación de un disco, de pronto Johnny dejó de tocar y soltando un golpe dijo: “Esto lo estoy tocando mañana”. Todos se quedaron sorprendidos mientras Johnny, golpeándose la frente repetía: “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana”. A partir de entonces, relata Bruno, todo anduvo mal.

El cuento de Cortázar, incluido en Las armas secretas, le reveló al monje adolescente la magia del jazz, sus aires de libertad, el milagro de la improvisación. Mucho tiempo después, en los años noventa, bajo su influjo, crearía en el periódico El Nacional una sección dedicada a esta música y a sus apóstoles. Esas páginas fueron un permanente tributo a Johnny Carter, quien persiguió como nadie la meta inalcanzable de transformar en sonidos todos sus sueños, todos sus sentimientos. Era un artista admirado, pero él se sentía insatisfecho, frustrado, incapaz de llegar al cielo. Por eso rebate a Bruno, su amigo y biógrafo: “Si cuando yo toco tú ves a los ángeles, no es culpa mía. Si los otros abren la boca y dicen que he alcanzado la perfección, no es culpa mía. Y esto es lo peor, lo que verdaderamente te has olvidado de decir en tu libro, Bruno, y es que yo no valgo nada, que lo que toco y lo que la gente me aplaude no vale nada, realmente no vale nada”.

Los desvaríos y las blasfemias de Johnny Carter, pero también sus lágrimas y sus amores y sus frases geniales y sus deseos de vivir en México acompañan al amanuense esta noche y lo acompañarán el 26 de agosto, cuando todas las campanas en el mundo repicarán —tal vez en silencio— para recordar el centenario de su creador: Julio Cortázar, el gran cronopio de la literatura latinoamericana.

Queridos cinco lectores, mientras en la victrola suena insistentemente el Charlie Parker Story, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.