Triciclo Rojo: El asombro puro del teatro infantil

Este compañía lleva las artes escénicas a los rincones olvidados, hasta niños que nunca han visto un clown o un títere; sus integrantes, trotamundos comprometidos con esta expresión artística.
La Caravana del elefante polar.
La Caravana del elefante polar. (Jorge González)

Ciudad de México

Pato ha muerto. Sucedió casi al final de la obra con títeres titulada Pato, Muerte, Tulipán. De súbito María Fernanda deja de mostrar esos dientes tan grandes y parejos que asoman entre sus labios a la menor provocación. No sabe qué hacer con sus emociones, se nota porque tuerce y retuerce la manga de su sudadera y traga saliva, aprieta los labios y guarda silencio por largo rato, aun cuando el multitudinario aplauso puebla el ambiente.

Probablemente, esta niña de 9 años ha llegado a esta encrucijada emocional muchas veces en su vida, quizá cuando tres de sus seis hermanos tuvieron que irse de jornaleros a Sinaloa, o ante el hecho de tener un padre alcohólico, acaso durante las dilatadas y pesadas jornadas de comerciante de su mamá, o simplemente porque es un alma solitaria, abandonada más bien, en la plaza central de Jiquipilco, mientras su mamá se sienta en la orilla de una esquina a vender verduras.

Lo que es indudable es que ésta es la primera vez que su alma infantil toca, mediante el asombro puro del teatro infantil, ese extremo profundo de su condición humana a través del teatro, porque en aquél pueblo lejano al noroeste del Valle de Toluca no hay escenarios ni cines, no hay cultura ni nada que se le parezca y, por el contrario, es un municipio de alta marginalidad y violencia.

“Acá no hay cine —dice la niña, siempre sonriente—, pero pues sí tenemos formas de divertirnos y jugar. Yo nunca he ido al teatro, pero me gustan los payasos porque cuentan muchos chistes y eso me hace reír”. Ella experimenta cosas nuevas esta tarde de teatro música y danza, del mismo modo que Aureliano Buendía descubrió el hielo en una de las incursiones de los gitanos que entre timbales llevaban el circo a Macondo, y con él todo tipo de novedades, como escribió Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.

Justo así empieza esta historia, con una caravana que cada día arranca motores a las 4 de la mañana en el sur de la Ciudad de México. El equipo de actores, bailarines, productores y técnicos son esos modernos gitanos que hasta hoy cuentan 34 días seguidos de llevar su espectáculo a un municipio del Estado de México, uno diferente cada día, sumando en total a más de 60 mil mexiquenses espectadores.

Es la compañía de teatro-danza Triciclo Rojo, integrada por Emiliano y Natalia Cárdenas, así como Elizabeth de Anda y un equipo de asistentes y técnicos de casi 40 personas. Fue fundada hace nueve años en busca de una complementación entre la danza y la técnica clown, y desde hace tres años diseñó y emprendió la creación de un escenario móvil. Este último proyecto se concretó en un tráiler que sirve de base y una concha inflable de color blanco, sobre la cual se puede proyectar cualquier tipo de iluminación.

“Eso queríamos lograr, que si los niños no pueden ir fácilmente al teatro, entonces nosotros les llevamos un teatro fantástico como éste, y además gratuito, para que ellos tengan la experiencia completa”, dice María del Pilar Campo, productora de Triciclo Rojo.

Especie de modernos gitanos, artistas libres y comprometidos con el otro, todos ellos abandonan la tibieza de su cama a las 3:30 de la mañana del domingo, algunos van a la bodega a recoger los camiones con el equipo. Pilar se encarga de pasar por otros en algunos puntos estratégicos y los últimos se dan cita en la avenida Tlalpan, a la altura del Metro Viaducto. Las tres camionetas alcanzan la autopista a Toluca por ahí de las 6 de la mañana muy por detrás de los tráileres y viajan por un lapso de entre hora y media y dos horas, cruzan trayectos de espesa neblina y dos casetas hasta por fin llegar a la entrada de Jiquipilco.

Jiquipilco es un pueblo con 69 mil habitantes según el censo de 2010, su grado de marginalidad es representado así por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social: 28 por ciento de la población es vulnerable por carencias sociales e ingreso, 42.1 por ciento está en pobreza moderada y 25.5 por ciento en pobreza extrema. También es una comunidad famosa por el ritual que se lleva a cabo el 3 de mayo, en honor del Señor del Cerrito, a quien ancestralmente se ha solicitado favores para obtener lluvia y buena siembra.

“Sí, es un lugar muy bonito ni duda cabe, pero lo que pasa es que es un pueblito que casi nadie conoce, estamos muy cerrados a todo esto, nunca tenemos este tipo de cosas y como hoy, cuando lo hay, nadie nos avisa y ahí andamos preguntando o con la curiosidad de qué es eso que están poniendo ahí y que se ve bien bonito. O sea, pa’decirlo así como es, somos un pueblo muy ignorante de estas cosas”, dice la señora Ramona Castillo mientras voltea las tortillas azules que recién ha echado al comal de la tortillería que da de frente al zócalo de esta comunidad, cabecera del municipio.

Se refiere a lo que está sucediendo en un costado de la explanada con los camiones de Triciclo Rojo que descargan y preparan todo para armar un escenario, mientras Daniela Martínez, encargada de los talleres de la compañía, “repara al mundo”, un globo gigante forrado de tela azul con verde y café que es utilizado para la función de Poeta del lavabo. Aquí es donde aparece por primera vez María Fernanda de Jesús Martínez, se acerca y pregunta: “¿Qué es esto?, ¿para qué lo usas?, ¿qué le estás haciendo?, ¿qué va a haber aquí, eh?”.

Del mismo modo que un tal Buendía, en cierto relato mítico, se acercaba al viejo Melquiades y sus descubrimientos, la pequeña deja escuchar una pregunta tras otra; esa curiosidad sin fin es tan admirable como la voluntad con la que lleva una gorra, como toque de coquetería, que no se quita a pesar de la intensidad del sol y del calor.

Por fin se infla la concha blanca que sirve de techo del foro, para entonces María Fernanda ha ido y venido al puesto de su madre unas 10 veces; ahora está sentada frente aquel armatoste que empieza a tomar forma, no dice nada. Cuando Natalia y Elizabeth, las clowns que actúan en el segundo número del programa, empiezan su calentamiento en el escenario, Maryfer se levanta de la silla y se acerca absorta, sin mirar realmente a quién, pregunta: “¿Qué hacen?”.

En su puesto de verduras la mamá de esta pequeña platica que no le queda de otra más que trabajar porque su señor bebe mucho. “Yo soy de Oaxaca, me vine acá siguiéndolo a él y mire. Tuvimos siete hijos, los tres mayores están en Culiacán y ésta es la más chiquita, pero dice que ya no quiere estudiar, luego nomás está de floja en la casa, pero ahora como que la miro muy curiosa con el teatro ese”, dice mientras busca el mejor perfil de los quelites, las calabazas y los nopales.

Quienes salen de misa se detienen en la plaza, otros llegan en camionetas repletas de niños, unos más compran una nieve y se sientan en las sillas dispuestas para el público. Poco a poco, lentamente se van llenando las hileras de sillas porque aquí lo que sobran son niños y… más niños.

Exactamente a las 4 de la tarde, da inicio a la función de Proyecto Perla, una compañía de teatro de títeres que relata la historia de Pato, Muerte, Tulipán, en la que Pato convive con la muerte hasta que pierde la vida. Hay silencio y desconcierto entre el público infantil, pero como explican los actores, Pato muere porque así es la vida y como todo en la vida, se vuelve a comenzar, entonces aparece de nuevo Pato, aunque más chiquito.

—¿Qué piensas de eso Fer?

—Mmmm, no sé, no sé —contesta ella sin dejar de mirar hacia el frente, tratando de descifrar lo que ve.

El programa continúa con Poeta del lavabo, una historia de danza clown protagonizada por Emiliano y Natalia Cárdenas y Elizabeth de Anda. Es, en efecto un poema donde aparece el globo-mundo reparado por la mañana, más globos, una maleta. María Fernanda ríe y ríe gozosa, dejando entrar aquellas imágenes de color a su corazón, como semillas en busca de tierra fértil.

Después toca el turno a la Orquesta basura, un grupo de músicos que hacen instrumentos con basura reciclada y música con un ritmo capaz de encender al público a pesar del frío proveniente de los cerros y la noche densa que rodea el zócalo.

Aquí hay por lo menos 300 niños, la mayoría está ya de pie, algunos bailan, otros más avanzan cada vez más hacia el frente, con los actores. Hay niños que juegan, corren, los menos graban las obras con su celular, pero sin duda todos lucen interesados y divertidos. José Romero, por ejemplo, cuenta que nunca se imaginó que eso fuera el teatro, se parece a algo que ha visto en la tele, pero más divertido. Paloma Sánchez explica que le gustó mucho la función “y que aprendió que todos los trabajos son dignos y que debemos respetarlos, como el de los basureros”.

María Fernanda tiene que irse ya, su mamá debe regresar a comenzar las labores del hogar aun cuando sea domingo. La niña no protesta, pero alarga la mirada lo más que puede para no perderse detalle mientras su mamá la jala de la mano calles abajo. Alcanza a decir que todo le gustó mucho y que un día espera volver a ver el teatro “¿o cómo le dices a eso?”.

Son casi las 8 de la noche, faltan cuatro largas horas para que estos gitanos modernos crucen la puerta de sus respectivas casas, hay que desmontar la moderna “carpa” en dos horas y hacer otro tanto de carretera de regreso al DF; el lunes la misma rutina para culminar la gira en Toluca. Gran, pero agotadora tarea de llevar el teatro a los rincones del país.

Las obras conectan a los niños con su parte creativa


“Hemos analizado la situación de las artes escénicas, hemos visto cómo a pesar de que en muchos estados hay festivales culturales, la programación infantil está en segundo lugar a menos de que se trate de un festival infantil. Por otro lado, también hay muchos lugares a los que no llega porque no tienen la infraestructura para que se presente en buenas condiciones”, dice Pilar Campo.

Cuando Maryfer desaparece calle abajo se escucha el último acorde del espectáculo. Fernando López integrante de Orquesta basura escarba en la memoria y recupera el hecho de que cuando él era niño, fue a su escuela un grupo de payasos que también eran músicos. “Quizá por eso, esto es ahora parte de mi vida y soy feliz así”.

Emiliano Cárdenas, quien también recuerda a un payaso que vio de niño que le cambió la vida, dice que su única y verdadera recompensa a las largas horas, los días, los meses y los años de trabajo intenso son las miradas de esos niños “en ellas veo mucha fortaleza y la posibilidad de una conexión con su parte muy creativa, la parte de resolver el mundo a través de lo propio y no a través de las reglas convencionales”.

Como Aureliano, como Fernando López o Emiliano Cárdenas, acaso María Fernanda recuerde muchos años después la tarde de un domingo de febrero de 2015 en que la su madre la llevó a conocer vez el teatro... Y, quizá, algo bueno suceda.