Un relámpago revolucionario: Rubén Darío en Veracruz

Enviado por el gobierno de Nicaragua al centenario de la independencia de México, el autor arribó al puerto del Golfo cuando un nuevo presidente había ya tomado el poder en Managua.
Rubén Darío.
Rubén Darío.

En 1910 el poeta Rubén Darío hizo una fugaz, aunque tumultuosa visita a México, que narra brevemente en sus memorias, y que registran sus biógrafos como un episodio marginal, confuso y bastante emborronado por las cantidades navegables de alcohol que iba bebiéndose el poeta. Sus memorias, Vida de Rubén Darío escrita por él mismo, son en realidad un conjunto de artículos autobiográficos que le encargó el semanario argentino Caras y caretas, para ayudarlo a sobrellevar la crisis económica que abrumaba al poeta a los 45 años, cuando ya había concluido su periplo europeo y purgaba una cirrosis galopante que terminaría llevándolo a la tumba.

Sus memorias, como casi todas las obras de género autobiográfico, resaltan sus virtudes, rasuran las zonas inconvenientes y, en general, nos presentan un autorretrato acomodaticio del insigne poeta nicaragüense. Por ejemplo, pasa de puntillas sobre capítulos biográficos tan floridos como el de su relación con las mujeres, y tan explosivos como el de sus borracheras épicas, aunque es verdad que no nos escatima esta anécdota genial. Durante la época en la que para el diario argentino La Nación se ganaba la vida escribiendo sofisticados obituarios de artistas y escritores extranjeros cuyas obras solo conocía él, cuenta el poeta que una noche cenaba y bebía con sus amigos, en el plan modesto que imponían sus modestas economías, cuando una llamada telefónica del director de La Nación cambió el rumbo de la noche: el escritor Mark Twain agonizaba y urgía que la pluma maestra de Darío compusiera el obituario que se publicaría al día siguiente. El poeta desapareció del restaurante, escribió dos folios a toda velocidad que entregó en la redacción y regresó con sus amigos, con la intención de invertir el dinero que iban a pagarle al día siguiente, en cuanto saliera el artículo publicado, en una “cena opípara y convenientemente humedecida” con mucho vino y una larga serie de alcoholes digestivos que durarían hasta el amanecer. Uno de sus amigos salió a buscar el diario para leer en voz alta el texto que les había pagado aquel festín, y después de ojear ansiosamente todas las páginas, anunció sumamente contrariado: “¡No viene el artículo!”. Darío explica que “un cablegrama anunciaba la agonía de Mark Twain, pero en otro se decía que los médicos concebían esperanzas… En otro, que se esperaba una pronta reacción y en aún en otro que el enfermo estaba salvado y entraba en una franca mejoría… Y la salvación del escritor fue para nosotros un golpe rudo”.

Era el poeta más relevante de América Latina y varios escritores soñaban con tenerlo en México


Pero vayamos al brumoso episodio mexicano del poeta. Después de su última misión diplomática en Madrid, Darío, ya sin cargo ni sueldo, regresó a París para terminar un libro mientras espesaba la espiral alcohólica que había empezado en España y que ahí comenzó a llevarlo hacía la zona oscura, una parcela mental donde abundaban las escenas de imaginería religiosa que le habían inculcado en su pueblo, cuando era niño y que lo elevaban o más bien lo sumían en unos aparatosos raptos místicos. Batallaba el poeta en París contra esos espantos cuando el presidente de Nicaragua, José Madriz, lo invitó a encabezar la delegación de su país que iría a México a hacer acto de presencia en los festejos del centenario, que organizaba el gobierno de Porfirio Díaz. Entonces Rubén Darío era el escritor más relevante de América Latina y un grupo de jóvenes escritores, encabezados por Alfonso Reyes, soñaban con tenerlo en México.

El 21 de agosto de 1910, el poeta que este año cumple su propio centenario, abordó en el puerto de Saint Nazaire, el trasatlántico La Champagne. “En el mismo vapor que yo iban miembros de la familia del presidente de la República, general Porfirio Díaz, un íntimo amigo suyo, diputado, don Antonio Pliego, el ministro de Bélgica en México y el conde de Chambrun, de la Legación de Francia en Washington”. El día 23 La Champagne hizo una escala en el puerto de La Coruña y ahí Darío se enteró de que el presidente Madriz había sido derrocado por un movimiento revolucionario que rápidamente había colocado en su silla a Juan J. Estrada, un general apoyado por el gobierno de Estados Unidos. El poeta se alarmó con la noticia, el hombre que lo había invitado ya no era el presidente, y en lugar de regresar a París, como quizá hubiera sido conveniente, decidió que seguiría a bordo del vapor rumbo a La Habana, donde harían una escala antes de atracar en el puerto de Veracruz.

El 5 de septiembre, después de recibir el cariño masivo de sus admiradores cubanos, el poeta llegó a Veracruz y descendió por la escalerilla del barco en medio del jolgorio popular, entre “vivas a Rubén Darío y a Nicaragua y mueras a Estados Unidos”, nos cuenta él mismo en sus memorias. Pero pronto se daría cuenta de que su éxito popular entre los mexicanos no se correspondía con el trato que empezó a dispensarle la autoridad que, a través de Rodolfo Nervo, hermano de su amigo Amado, lo invitó a instalarse en el Hotel Diligencias mientras el resto de los invitados abordaba el tren expreso para viajar a la Ciudad de México. Nervo le dijo que el gobierno mexicano lo declaraba “huésped de honor de la nación” y simultáneamente le prohibió abandonar Veracruz hasta que se entrevistara con “un enviado del Ministerio de Instrucción Pública”. Darío cuenta que cuando finalmente se entrevistó con el enviado, este “llegó con una carta del ministro, mi buen amigo, don Justo Sierra, en que en nombre del presidente de la República y mis amigos del gabinete, me rogaban que pospusiese mi viaje a la capital (….) El gobernador civil me decía que podía permanecer en territorio mexicano unos cuantos días, esperando que partiese la delegación de los Estados Unidos para su país, y que entonces yo podría ir a la capital”.

La presencia de la delegación de Estados Unidos había provocado violentas manifestaciones en la Ciudad de México y la gente, al enterarse de que esa delegación no deseaba la cercanía del famoso poeta, convirtió a Darío en el defensor del honor latinoamericano frente a la intervención yanqui en Nicaragua y, como protesta por su retención en Veracruz, la turba se radicalizó y apedreó, por primera vez, la casa de Don Porfirio. “Los estudiantes en masa, e hirviente suma de pueblo, recorrían las calles en manifestación imponente contra Estados Unidos. Por primera vez, después de 33 años de dominio absoluto, se apedreó a la casa del viejo cesáreo que había imperado. Y allí se vio, se puede decir, el primer relámpago de una revolución que trajera el destronamiento”, cuenta el poeta en sus memorias. Al margen de que situarse como desencadenante de la Revolución mexicana es un auténtico disparate, resulta conmovedor el papel que jugaban, hace un siglo, un poeta y su poesía; su relevancia era precisamente esa que él hacía notar: lo más hermoso que puede pasarle a un poeta es ejercer de “primer relámpago”.

Para aprovechar la obligada estancia en Veracruz del poeta mayor de América Latina, el gobernador organizó un encuentro con sus admiradores en Jalapa y otro en Teocelo, donde “hubo vítores y músicas” y “la municipalidad dio mi nombre a la mejor calle”. Darío pasó unos días gloriosos en Veracruz, la gente lo ovacionaba cada vez que salía a la calle o cuando entraba a un restaurante, y en el puerto, según nos dice en sus memorias, “se celebró en mi honor una velada, en donde hablaron fogosos oradores y se cantaron himnos”.

El 12 de septiembre se embarca, otra vez en La Champagne, de regreso a La Habana, desde donde pretende regresar a París, una vez que consiga algún amigo generoso que le pague el pasaje porque el nuevo gobierno de Nicaragua, como era de esperarse, ya no iba a hacerse cargo de sus gastos. “Me volví a La Habana acompañado de mi secretario, señor Torres Perona, inteligente joven filipino, y del enviado que el Ministro de Instrucción Pública habíale nombrado para que me acompañase”.

Darío despacha en un solo párrafo los dos meses que pasó en La Habana, antes de poder embarcarse de regreso a Europa, pero el poeta dominicano Osvaldo Bazil, que entonces era el representante diplomático de su país en Cuba, cuenta los escabrosos detalles de aquella estancia. La espiral alcohólica que venía arrastrando desde París, se había acelerado en Veracruz a fuerza de homenajes y festejos, y llegaba a La Habana convertida en un vistoso torbellino. El poeta se instaló en el Hotel Sevilla, en la habitación 203. De acuerdo con el testimonio del diplomático dominicano, que era su compañero de parrandas en esa temporada, Darío estaba entregado “al demonio de los alcoholes y a las furias de todas las tempestades de la dipsomanía”. En ese estado lleva el poeta una intensa vida social, se reúne con escritores y políticos, come y cena con sus amigos y seduce a unas cuantas mujeres, hasta que un día, en pleno delirium tremens, después de un gran escándalo que llama la atención de su criado filipino, del poeta Osvaldo Bazil y del gerente del hotel, Darío intenta arrojarse por la ventana de su habitación. Entre los tres logran impedirlo y luego de mucho forcejeo consiguen que se tranquilice y se meta en la cama. Nos cuenta el poeta dominicano: “Aseguradas todas las puertas, cerradas todas las ventanas, respiré tranquilo. El poeta seguía ingiriendo whisky en su cama de modo incesante. Después de tres litros de whisky estaba como loco y no me atrevía a dejarlo solo. Me pasé la noche a su lado. Él no dormía nada. Así, amaneció. Continuaba bebiendo. Visitas que no pueden ser recibidas. Flores de fina galantería llegaban al hotel”.

El 8 de noviembre de 1910, Darío se embarcó de regreso a Europa con la sensación de que su viaje a México había sido un fracaso; sería hasta años después, cuando se sentara a escribir el episodio, que se daría cuenta de lo que en realidad había sucedido: sin moverse de Veracruz había hecho tronar, en la Ciudad de México, su poderoso relámpago.