Visitas literarias: Comala, Mixcoac y Macondo en el DF

Hay ciudades que son indisociables de la literatura. Es imposible estar en Praga sin pensar en Kafka o visitar Buenos Aires sin evocar a Borges. La Ciudad de México también tiene ese encanto. ...

Ciudad de México

Hubo un tiempo en que los aventureros literarios visitaban Sayula, Jalisco, para conocer el mundo descrito por Juan Rulfo en sus dos libros monumentales. Llegaban de México y de otros países; se aprovisionaban en el pueblo y luego subían a los pequeños caseríos apeñuscados en las laderas de aquellas montañas.

Tras varias horas —o días, en el caso de los más persistentes— venían el cansancio y la frustración, pues no existe el camino a Comala, ni la tierra blanca que pavimenta el ascenso a Luvina, ni el cacique y dueño de todo aquello que pueden abrazar los ojos.

La travesía se prolongaba al orfanato donde el autor concluyó la primaria, seguía por la oficina de Migración, en Guadalajara, donde trabajó, y hoy desemboca en una colonia de clase media de la Ciudad de México. Ahí, en Tigris 84, a unas cuadras de la embajada de Estados Unidos en México, Juan Rulfo escribió nueve cuentos de El llano en llamas y Pedro Páramo.

Es un edificio viejo, bien conservado. Tiene cinco niveles, pero no hay elevador. No hay tampoco algún hijo de Pedro Páramo que guíe al visitante por el largo y tenebroso pasillo principal. En el departamento uno, donde rentó la familia Rulfo en los años cincuenta del siglo pasado, nadie respondió.

Los vecinos son también fantasmales. Pocos responden en el interfono y lo hacen con voz impostada. Nadie conoce al inquilino del uno y, peor aún, nadie lo ha visto. Después de tres visitas con el mismo resultado, revive la frustración de los viajeros que llegaban a Sayula para ampliar su comunión con el escritor.

Juan Rulfo murió el 7 de enero de 1986 en un departamento de la calle Felipe Villanueva, colonia Guadalupe Inn (sur del DF). Llegó ahí con su familia en 1967, cuando la calle era silenciosa. Por la mañana el escritor caminaba cinco cuadras hasta la avenida Revolución para llegar a su oficina en el Instituto Nacional Indigenista.

El inmueble de Felipe Villanueva alberga hoy la Fundación Juan Rulfo. La pieza principal fue acondicionada como oficina y cuelgan de las paredes fotografías tomadas por el autor en sus viajes como vendedor de llantas, agente migratorio o turista.

Al fondo, en un librero de unos tres por tres metros, la fundación resguarda una prueba de la grandeza de Rulfo: más de 130 traducciones de Pedro Páramo realizadas en 60 años al inglés, francés, alemán, italiano, ruso, chino, sueco y danés, además de otros idiomas con menos hablantes como eusquera, coreano, ucraniano, finés, croata, persa, serbio y turco.

Hay otra prueba de esa grandeza: las dos obras del escritor jalisciense se venden hoy en más de 100 países y pueden leerse en 50 lenguas. En español, Rulfo se imprime una o dos veces por mes en cuatro países: España, México, Colombia y Argentina. No son grandes tirajes de 200 mil ejemplares, sino de 7 mil a 12 mil, pero ya es un long seller, es decir, un clásico, dice el director de la fundación, Víctor Jiménez

En el departamento de Felipe Villanueva, Rulfo pudo desplegar por primera vez su biblioteca, pero las paredes pronto fueron insuficientes, así que cientos de libros fueron guardados en cajas de cartón y colocadas en el piso de abajo (también de su propiedad).

Su biblioteca personal consta de 15 mil títulos —700 de fotografía—, además de 7 mil negativos. A principios de los noventa su familia se mudó a su casa actual, cerca del Pedregal de San Ángel (más al sur del DF). Ahí está resguardado el acervo en condiciones adecuadas de luz y temperatura.

—Es una biblioteca con casa, más que una casa con biblioteca —bromea Víctor Jiménez.

 

Todo empezó con un jardín

El niño Octavio Paz llora, perdido en un inmenso sofá circular. Lo rodean altas ventanas y muros forrados de un tapiz viejo. De las estancias contiguas llega un zumbido de voces y risas, pero nadie escucha a este pequeño fantasma de tres años que rumia su abandono.

En ese recuerdo infantil no hay personas, solo la casa del abuelo paterno en el pueblo de Mixcoac, una construcción afrancesada, con ventanas que daban a la plaza y el anagrama familiar en los portones.

El poeta evoca cuartos y más cuartos “habitados solo por fantasmas”, donde “los muertos eran más que los vivos”, con largos y altos corredores donde su tía sonámbula buscaba en sueños la salida a su soledad.

En época de bonanza, la casa tuvo alberca, quiosco, frontón, sala de esgrima y una terraza donde cabía una orquesta. En tiempos de penuria, la familia llevaba los muebles de un cuarto a otro a medida que se iban desplomando.

El poeta se ve en la biblioteca, donde lee autores franceses e hispanoamericanos. Pero su espacio imantado es el jardín, donde juega con sus habitantes: pinos, fresnos, un granado, una buganvilla y una higuera que le enseñó a hablar con los muertos y consigo mismo.

La casa aún existe, pero habilitada como convento. En 1991 el premio Nobel visitó el lugar y apenas lo reconoció. En las estancias y el jardín, las monjas dominicas erigieron sus celdas; en la terraza descansa ahora una capilla. Paz vivió ahí hasta los 23 años.

 

***

Paseo de la Reforma es la avenida más importante de México. En 15 kilómetros conviven museos, rascacielos, tiendas inteligentes, construcciones virreinales y obras emblemáticas, como el Condominio Guadalquivir, de Mario Pani (autor de la Rectoría de la UNAM).

Paz y su esposa, Marie José Tramini, llegaron en 1980 al departamento 105, donde el poeta escribió sus últimos libros, incluido el ensayo más completo que existe sobre sor Juana y La llama doble, su teoría sobre la conexión íntima entre amor, erotismo y sexualidad.

Un corto circuito generó un incendio en diciembre de 1996. Paz, de 82 años, lidió con la flebitis para bajar a pie hasta la planta baja. En ese incidente perdió su colección de arte reunida en 20 años y gran parte de su biblioteca, incluidas primeras ediciones de su obra.

El departamento pertenece a la viuda, pero nunca fue reocupado. Ayunque en realidad sí. En ese lugar, cuya renta oscila entre 4 mil y 5 mil dólares, vive una docena de gatos sobrevivientes de aquel incendio y sus descendientes, cuyos orines generan quejas constantes de los vecinos.

Paz murió el 19 de abril de 1998 en la Casa de Alvarado, en Coyoacán (DF), que albergó primero a la fundación que lleva su nombre y luego a la Fonoteca Nacional. El matrimonio llegó ahí un mes después del incendio por ofrecimiento del presidente Ernesto Zedillo.

El poeta pronunció ahí sus últimas palabras públicas. Sospechaba que quedaba poco tiempo y dejó una tarea: ser dignos de las nubes y el sol del Valle de México. “Este lugar que iluminó mi infancia, mi madurez y que ahora ilumina mi vejez”.

Falleció cerca de otro jardín, donde había araucarias, magnolias, buganvillas y un lujo de Japón: glicinas. En la India se casó con Marie Jo debajo de un árbol humilde, el min, y puso ese relato en un poema:

 

El jardín se ha quedado atrás

¿Atrás o adelante?

No hay más jardines que los que llevamos dentro.

¿Qué nos espera en la otra orilla?

 

“El mejor abuelo del mundo”

Jorge Luis Borges visitó México por primera vez en diciembre de 1973 para recibir el primer Premio Internacional Alfonso Reyes. La ceremonia se realizó en la Capilla Alfonsina, en Benjamín Hill 122, colonia Condesa.

Ese inmueble fue la casa de don Alfonso entre 1938 y 1959, año de su muerte. El gobierno mexicano lo adquirió años después, junto con el acervo del escritor, que acumuló más de 26 mil libros, algunos editados en los siglos XVI, XVII y XVIII.

Hoy es museo y exhibe su colección plástica, sus acervos epistolar y fotográfico, primeras ediciones, objetos personales y unos 6 mil libros, pues la parte más importante del acervo fue donada a la Universidad Autónoma de Nuevo León.

“Tuve al abuelo más lindo del mundo y el mejor maestro de literatura universal”, dice su nieta Alicia Reyes, directora de la Capilla Alfonsina desde su creación en 1973.

En su discurso, Borges dijo que Reyes era “el mejor prosista” en español. Para Octavio Paz, don Alfonso “no era un escritor, era una literatura”.

 

“Esta casa no tiene precio”

Gabriel García Márquez escribió Cien años de soledad en una casa rentada en San Ángel Inn, una colonia de clase media alta, en el sur del DF. El inmueble de La Loma 19 es propiedad de la familia Coudurier y actualmente renta ahí un matrimonio alemán.

Mientras escribía, Gabo miró un día en el jardín las dificultades de una empleada doméstica para tender ropa ante un ventarrón inesperado. De ese personaje surgió la imagen de Remedios la bella subiendo al cielo envuelta en sábanas para desaparecer por siempre.

—Véndame la casa —pidió García Márquez al propietario hace 30 años.

—No puedo, esta casa no tiene precio: aquí se escribió Cien años de soledad—, le respondió.

Laura Coudurier recuerda que una vez fallecido su padre, su familia ofreció la propiedad al escritor, pero ya no le interesó. En esta casa se encerró Gabo a escribir ocho horas diarias durante 18 meses hasta terminar la novela. Murió el 17 de abril de 2014 en su casa de Fuego 144, en el Pedregal de San Ángel.