Las mil y una noches

Un salvavidas literario
Las mil y un noches.
Las mil y una noches. (Cortesía)

Ciudad de México

“¿Cómo es posible”, dijo el sabio Ouloug, “que prefieran estos cuentos de Las mil y una noches que no tienen ni pies ni cabeza y no significan nada?” “Precisamente por esto nos gustan tanto”, le contestaron las sultanas.

Voltaire, Zadig (1748)



El salto a la fama: Antoine Galland

La traducción francesa de Las mil y una noches de Monsieur Antoine Galland (1646–1715) es la principal responsable de la fama universal de la que esta obra goza hoy día. Experto en lenguas orientales del Collège Royal de France, durante uno de sus asiduos viajes a Oriente Próximo adquirió un manuscrito árabe de las historias de Simbad el marino, y un poco antes de 1700 las tradujo al francés con la intención de publicarlas, pero se dio cuenta de que formaban parte de una recopilación de mayor envergadura titulada Alf layla wa–layla, Las mil y una noches. Así pues, pidió a sus contactos en Siria que le mandaran una copia de esta obra, y en 1701 la recibió en tres volúmenes. En una carta a un amigo, expone su intención de traducir todas las historias:


Se trata de un conjunto de cuentos con los que se entretienen en aquel país cuando anochece. Ahora, durante las largas noches, tendré con qué divertirme.


Tres años más tarde, Galland empieza a publicarlas agrupadas en pequeños volúmenes: en 1704 salen a la luz cuatro volúmenes, en 1705 dos más y en 1706 el séptimo, con el que concluye la traducción del manuscrito sirio. Pero Galland no detendrá ahí su empresa: el octavo volumen, publicado en 1709, incluye historias sacadas de otros manuscritos, sobre todo de versiones egipcias; mientras que los volúmenes noveno y décimo, publicados en 1712, así como el material de los dos últimos volúmenes, que aparecen póstumamente en 1717, recogen las llamadas «historias huérfanas», cuentos que originalmente no pertenecían al corpus de Las mil y una noches, pero que Galland transcribió a su gusto y conveniencia y añadió al conjunto (historias como Alí Baba y los cuarenta ladrones o Aladino y la lámpara maravillosa, que se convertirían en quizá las más célebres de todo el compendio). Satisfecho de su traducción, escribiría en el prólogo:


En estos cuentos todo es sorprendente, maravilloso, y está repleto de transformaciones de hombres en diferentes tipos de animales por arte de encantamiento. Las hadas y los genios imperan por doquier, y pasan tantas cosas y aventuras que no hay nada parecido ni en las obras de nuestros antiguos romanos.


A pesar de que Galland presentó sus Mille et Une Nuits. Contes Arabes como una traducción fiel al texto original, si se analiza con criterios filológicos rigurosos hay que admitir que el texto francés fue adaptado a los gustos de la época y del público cortesano: Galland recreó muchas historias, sustituyó expresiones groseras o vulgares por educadas fórmulas corteses y se explayó en las descripciones de los ambientes orientales. A los cuentos del manuscrito sirio añadió sin rigor historias repescadas de manuscritos similares pero de procedencia dudosa, entre ellas las referidas “historias huérfanas”, de las que se ha llegado a especular que fueron obra del propio Galland a partir de cuatro notas o noticias facilitadas por un informador de su confianza, un tal Hana Diyab, cristiano maronita de Alepo. Aun así, el enorme éxito alcanzado por estas “historias huérfanas” las ha convertido en parte inseparable de la mayoría de ediciones de Las mil y una noches, y esto ha obligado a los compiladores árabes de las ediciones modernas a “reescribir” el original árabe en algunos manuscritos, en un intento de autentificar sus textos.

La traducción francesa, pues, cosechó un espectacular éxito, y Antoine Galland fue colmado de títulos y honores, requerido en la corte y en todos los salones literarios de la alta sociedad parisina. En una carta fechada el 10 de julio de 1705, escribía:


Esta obra repleta de frivolidades me ha dado en este mundo más prestigio que cualquier otra bella obra que yo pudiera haber escrito llena de erudición sobre medallas y antigüedades griegas y romanas. El mundo es así: la gente se inclina más por lo que divierte que no por lo que requiere algún esfuerzo.


Su muerte, acaecida en 1715 —dos años antes de la publicación de los dos últimos volúmenes de su traducción—, lo encontró en la cima de su fama, y su nombre ha pasado a la posteridad ligado para siempre a Las mil y una noches. Aunque manipuló el texto original, resulta incuestionable que Galland “inventó” una gran obra literaria, y hasta se puede afirmar que llegó a crear un mito cuya aura sigue resplandeciendo hoy día.



Traducciones, sucedáneos, ediciones

La fantasía y la sensualidad de Las mil y una noches traducidas y adaptadas por Galland encendieron la imaginación del público francés, que esperaba la publicación de los sucesivos volúmenes de cuentos con impaciencia y excitación. Como el propio Galland sostiene en su prólogo:


Estos cuentos están llenos de sucesos que sorprenden y gustan, y al mismo tiempo demuestran que los árabes superan a las otras naciones en este tipo de composiciones.


Gracias a Galland, Europa vivió una verdadera obsesión por Las mil y una noches, de modo que las traducciones a otras lenguas a partir de la versión francesa no tardaron en llegar: al inglés en 1706, al holandés en 1709, al alemán y de nuevo al inglés en 1712, al yiddish en 1718, al danés en 1745, al italiano y al griego —parciales— en 1722 y 1757, respectivamente, al ruso en 1763 y al polaco y al rumano a finales del siglo XVIII. Las traducciones directas del árabe a otras lenguas no se realizarían sino hasta los siglos XIX y XX.

El abrumador éxito de las Nuits Arabes de Galland comportó la aparición de competidores e imitadores. El orientalista francés Pétis de la Croix (1653–1713) publicó entre 1710 y 1712 una colección de cuentos orientales que tituló Les Mille et un Jours (Los mil y un días). Con una historia–marco igual a la de Las mil y una noches, Pétis de la Croix adaptó a su gusto algunos cuentos procedentes de dudosos manuscritos árabes y turcos y, pese a la falta de autenticidad y al móvil envidioso de su empresa, la publicación de los Díasfue todo un acontecimiento en Francia y de inmediato se tradujo a otras lenguas europeas. Asimismo, en 1715, el jurista, dramaturgo, erudito y hombre de letras francés Thomas–Simon de la Gueullette (1683–1766) publicó en dos volúmenes una recopilación de cuentos maravillosos bajo el título de Les Mille et un Quarts–d’heure. Contes tartares (Los mil y un cuartos de hora. Cuentos tártaros): una historia principal engloba una colección de cuentos de intención claramente pedagógica sobre princesas, genios, viajes, tesoros, sortilegios, aves gigantes, animales que hablan y castillos encantados. La obra cosechó un éxito considerable y también fue versionada en diferentes idiomas, entre ellos el portugués y el castellano.


La fama que consiguieron en Europa Las mil y una noches de Galland, así como sus imitadores y seguidores, hizo cambiar de opinión a las élites cultivadas de los países árabes, que, decididas a redimir a las Noches, identificaron numerosos manuscritos copiados por amanuenses a partir del texto base más antiguo conocido hasta el momento, que data del siglo XV, el mismo que recibió Galland desde Siria. Este texto base, de todas formas, en muchos otros manuscritos fechados entre los siglos XVI y XIX, vio incrementado progresivamente el número de cuentos, así como las divisiones del texto, con el afán de cumplir con las mil y una secciones que el título anuncia. La existencia de tantas variantes propició el deseo de fijar una selección definitiva de cuentos y de noches, que en el siglo XIX vería la luz de forma impresa. La primera edición árabe impresa de Las mil y una noches se publicó en Calcuta en dos volúmenes entre 1814 y 1818, a partir de la versión contenida en el manuscrito del siglo XV. Una segunda edición impresa apareció entre los años 1824 y 1843, obra del orientalista alemán Maximilian Habicht; fue publicada en Breslau y bebía de diversas fuentes manuscritas, entre ellas la sorprendente colección de cuentos titulada Cien y una noches, de la que se conserva un manuscrito del siglo XIII copiado en algún lugar del Magreb, si no en al–Ándalus. A estas dos primeras ediciones se sumarían la publicada en Egipto, concretamente en Bulaq, en 1835, y la publicada en Calcuta entre 1839 y 1842, conocida como Calcuta II para diferenciarla de la primera.

La edición egipcia de Bulaq se confeccionó a partir de diversos manuscritos tardíos, pero presentaba las historias perfectamente divididas en mil y una secciones, por lo que pronto se convirtió en la versión árabe por excelencia y todavía hoy se la considera la versión canónica o “vulgata” de Las mil y una noches. A pesar de los méritos de esta edición, algunos críticos denunciaron la corrección de la lengua de los textos por parte de los editores, para adaptarla a un registro más cercano al árabe clásico y para imbuir el conjunto de las historias de una moralidad más en consonancia con la ortodoxia islámica. Más censuras sufrió el texto de Bulaq por parte de la editorial de los jesuitas de Beirut a principios del siglo XX: todos los pasajes eróticos contrarios a la moral católica fueron simplemente eliminados, y ésta llegaría a ser una de las versiones árabes con más reediciones. Más allá del mundo árabe, la edición de Bulaq de 1835 se impuso al resto: hasta el momento, ha sido la más utilizada en las traducciones contemporáneas de Las mil y una noches, y su disposición del texto árabe se ha convertido en la canónica, aunque no recoja dos de las historias más populares a causa de la versión francesa de Galland: Aladino y la lámpara maravillosa y Alí Babá y los cuarenta ladrones.



Mil y una traducciones

Basadas en las ediciones árabes impresas —especialmente la de Bulaq de 1835—, durante la primera mitad del siglo XIX aparecieron una serie de nuevas traducciones que pretendían superar y mejorar la de Galland. El riguroso anonimato de la obra original ha jugado en este caso a favor de los traductores, a menudo inaudibles e invisibles, puesto que con Las mil y una noches han cobrado un protagonismo que los ha situado muy cerca de la categoría de los autores. El poeta inglés John Payne publicó la primera versión íntegra (en nueve volúmenes) entre 1882 y 1884, y el orientalista Edward William Lane tradujo la edición de Bulaq en fascículos mensuales entre 1838 y 1840. Pero la más célebre traducción al inglés de Las mil y una noches fue la del orientalista, políglota y aventurero Richard Francis Burton, de 1885, basada en las ediciones de Bulaq y Calcuta II.

Los arabistas alemanes intentaban competir con los británicos para ofrecer una traducción más “fidedigna” que la de Galland, y en el empeño destacaron nombres como Gustav Weil y Max Henning, a mediados y a finales del siglo XIX, respectivamente, y Maximilian Habicht, en 1925. En Francia, el efecto Galland fue más difícil de superar, hasta que el médico y poeta Joseph–Charles Mardrus, oriundo de Beirut, ofreció entre 1898 y 1904 una nueva versión francesa que pretendía arrinconar las “obsoletas” Noches de Galland. Presentada como la traducción más “literal y fidedigna” de la versión árabe de Bulaq, el texto de Mardrus bebía en realidad de muchas otras fuentes, y los pasajes eróticos de algunos cuentos estaban sobredimensionados. A pesar de estos defectos, el público francés acogió con júbilo esta nueva versión y la mayoría de artistas y literatos de la Belle Époque, como Marcel Proust o André Gide, la colmaron de elogios. Las Noches de Mardrus fueron durante casi todo el siglo XX la versión francesa más apreciada, hasta la publicación de las nuevas traducciones de René R. Khawam en los años ochenta, o la de Jamel Eddine Bencheikh y André Miquel de 1991–2001, erigida en la traducción francesa estándar de Las mil y una noches e incluida en la prestigiosa colección de clásicos de la literatura universal de la Bibliothèque de la Pléiade.

En España, que durante mucho tiempo vivió al margen del fenómeno de Las mil y una noches, la primera traducción al castellano no llegaría hasta finales del siglo XIX, a partir de la versión alemana de Gustav Weil, que, siendo anónima y estando libre de derechos de autor, todavía continúa circulando en mil y una ediciones españolas. Posteriormente, ya en el siglo XX, destacan dos traducciones, esta vez del francés: la del escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez, basada en el texto completo de la edición de Mardrus y publicada entre 1910 y 1920 en diecisiete volúmenes por la editorial Prometeo de Valencia; en 1942 la editorial catalana Sopena publicó una buena selección de cuentos de la edición de Galland, con traducción del malagueño Pedro Pedraza Páez y de la que circularon múltiples reimpresiones. Finalmente, la primera traducción directa del árabe al castellano fue obra del escritor y erudito Rafael Cansinos Assens en 1954, publicada por la editorial Aguilar de México, a partir de las versiones árabes de Bulaq y Calcuta II.

La que hoy se considera la traducción canónica al castellano es la llevada a cabo por el académico catalán Joan Vernet Ginés, que publicó entre 1964 y 1967 la editorial Planeta y que no cesa de reeditarse. Apoyada en estrictos criterios filológicos, se basa en la edición de Bulaq, con diversas adiciones de Calcuta II. Otras traducciones modernas del árabe al castellano son una selección de cuentos realizada por el arabista Julio Samsó en 1976, sobre una edición egipcia con variantes mínimas respecto a la de Bulaq, y la traducción completa que en 1998 publicaron Margarida Castells y Dolors Cinca del manuscrito más antiguo de Las mil y una noches, el valioso documento sirio del siglo XV que Antoine Galland tradujo al francés a principios del siglo XVIII. Cabe decir aquí que en 1995 Castells y Cinca ya habían publicado en tres volúmenes, en la editorial Proa, la primera traducción extensa de Las mil y una noches directamente del árabe al catalán, basada en las ediciones de Bulaq para el corpus general de cuentos y en la de Calcuta II para algunas “historias huérfanas” añadidas.

Pero si una traducción se mantuvo rigurosamente fiel al original árabe de Bulaq de 1835, ésa es la espléndida y erudita versión de los arabistas Juan Antonio Gutiérrez–Larraya y Leonor Martínez, publicada en Barcelona en 1965 —antes de que Joan Vernet completara la suya— por la desaparecida editorial Vergara. Editada de forma exquisita en plena piel, con dorados y gofrados en plano y lomo, papel biblia y cinta marcapáginas, esta traducción en tres volúmenes, con ilustraciones de Olga Sacharoff, Josep Amat y Emili Grau Sala, inexplicablemente no tuvo la recepción que merecía, cayó pronto en el olvido y hoy no es sino una joya para bibliófilos y coleccionistas. Sin embargo, no es inferior en calidad a la traducción de Joan Vernet —que escribe el prólogo—, puesto que sigue idénticas pautas de traducción filológica y denota al mismo tiempo una generosa actitud didáctica, plasmada en impecables notas aclarativas para que el lector sitúe en todo momento las referencias históricas, sociales y religiosas del texto. Sus autores, que fueron docentes de árabe en el Departamento de Filología Semítica de la Universidad de Barcelona, destacaron por una fecunda y sólida labor traductora. Leonor Martínez (1930–2013) se especializó en la traducción de poesía árabe moderna y publicó en 1972 la celebrada Antología de poesía árabe contemporánea, una aportación esencial en castellano al estudio de la poesía árabe del siglo XX. Juan Antonio Gutiérrez–Larraya (1922–2012), hijo del célebre director de fotografía Federico Gutiérrez–Larraya, fue un traductor más ecléctico, autor además de todo tipo de publicaciones sobre el Islam, la gramática árabe o el antiguo Egipto, responsable incluso de la versión castellana de Lawrence y los árabes, de Robert Graves. Interesado por la literatura de ficción árabe, en 1970 ya publicó la traducción de una selección de cuarenta cuentos de Las mil y una noches, que tituló El ladrón de Bagdad.

En esta bella traducción de las Noches, basada exclusivamente en los cuentos de la edición egipcia de Bulaq, Martínez y Gutiérrez–Larraya no se atienen a los imperativos de la tradición ni a las leyes del mercado, sino tan solo a la coherencia y a la fidelidad al original; así, no incorporan cuentos de origen más que dudoso, como los célebres Alí Babá y los cuarenta ladrones o Aladino y la lámpara maravillosa que Galland inmortalizó en su traducción francesa. Por todo ello, es motivo de celebración que Atalanta Ediciones rescate ahora y ponga de nuevo en circulación esta pulcra y esmerada versión castellana del magnífico y apasionante laberinto de ficciones de Las mil y una noches. Las mismas que salvaron la vida de Sahrazad.


Barcelona, agosto de 2014