Quemain charla con Octavio Paz: "La prensa, con mente esquizofrénica"

El periodista cultural, crítico literario, docente y psicoanalista Miguel Ángel Quemain relata algunas de las experiencias y desencuentros que vivió de la mano de nuestro Premio Nobel.

Ciudad de México

La brújula y el laberinto. Encuentros con Octavio Paz (Instituto Literario de Veracruz, 2015) recupera una década de conversaciones con el único premio Nobel de Literatura mexicano; pero a diferencia de otros libros similares, aquí se descubre a un hombre que desconfiaba abiertamente de los periodistas, así como sus razones para hacerlo. Al paso de las charlas y los años, logró hacer de su entrevistador, un joven periodista, un confidente, "un hombro sobre el cual se quejaba de México".

A propósito del escrito, Miguel Ángel Quemain relata que al asignársele la tarea de entrevistar a Paz recibió una gran lección que le enseñó a vencer muchos prejuicios y lo educó periodísticamente en el sentido de poder elaborar un trabajo a partir de alguien a quien se le tiene una antipatía natural.

¿En qué se diferencia tu libro de charlas con Paz de los otros que existen?

Los libros de conversaciones con Paz han sido muy atomizados y efímeros, la diferencia de éste con ellos son las circunstancias en las que se realizó, pues tuve un acercamiento que él permitió, creo, porque yo conocía su obra y porque no tenía una actitud reverencial con él, sino una beligerante, de cuestionarlo y de no traicionar sus palabras. Y también por la fuerza de la costumbre, le llamé diariamente durante un año. Sin concederme una entrevista, yo podría haber puesto, como muchos colegas, un "chupón" en el teléfono y grabarlo, pero no lo hice porque era el prólogo a una entrevista.

Finalmente le dio su confianza a un joven reportero que podía conversar con él. Creo que él mismo no estaba viendo si se trataba de una conversación o si estaban sus palabras en pos de una especie de trascendencia, pero pienso que la cercanía con un periodista cultural le fue importante. Él accede a conversar con alguien que se convierte en el hombro sobre el cual se quejaba de México.

¿Cómo fue el primer acercamiento que tuviste con él?

Armando Ramírez, mi jefe de información entnonces, me dijo: "Debemos de conseguir una entrevista con Octavio Paz". Yo le respondí "¿con Paz?", dijo "Sí, hay que entrevistarlo, creo que le van a dar el Nobel pronto". "¿Por qué me la encargas a mí? —le reproché—, si en el noticiero hay varios fans suyos". Yo tenía una imagen del poeta —en esa circunstancia de los años ochenta—, de alguien cercano al poder, con una visión priista; sin embargo, con un gran poder intelectual y con una gran visión que a mucha gente en la sociedad mexicana le incomodaba, como la bienvenida que le da a Carlos Salinas como presidente en el 88. Cuando uno es joven tiene muchos prejuicios.

A un periodista no le puede caer gordo alguien, no puede negarse a entrevistar a alguien, uno tiene que aprender que tiene que entrevistar a todos; y para mí, Armando ha sido un maestro porque de algún modo me enseñó a vencer muchos de mis prejuicios. Me dijo: "Entrevista a Paz como un desafío", porque todo el tiempo cuestionaba sus dichos, no me gustaba su figura pública, y creo que lo hizo para educarme, para tener un gran reto con alguien importante y tratar de elaborar un buen trabajo periodístico a partir de una antipatía natural hacia él en ese momento. Pero al final descubrí una gran figura detrás, a un gran hombre generoso.

¿Cómo era la relación que tenía Paz con los periodistas?

Era de mucho control, había que mandarle el cuestionario y él decidía qué preguntas, agregaba otras y luego revisaba las respuestas, pedía la transcripción y meterse con él era muy difícil, te arriesgabas demasiado. Una llamada suya al director de tu periódico y estabas fuera. Yo le pedí... lo hice que recapacitara en que estaba frente a un periodista, no a un empleado o un súbdito.

Quizás él tenía mejores preguntas que yo para sí mismo, pero yo tenía otras que él no se había formulado y que creo que él debía escuchar. Él me decía, muy inteligente, que no era por mí, sino por él, que podía decir muchas tonterías. ¡Claro que no! Él decía: "Hágalo por mí, no por usted, yo confío en usted, pero no en mí". Yo le respondía: "Bueno, eso es retórica, realmente usted no confía en usted ni en mí, ni en mi medio ni nada, porque yo entrego mi trabajo y lo cabecean de otra manera o lo ponen en la página última o lo cortan, son cosas que como reportero uno no controla". Pero bueno, aceptó el diálogo finalmente.

¿Cuál era la opinión de Paz frente a la figura del entrevistador?

Él decía que los entrevistadores se ponían más importantes que el entrevistado, que eran groseros, arrogantes y creían saber más, que creían tener la respuesta a sus propias preguntas. Lo malhumoraba la falta de preparación y el desconocimiento que éstos tenían sobre los temas que querían tratar. Si uno le pregunta a alguien ¿por qué escribe? ¡Eso no es una pregunta! es una especie de curiosidad, y desgraciadamente esas preguntas son las que se suelen hacer normalmente, pero esas no son entrevistas, ¡son preguntas de nada! Recuerdo un encuentro que tuvimos en la librería francesa varios compañeros de la fuente.

Paz, creo, venía con dos o tres copas encima y se sentó a platicar con nosotros. Al final me quedé con él y me dijo que todo le había parecido muy padre, muy generoso. Al día siguiente lo que cabeceó la prensa fue totalmente lo contrario de lo que él comentó, como si la gente hubiera escuchado a otra persona. Entonces me dijo: "¿Ya ve?, ¿son sus colegas, sus amigos? ¡Todos tenían una grabadora, todos grabaron lo mismo y todos publican cosas distintas! ¡Es una mente esquizofrénica la de la prensa! Por eso desconfío mucho de esos encuentros tan fugaces, tan fortuitos que no dejan nada bueno". Esa era su visión.

¿Qué te decía el poeta respecto a la prensa nacional?

Paz veía a la prensa cultural mexicana con mucho aprecio, porque este tipo de periodismo, el de a diario como el que tenemos, no existía ni en Europa ni en Estados Unidos. La consideraba muy rica pero que aún le faltaba mucho. El periodismo del que se queja es el mercantil, el que le paga mal a los periodistas, que contrata sin importar la capacidad ni experiencia, que los tiene en las peores condiciones y que no les exige nada más que horas de trabajo en la redacción. Ese periodismo que es poco serio en general.

Creo que Paz era un periodista, estaba muy claro en sus textos y su acercamiento era el de un hombre que sabía de su grandeza, pero que se acercaba a las cosas con una enorme humildad. Digo, no entrevistaba como nosotros ni hacía notas informativas, ni nada de eso, pero era un editor, valoraba los textos, las novedades, eso es un periodista también, como pasa con un editor que recibe los boletines, las llamadas, las invitaciones y decide qué hacer.

¿Qué diferencia a Paz de las demás figuras que has entrevistado?

Con Paz encontré el sentido de mi trabajo posterior, fue la primera vez que me enfrenté a una entrevista tan larga con alguien sobre su obra, pensando en que la lectura de ésta me podía arrojar líneas distintas de cada libro tratado a partir de una conversación. También que el proyecto de cercanía era infinito para mí, en el sentido de que era una conversación que podía continuarse sin término, que no tenía un número determinado de cuartillas o de caracteres, sino que podía continuar y continuar y continuar. Claro, como decimos los periodistas, Paz era mi cliente: si se moría alguien o pasaba algo yo le preguntaba qué pensaba. Ya hubo un momento, después de cuatro, cinco años, en el que él me permitía mucha cercanía, pero también tenía la confianza de mandarme groseramente a volar: "¡Quítese de aquí, váyase! ¿Por qué me persigue? ¡No quiero volver a verlo!".

Yo me volvía a acercar y me decía "Oiga, me sacó de mis casillas el otro día, discúlpeme, usted es muy insistente, lo ve venir uno y ya sabe que va a sacar la grabadora". Y yo creo que uno debe ser así. Creo que este libro, más que un logro personal, es un logro para el periodismo en México, en el sentido de que hay una responsabilidad de conversar con grandes figuras desde un horizonte comprensivo, que siempre está cuestionado por un prejuicio, que tiene mucho de cierto en el sentido de que los periodistas culturales no preparan las cosas, preguntan cualquier tontería y sacan de quicio a alguien que quiere conversar.