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Lunes , 22.10.2018 / 07:42 Hoy

Miénteme una eternidad

Toscanadas


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En Siete paseos por los bosques narrativos, Umberto Eco escribe: “Habiendo tenido yo la experiencia de haber escrito dos novelas que han conseguido algunos millones de lectores, me he dado cuenta de un fenómeno extraordinario. Hasta algunas decenas de miles de ejemplares se encuentran, por lo general, lectores que conocen perfectamente el pacto ficcional. Después, y sin lugar a dudas más allá del primer millón de ejemplares, se entra en una tierra de nadie donde no está escrito que los lectores estén al corriente del pacto”.

Entonces habla sobre su personaje Casaubon de El péndulo de Foucault, que recorre ciertas calles de París en tal y cual fecha. Un lector le escribe para señalarle que esa noche hubo un incendio en la Rue Réaumur y resultaría imposible que Casaubon no lo hubiese notado.

La anécdota es simpática y algunos escritores quedamos más bien pasmados y celosos por esa naturalidad con la que habla de sus millones de lectores, pero no sirve para ilustrar el pacto ficcional, que más tiene que ver con una lógica, armonía y coherencia que haga bailar al mismo ritmo la imaginación del lector y del escritor que con un dato erróneo u omiso. Tiene que ver con las artes seductoras del autor, de tal modo que el lector le diga: “Mas si das a mi vivir la dicha con tu relato fingido, miénteme una eternidad, que me hace tu ficción feliz”. Es la maravillosa fantasía de una noche donde todo fue un engaño menos el placer y el recuerdo del placer. Por eso Pedro Páramo no se demerita con la aparición de cafiaspirinas en una época en que éstas no existían. El prieto en el arroz no le resta delicia a una buena paella.

Eco era un investigador meticuloso y, de haberse dado cuenta del incendio, lo habría incluido en su narración, o bien, si éste resultara impertinente para la historia, habría hecho caminar a su personaje por otras calles.

Una novela es un trabajo artístico, pero también intelectual. Si se visita la casa de un escritor estricto mientras trabaja una novela histórica, hallará un revoltijo de libros, mapas, periódicos, revistas y documentos de la época en el proceso de saber todo lo que se debe saber para construir la tal novela. Pocas cosas le causarán tanto desagrado al autor como ser pillado en un error luego de publicarla.

Al final, entre más ficticia sea una obra, más verdadera resultará; y entre más se procure dar detalles, más se irá cayendo en inexactitudes. Por eso La metamorfosis es completamente verdadera. Ocioso resultaría tratar de demostrar que ante el peso del enorme bicho los ariolos no le servirían para adherirse a las paredes y caminar por ellas.

En cambio, los múltiples pormenores que nos da Victor Hugo sobre el París de 1842 están ahí para que los escrute un cazaerrores, con la absurda ocasión de encontrar quién era el verdadero campanero o el archidiácono de Notre Dame en aquellos días. Cosa que no estaría mal, pues también la lectura ha de ser una labor artística e intelectual. Bienvenidos sean los lectores que aman las minucias.

Al final de cuentas, por las meras particularidades del oficio, un novelista miente menos que un historiador; y así las cosas, en una librería habrá que invertir los rótulos de ficción y no ficción.

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