La íntima interacción del microteatro

En Teatro a la carta sientes el dolor del actor, invades el medio de la escena e incluso de manera incidental, puedes ser parte de una obra que desnuda tabús.
Actor estelar de 'Pecado Sacerdotal'.
Actor estelar de 'Pecado Sacerdotal'. (Erik Vargas)

Tampico

En un caluroso cuarto a media luz hay un camastro donde yace una chica en un vestido negro, a unos metros una mesita de té y otra con una radio vieja.

El piso tiembla en cada paso del actor que rodea las sillas repartidas en las partes del cuarto que no son escenario, de repente voltea hacia una espectadora, la mira fijamente y le inquiere “¿eso es lo que querías?”.

El microteatro emite eso, encarar al público, que sienta la tensión, que vibre con los gritos, con los llantos, y el teatro a la carta permite que esa experiencia se diversifique en las magnitudes y matices de cada historia, que sienta de cerca la identidad de los personajes que se arrastran y respiran a un metro del espectador.

Permite que en un día veas cinco historias diferentes que hablan de las tribulaciones del sexo, de los temas tabú que quitan los portes de las fi guras representativas como la madre, el sacerdote, la represión sexual, el erotismo. 

Desde antes de iniciar mi recorrido espero en el jardín de la vieja casa de la esquina de Sor Juana Inés de la Cruz y Emilio Carranza.

En medio de los silencios de la espera, los cuchicheos y las luces de  celular se escucha el grito desgarrador de una mujer, minutos más tarde un llanto que suena a locura y un sonido de órgano, más otro grito femenino.

Algunos del primer grupo se reservan un par de obras.

Los actores y equipo de producción camina entre cuarto y cuarto antecediendo al público.

Poco después de las 9 llego el primer cuarto-escenario de la Casa Gándara para tomar un sitio en una recámara donde un hombre atribulado contrata a una prostituto; 15 minutos después bajo y me dirijo al sótano mientras una chica dice “ay, a esa no entro”: ese cuarto está decoradoaccidentalmente con tuberías viejas que asume una vieja capilla de pueblo que desencadena la historia de un sacerdote de edad adulta afl igido.

Otra vez al segundo piso, otro cuarto con un hombre y su casi monólogo con un espejo; un consultorio médico con una doctora joven y sus constantes cigarros y actitud de desdén y una señora madura, la ama de casa chacotera y su desconcierto. Al fi nal otro consultorio que huele a sexo. 

Las actores emiten realmente la identidad del personaje en los pocos minutos que lo visten cada historia, y estas, sobrecargadas de drama tocan fibras sociales tan sensibles con sus situaciones ficticias cargadas de realidad.

Aun me faltaron las otras cinco obras del menú pero aún quedan los próximos viernes y sábados que restan de julio y uno de agosto.

Difícilmente el teatro a la carta de Carlos Rodríguez se quedará en una sola temporada.