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Jueves , 20.09.2018 / 16:13 Hoy

Mi violín por tu libro

Vibraciones

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Igor Stravinsky (1882–1971) vivía tiempos tristes cuando en 1917 escribió La historia de un soldado. Tras el estreno del ballet La consagración de la primavera (1913), que lo convirtió en estandarte de la vanguardia musical francesa, huyó de su querido París a causa de la Primera Guerra Mundial. Dejó a sus amigos. Se exilió en Lausanne. Ahí recibió la noticia de las muertes de su nana, Berthe, y su hermano. Estaba solo y ansioso, sin energía para pensar en música. Además, no tenía dinero (el triunfo de la revolución comunista en su natal Rusia lo privó de las regalías de sus obras que le correspondían de acuerdo con las leyes anteriores). En sus apuntes autobiográficos, Crónicas sobre mi vida (1935), escribió: “Fue la época más dura de mi vida […], me encontraba ante la nada, en un país extranjero”.

Pero los artistas suizos fueron muy amables con él. Lo visitaban y le obsequiaban quesos, coñac y flores. Uno de ellos, el escritor Charles Ferdinand Ramuz (1878–1947), le propuso crear juntos una pieza escénica y sacarla de gira en un teatrito ambulante para recaudar fondos.

Basado en cuentos populares rusos de la antología de A.N. Afanásiev (1826–1871), Ramuz escribió (en francés) un libreto en verso para narrador, dos actores y bailarina sobre un soldado (Juan) que le vende su alma, representada en un maltrecho violín, al Diablo (disfrazado de viejo con una red de mariposas en la mano) a cambio de un libro que lo hará rico. Pero el soldado no sabe leer y el Diablo no sabe tocar el violín. Así que deciden pasar tres días juntos para darse clases. Esos tres días son en realidad tres años. Cuando el soldado regresa a casa, la madre lo desconoce y su antigua novia está casada, con hijos. El soldado vaga de pueblo en pueblo; gracias al libro mágico se hace comerciante y gana mucho dinero. Sin embargo, es un hombre miserable. Desesperado por recuperar su identidad, reta al Diablo a un juego de cartas. Pierde. Pero emborracha a su rival y le roba el querido violín maltrecho que había cambiado por el libro. Toca en su violín una canción dulce y la música salva de la muerte a la frágil princesa (personaje mudo interpretado por la bailarina) de un reino lejano y se casa con ella. Como el amor del soldado es verdadero, el Diablo no puede hacerle nada… a menos que abandone el reino. El soldado es feliz, pero a veces lo atormenta la sensación de orfandad. Una noche decide ir en busca de su madre. El Diablo lo descubre y condena al infierno. Al final de la historia, el narrador ofrece una moraleja: “No se puede tener lo de hoy y lo de ayer. No se puede ser quien se ha sido y quien se es a la vez. Hay que escoger. La felicidad ha de ser una. No puedes tener el sol y la luna”.

Para orquestar la obra, Stravinsky estaba limitado a los pocos instrumentos que tenía a su disposición: violín, contrabajo, fagot, corneta (que actualmente suele interpretar una trompeta), trombón, clarinete y percusión (pandereta, bombo, platillos y triángulo). Inusual septeto que llenó su fantasía de jazz y de circo. A cada instrumento le escribió raros pasajes solistas: de pasmosa complejidad técnica pero con un aspecto simple y bailable. Es música de ejecución difícil que suena a un sábado en la feria. Exigentes polimetrías, disonancias y cortantes contrapuntos que desembocan en tangos, pasodobles y ragtimes.

Conforme el final de la historia se acerca, los sonidos le ganan terreno a las palabras. Se enrarecen. Comienzan a sonar ásperos y violentos. Mientras la narración literaria apunta hacia la consagración de la felicidad del soldado, la narración musical predice su inminente tragedia. Entierra la emoción romántica. Rechaza el entusiasmo de los versos. Adopta ambientes rígidos y hostiles que preparan el fatal terreno para que el protagonista arda en el infierno.

En la portada de la partitura, Stravinsky escribió: “Obra de cámara para ser leída, tocada y danzada”. También especificó que los instrumentos deben tener una función escénica; es decir: el espectador debe ver el movimiento físico de quienes los tocan. Por ello pide que la pequeña orquesta ocupe un espacio al lado del escenario (“La visión del gesto y del movimiento de cada parte del cuerpo que produce esta música constituye una necesidad esencial para llegar a asimilarla en toda su extensión”).

La historia de un soldado se estrenó el 29 de septiembre de 1918 en Lausanne y no se volvió a interpretar (por falta de dinero, porque la mayor parte de los teatros europeos estaban destruidos y porque la gripe española enfermó a varios de los músicos involucrados) hasta 1924.

La historia de un soldado, que se presentará en Instrumenta Oaxaca 2015, es una rara obra escénica que marca el fin de la “época rusa” de Igor Stravinsky

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