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Viernes , 25.05.2018 / 10:52 Hoy

Mi gran noche

Una serie dedicada a reflexionar sobre el significado del 68 mexicano con cinco evocaciones de escritores nacidos ese año, cinco momentos que invocan la memoria familiar y la experiencia personal 


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Iván Ríos Gascón

A las 5:00 AM de aquel viernes supongo que buena parte de la Ciudad de México se desperezaba con la cadencia de “Mi gran noche”, de Raphael, pues a lo largo de tres meses el divo de Linares acaparó las frecuencias radiales según registros del Núcleo RadioMil, aunque el gusto le duró muy poco. A partir de julio, las orejas de los capitalinos prefirieron a Paul Muriat, a Gary Puckett & The Union Gap, a Johnny Dynamo y Los Leos, a los Bee Gees y los Beatles: el sencillo “Hey Jude” y el Álbum Blanco, uno de mis discos favoritos, se publicaron en el tumultuoso 1968 en que nací. Ah, el Álbum Blanco… la pieza perfecta con “Back in the U.S.S.R.” (escrita quizá solo para alebrestar a Chuck Berry), “Dear Prudence” (homenaje a la ascética hermana de Mia Farrow, que se entregó a la meditación perpetua), “Revolution” (recuerdo del Mayo francés),“Blackbird” (con el piar de aves grabadas en Abbey Road), “Sexy Sadie” (que no, no se inspiró en una chica mala sino en el Maharishi Mahesh Yogi, así de clavado estaba Lennon con su gurú), “Helter Skelter” (la rola que, cuenta la leyenda, retuerce más las psiques que crecen chuecas como un árbol, digamos la del tal Charles Manson y su family), “Honey Pie” (el flapper ideal para explicarle a la nena de tus sueños que no es que no la quieras, solo que eres perezoso), “Revolution 9” (el alarde experimental de John Lennon instigado por Yoko Ono, su fatídica lady Macbeth) y, en fin, todos los tracks de esa producción perfecta aunque, les decía, cuando caí a la Tierra muchos mexicanos tarareaban “Mi gran noche”, francamente no recuerdo si mi noche también fue lo mismo de grandiosa, lo más seguro es que haya sido todo lo contrario, dicen que no hay peor frustración que la de ser defenestrado del vientre materno, ese limbo protector que me mantuvo a salvo de los horrores de Vietnam (¿recuerdan la matanza que los Marines cometieron en May Lai el 16 de marzo?), las urdimbres que el individuo que despachaba en Palacio Nacional preparaba contra el Consejo Nacional de Huelga y el asesinato de Martin Luther King y el de Robert Kennedy, las pruebas atómicas de Nevada u otra cosa aún más horrorosa: el inicio del programa En familia con Chabelo.

A las 5:00 AM de ese viernes del 68, una Ciudad de México muchísimo menos poblada se hallaba en rediseño. La Olimpiada, obsesión del individuo que despachaba en Palacio Nacional porque México estaría en la mira del planeta, precipitó la creación de la Villa Olímpica al sur de la metrópoli; el Velódromo; la Alberca Olímpica Francisco Márquez; el Palacio de los Deportes (que pocos recuerdan que se llama Juan Escutia y, en cambio, le conocen más como el Palacio de los Rebotes); la Sala de Armas de la Magdalena Mixhuca, también llamada como uno de los cadetes del Heroico Colegio Militar, Fernando Montes de Oca: curiosa inspiración patriótica la de estos recintos en un año cuyo octubre lo encasilló en la historia como el de luto patrio, y curiosa circunstancia la de ese amanecer de mi gran noche: nací en un hospital de Tlatelolco, poco menos de cuatro meses antes de la masacre en la Plaza de las Tres Culturas, un día simbólico por tres asuntos que habrían hecho enloquecer a John Lennon por su manía numerológica y su necedad supersticiosa. Caí a la Tierra el mismo día en que aterrizó Yasunari Kawabata, solo que él lo hizo en Ozaka en 1899, y adivinen quién fue el Premio Nobel de 1968. ¡Bingo!... Yasunari Kawabata. El día que caí a la Tierra murió el poeta italiano Salvatore Quasimodo, sí, el Premio Nobel 1959, y una más: Jorge Luis Borges zarpó hacia otras aguas el mismo día que Quasimodo solo que en 1986 (Borges nació en 1899, el mismo año que Kawabata).

1968 y sus películas emblemáticas. Mientras en México Carlos Enrique Taboada filmaba una decorosa cinta de terror, Hasta el viento tiene miedo, y se rodaban churros como Cuatro contra el crimen (dirigida por Sergio Véjar y escrita por Gabriel García Márquez) o bodriazos tipo Santo contra Capulina (bajo el mando de René Cardona), Stanley Kubrick hacía 2001: Odisea del espacio; François Truffaut dirigía Besos robados; Franklyn J. Schaffner, El planeta de los simios; George A. Romero, La noche de los muertos vivientes; Michael Anderson, Las sandalias del pescador; el cubano Tomás Gutiérrez Alea, Memorias del subdesarrollo; Roman Polanski, El bebé de Rosemary; Pier Paolo Pasolini, Teorema; Carol Reed, Oliver; William Wyler, Funny Girl, películas que quizá se vieron en el Metropolitan, el Ópera, el Teresa, El Paseo, no lo sé de cierto porque ya les dije que a las 5:00 AM caí a la Tierra cuando seguramente Lennon, McCartney, Harrison y Starr trabajaban noche y día para dar a luz el Álbum Blanco. (¿Será por eso que en todos mis cuentos y novelas hay canciones de los Beatles?... Eso importa poco porque en 1968 también nacieron otros músicos presentes en mis cuentos y novelas: Sarah McLachlan; Damon Albarn de Blur, de Gorillaz, de The Good, The Bad & The Queen; James Iha y D’arcy Elizabeth Wretzky de The Smashing Pumpkins; Kylie Minogue).

En junio del 68 Raphael era famoso por su estribillo “Qué pasará, qué misterio habrá/ Puede ser mi gran noche/ Y al despertar ya mi vida sabrá algo que no conoce”.

Y yo nada sabía ni nada conocía ese viernes a las 5:00 AM de mi primer sollozo.

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