La compleja figura paterna: Matar al padre, matar a un dios...

Entre el bíblico Abraham, dispuesto a sacrificar a su hijo en nombre de Dios, y el futbolista Messi, confesando haber sido engañado por su progenitor

Todos los dioses son mortales sobre la Tierra. Ello sugirió días atrás el alma humana, en la infinitud misteriosa que escoge para hacer sus revelaciones. Fue hace dos semanas, cuando los medios del mundo reprodujeron la imagen de Lionel Messi antes de sentarse al banquillo de los acusados; barbilla contra el cuello, mirada hacia el piso, sin que nada pudiera hacer la armadura de su saco, la perfecta costura cayendo sobre la unión de la clavícula y el hueso del hombro.

El astro argentino del futbol, estrella del Barcelona, era esperado por más de 200 periodistas de todo el mundo en su ingreso al juzgado barcelonés, para declarar en el juicio por evasión al fisco español de 4.1 millones de euros entre 2007 y 2009. Idolatrado en el campo de juego, debió escuchar gritos de bronca afuera. “¡Vete a jugar a Panamá! ¡Devuelve la plata!”, le espetó uno de los presentes.

Quince minutos después de su ingreso, Messi declaraba: “Confiaba en mi papá, jamás me pasó por la cabeza que me podía engañar”. Fue una de las frases más extensas del astro del Barça, bien conocido por su economía de palabras, en su declaración para eludir la prisión.

Quizás jamás se conozca la trastienda del origen de esa frase, si fue espontánea, premeditada o aconsejada por sus abogados y su mismo padre, en un intento por rescatar al hijo. Es probable que se tratara de una declaración inocente, realizada por un joven que debió luchar contra su propio cuerpo para poder alcanzar su máximo y único sueño, jugar al futbol. A los 9 años, cuando llegó al consultorio del endocrinólogo argentino Diego Schwarzstein, Messi medía un metro 27 centímetros a causa de “un déficit parcial de la hormona del crecimiento”. La enfermedad ponía en riesgo su aspiración de ser un futbolista. “Quédate tranquilo, un día vas a ser más alto que Maradona, no sé si mejor pero sí más alto”, prometió el médico oriundo de la ciudad de Rosario, donde también nació la leyenda del futbol argentino y mundial.

La alianza con su hijo se remonta a esos años, cuando Jorge Messi, un obrero metalúrgico, se propuso ayudarlo a alcanzar aquella meta. Era consciente de que con su salario jamás iba a poder pagar el costoso tratamiento que podía salvar el sueño de Lionel de quedarse apenas como una ilusión que no fue. El FC de Barcelona, se sabe, fue quien quiso asumir el costo de ese tratamiento, que permitió que Messi mida hoy 1.69 centímetros y sea, tal la promesa, más alto que Maradona. En esos tiempos de incertidumbres, su padre estaba junto a él.

En las infinitas formas que el destino tiene de ostentar su sarcasmo, un día después de ese hecho murió otro astro indiscutido del deporte, Muhammad Ali, santificado y entronizado muchos años después de su mayor rebelión: ser desertor, negar su tierra para afirmar su ser. Al igual que Messi, conoció en una misma vida ser Satán y también Dios. No tuvo reparos en eludir su condena a prisión por negarse a combatir en Vietnam. Aunque tardíamente, ello le valió ser inspiración de muchos, como demostraron tras su deceso las crónicas y semblanzas del periodismo que, en su afán por producir historias y leyendas, redimieron al líder.

“No iré a tirar bombas en Vietnam mientras a los ‘negros’ de mi tierra los tratan como a perros. El verdadero enemigo de mi gente —dijo unos días más tarde— está aquí. No traicionaré a mi religión, a mi gente ni a mí mismo convirtiéndome en un juguete para esclavizar a quienes luchan por justicia, libertad e igualdad. ¿Y si voy preso qué? Ya estamos presos desde hace 400 años”, declaró.

La mayoría de las pasiones de los hombres, cuando son urgentes, se vuelven difíciles de apagar. Por eso no sorprendió a su entorno que, aun cuando todos sus órganos habían fallado, el corazón de Ali hubiera conservado sus latidos, según contó su hija Hana en un emotivo mensaje de Twitter.

En aquellas 24 horas —del descenso de la estrella del futbol desde el podio romano al súmmum de los pobres, al deceso del astro del box—, la Historia volvió a contarnos con redundancia inagotable, como si el hastío no la empañara a la hora de narrarnos, que todos los actos humanos fueron ya imaginados y escritos mucho antes de la era cristiana. También, la necesidad atávica del hombre por la existencia de un Dios, un padre a quien seguir, y la facilidad con que puede derribarlo.

Porque a lo largo de los siglos, antes y después de Sófocles y su Edipo Rey, la literatura ha contado cómo la figura del padre ha sido el punto de partida para la búsqueda de la liberación y la autoafirmación en el mundo.

Es curioso que Abraham sea, para las religiones judía, cristiana e islámica, el primero de los patriarcas del pueblo de Israel y del pueblo árabe, “padre de muchos pueblos”, según el significado de su nombre, de acuerdo al relato del Génesis (11:26 a 25:18), quien no dudó en sacrificar a su primogénito Isaac cuando el Señor se lo pidió como prueba de fe. Fue un ángel quien impidió que Abraham cometiera ese sacrificio, al detener su mano contra el niño. “Ahora conozco que eres temeroso de Dios”, le dijo.

En Sara, reciente y poderosa novela del escritor nicaragüense Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), el relato bíblico se vuelve ficción dentro de la ficción, mientras el autor cuestiona el dogma de fe, la Historia y el misterio mismo que entrelaza los vínculos patriarcales. Acaso por ello se muestre a Sara, esposa de Abraham, como insumisa, contestataria del poder, del que osa reírse con descaro. En la novela es ella, y no el ángel del relato bíblico, quien rescata a su hijo Isaac de las manos de su padre, dispuesto a sacrificarlo. El amor femenino que se impone para dejar de estar por detrás, sumiso, para hacer contrapeso. Por esa novela, el autor nicaragüense obtuvo en febrero último el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Idioma Español. Se trata de una novela en habla hispana que aborda la figura del padre como fundante de la identidad.

Fue Kafka, y su Carta al padre, quien tal vez expresó con mayor desgarro el peso de ese vínculo. “Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente por el miedo que te tengo (…) Y si intento aquí responderte por escrito, solo será de un modo muy imperfecto, porque el miedo y sus secuelas me disminuyen frente a ti, incluso escribiendo”, apuntó.

En el cuento “La mortaja”, del español Miguel Delibes, el pequeño Senderines, tan pequeño, debe vestir al gigante de su padre. Pedir ayuda no solo le confirma su debilidad, también su soledad.

El francés Jean Paul Sartre, en La invención de la soledad, reflexiona sobre el papel de la orfandad y la memoria, mientras que el estadunidense Philip Roth en Patrimonio, decide poner la memoria al servicio de la celebración de la vida, con todo el dramatismo de las ilusiones sin materializar.

En Mi oído en su corazón, del inglés Hanif Kureishi, el protagonista tiene en su poder el manuscrito inconcluso de su padre, un novelista vocacional por quien los editores jamás mostraron interés, y así la revancha que es cobrada para el hijo se vuelve testimonio de vida.

Una reivindicación semejante a la del argentino Guillermo Saccomanno en El buen dolor, cuyo padre, ávido lector y también escritor callado, atraviesa esa novela corta que demuestra la potencia literaria que puede adquirir lo confesional. Sin protectores, Saccomanno decidió encaminar la memoria desde los ojos de la infancia, que miraban a la clase media trabajadora argentina siempre amenazada por la pobreza, ahí donde su padre trataba de ser un sobreviviente desde la literatura.

“Puedo escribir un cuento sobre un pibe que entra por primera vez a la villa (slum, favela). Sé hacerlo. Pero, ¿cuándo escribir sobre la historia de uno?”, declaró entonces.

Quizás porque las relaciones con la fe sean de orden personal e intransferible es que necesitamos un Dios —un padre— tan poderoso como falible. Para poder entronizarlo, pero también derribarlo. Un dios mundano y cercano, posible de ser asido, capaz de ser tan mortal como nosotros. 

RECUADRO

Sergio Ramírez y su último acto de obediencia

En el destino del escritor Sergio Ramírez jamás se había consignado que fuera escritor. No en aquél que había prefijado su padre. “Yo era un estudiante de Derecho por designio de él y tenía claro que no me interesaba ejercer la profesión. Mi padre era de una familia muy pobre y numerosa. Tenía tíos músicos que tenían una banda. Su convicción era que yo no podía ser músico y tampoco escritor, porque eso era condenarse a la pobreza. Yo de niño oía que iba a ser abogado y me parecía lo normal. Una vez le dije a mi padre que quería estudiar Periodismo en Chile y me dijo ‘eso no es ninguna profesión’. Así que fui a León a hacerme abogado”, dijo Ramírez a MILENIO. Fue cuando el escritor visitó México para participar de la Feria del Libro de Azcapotzalco. Y rememoró cómo la figura de su padre fue germen impensado de su desembarco en la literatura y su ser político.

Antes de ser vicepresidente de Nicaragua (1984-1990), Ramírez fue un estudiante que se dio cuenta que no tenía la afinidad que su familia tenía con la figura del dictador Somoza, que es necesario poner en contexto: “Somoza había llegado en nombre del partido liberal, con un fuerte rechazo a los conservadores. Yo crecí en ese ambiente que creía que Somoza estaba ahí porque tenía que estar”. Él fue el primero de su familia en advertir la equivocación. “De aquél mundo me despegué cuando fui a León para estudiar Derecho, donde la situación era totalmente distinta, la izquierda dominaba la universidad”, recordó.

Su “último acto de obediencia” fue en 1959. “El ejército de Somoza disparó contra una manifestación donde yo estaba, que dejó cuatro muertos y decenas de heridos. Mi padre me ordenó volver a casa y yo le hice caso, pero al cuarto día regresé a León”.

Tras escribir su primer libro de cuentos para una revista de la universidad, a los 20 años, sintió la necesidad de llevárselo a su padre. Tenía miedo. “Yo creí que me iba a decir ‘yo no te envié a León a escribir cuentos’. Pero lo recibió: ‘ahora tienes que escribir una novela’, me dijo”. Ese, en perspectiva, surge como un gran mandato. “Cuando se piensan las cosas hay que seguirlas”, me enseñó.