La mesa de Eusebio Ruvalcaba

Y yo vi sus manos chicas y anchas, de huesos chuecos, tan ajenas a un piano, tan extraviadas en un violín, tan reales y salvajes.
El centro de Tlalpan, dentro de mí, está lleno de recuerdos de Eusebio Ruvalcaba.
El centro de Tlalpan, dentro de mí, está lleno de recuerdos de Eusebio Ruvalcaba. (Ilustración: Luis M. Morales)

México

A la memoria de un hermoso melómano maldito.

El centro de Tlalpan, dentro de mí, está lleno de recuerdos de Eusebio Ruvalcaba. Avanzo por Allende y algo se mueve, arriba a la izquierda, en la torre de vigilancia de la prisión para menores de San Fernando: un gorrión que se ha instalado en el barandal; huye del sol.

Mediodía de un viernes. Doblo a la derecha en Madero y llego al Katsina, el café en el que —en la última mesa de la derecha, bajo la ventana que da a la calle— Eusebio Ruvalcaba escribía a mano mientras combinaba sorbitos a un capuchino chico con amplios tragos a la anforita metálica —llena de güisqui o tequila— que cargaba en la bolsa de su chamarra. Lo recuerdo lúgubre y encogido, con una pluma negra desechable aprisionada entre sus dedos demasiado pequeños.

La noche en que lo conocí, nos vimos en el Katsina, pero seguimos caminando por Madero hasta La Jalisciense y ahí, en esa sórdida cantina de piso ajedrezado que se ha vuelto tan cara, con mezcales sobre la mesa al lado del baño, me dijo que cuando era niño jugaba a estacionar cochecitos bajo el piano de su mamá y que la voz de su padre (Higinio Ruvalcaba, quizá el mejor violinista que ha tenido México) siempre lo hizo pensar en una avalancha.

Le pregunté sobre por qué nunca deseó crear música. Se puso de pie —cuerpo rechoncho; camisa de cuadros negros y rojos; jeans y chamarra de mezclilla— y dijo:

“Mírame, ¿qué instrumento podría quedar conmigo?”. Y yo vi sus manos chicas y anchas, de huesos chuecos, tan ajenas a un piano, tan extraviadas en un violín, tan reales y salvajes, y pensé: claro, no son manos de sonidos, sino de palabras. De brutales palabras; palabras sucias y musicales. Pidió ron. Hablamos sobre sus talleres de creación literaria en el Reclusorio Norte y sobre Brahms y sobre Mahler y sobre un libro suyo (“Al servicio de la música”) en donde imagina el dolor interminable que atormentó el corazón de Mussorgsky.

Salimos de madrugada. Llovía en el Centro de Tlalpan. Olía a eucalipto y a maíz tostado. Y todas esas cosas —Brahms y el agua, el eucalipto y sus manos anchas, el ron y el corazón de Mussorgsky— son cosas que, cuando vuelvo a estas formas, a estas callecitas, a estos paisajes, regresan a mí cargadas de nostalgia.

Entro al Katsina y me siento en su mesa: en la mesa de Eusebio Ruvalcaba. Le pido a la mesera —joven mujer de alegre mirada que también lo atendía a él— un capuchino chico y comienzo a escribir estas líneas. De mi chamarra saco una anforita metálica. Doy un trago. El güisqui me sabe amargo.