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Domingo , 19.08.2018 / 23:14 Hoy

Mercedes Monmany: “Aunque con distintos avatares, los europeos estamos unidos por la cultura”

A propósito de 'Por las fronteras de Europa', su nuevo libro, la crítica y ensayista española reflexiona sobre la literatura europea como enlace continental


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Mercedes Monmany (Barcelona, 1957) ha sido una viajera cultural irremediable. Crítica literaria en los principales diarios españoles, editora y traductora, Monmany se ha encargado por largos años en traer a España y a Hispanoamérica, por medio de la crítica y el periodismo, las obras provenientes de todos los rincones de Europa. Galaxia Gutenberg acaba de recopilar sus reseñas críticas bajo el título de Por las fronteras de Europa. Un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI, libro que por sí solo cohesiona al viejo continente a través de la vida espiritual y estética. A propósito de su próxima visita a la Ciudad de México, el 1 de septiembre en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia del INBA, conversamos con esta española sin fronteras.

Mercedes, el libro es la recopilación de tu obra crítica, tus ensayos, como dice Claudio Magris en la introducción, ¿qué son para ti estos dos géneros?

Yo me considero sobre todo una escritora y ensayista. También una historiadora de la literatura y, más en concreto, de la literatura comparada. El ensayo, la crítica literaria, de la que habla Claudio Magris, y que él ha practicado de forma tan ejemplar, parte en lo que respecta a mi lado biográfico, pues siempre he sido una lectora empedernida, dominada desde muy pronto por “ese vicio impune, la lectura”, como lo llamaba el francés Valéry Larbaud. Y siempre me ha gustado dar a conocer autores y obras para mí imprescindibles y también para intentar entender el mundo en que vivimos.

¿En qué momento comienzan a interesarte estas literaturas, sobre todo hablando de aquellas que son mucho más alejadas de España o Hispanoamérica?

Yo creo que los lectores, como también las personas en la vida, se distinguen en dos categorías: los que tienen curiosidad y los que carecen de ella. Para mí, los autores, las lecturas, han sido como eslabones, unos han tirado de otros. O como muñecas rusas: un escritor, una época o un periodo que me parecía interesante, me hacía dirigirme a otros más de ese mismo tiempo. En unas épocas leí fervorosamente a los grandes autores italianos de la segunda mitad del siglo XX (Calvino, Bassani, Buzzati, Lampedusa, Manganelli, Pasolini y otros), en otros periodos he leído más a franceses, españoles e hispanoamericanos. O literatura portuguesa, una de mis grandes pasiones. En el caso de Europa, siempre digo que el contenedor es infinito. Cuando empezaba a leer a un autor de un país, ya fueran noruegos maravillosos como Knut Hamsun o más actuales como Knell Askildsen, continuaba leyendo a los de sus países vecinos, como si se trataran de un sistema radial. En mi época de universidad empecé a leer con verdadero fanatismo a los grandes maestros austrohúngaros (Musil, Kraus, Joseph Roth, Schnitzler) y todos ellos me llevaron al Este y Centro de Europa, a Hungría, a Polonia.

Por las fronteras de Europa es un libro raro pero deslumbrante porque rastreas autores que pocas veces nos llegan al español, ¿ese era tu objetivo?

No quería perder de vista, en ningún momento, el espíritu del viaje. Uno sale de casa para conocer y la lectura es siempre un viaje. Físico o estático, pero un viaje. Y lo quería hacer a mi gusto, sin ninguna tiranía de líneas o espacio. Unir autores de obra extensa como Imre Kertész, Patrick Modiano, John Banville o Bashevis Singer, con autores en ocasiones de un maravilloso libro que los hizo célebres en su día, a veces una vez desaparecidos. Es el caso de Verde agua, de Marisa Madieri, esposa de Claudio Magris, fallecida prematuramente, pero también la impresionante despedida de un amor, ese pequeño libro de culto que es Déjame de la francesa Marcelle Sauvegeot, que murió a comienzos de los años 30, solo un mes después de verlo publicado. También hay un componente autobiográfico en ese atravesar fronteras: de pequeña yo vivía en Barcelona con mi familia y mi abuela francesa vivía al otro lado de la frontera. Durante generaciones habían sido dueños de agencias de aduanas. Nada más llegar al “otro lado” —y en aquella época se trataba de diferencias planetarias, nosotros vivíamos en una dictadura, la de Franco, y ellos en la Europa libre— todo era distinto. Todo era más bello, luminoso, deseable. Nuestro mundo era el de cualquier dictadura, sin distinción de signo: había un algo triste, abatido, sin brillo en el ambiente. En la biblioteca de la casa de mi familia francesa, todo se percibía también como algo distinto: había una enorme Encyclopédie de la Grande Guerre, libros y recuerdos de la Segunda Guerra Mundial. En ninguna de las dos guerras los españoles habíamos participado. Tan solo habíamos tenido una terrible guerra civil, cuyas tragedias aún rezumaban por cada esquina y rincón. Quizá de aquella época me vino el empeño por conocer más a mis vecinos, sus realidades diversas.

¿Qué literaturas, de qué sitios, qué autores te llamaron más la atención?

Cada uno tiene sus preferidos, a los que siempre vuelve. Creo que ya he citado a algunos: Zweig, Musil, Joseph Roth, también el siglo XIX francés por el que tengo una gran devoción: Stendhal, Flaubert, Maupassant, Balzac, Chateaubriand, Barbey d’Aurevilly, Jules Renard, o entre los rusos Gógol y Nabokov. Pero siempre me ha divertido decir que la letra b es muy importante en una pequeña lista privada de escritores que me fascinan: Bábel, Bulgákov, Bashevis Singer, Borges, Beckett, Banville, Barnes, Bassani.

Tienes textos dedicados a Claudio Magris, ¿cómo ha sido tu relación con él?

Para mí no es solo un amigo, es un maestro. El maestro que a cada persona le es dado conocer en la vida, aparte de los maestros que conocemos a través de los libros. Lo admiro mucho, no solo como intelectual sino como persona. Es alguien de una gran integridad, un auténtico maître à penser de nuestros días “líquidos”, como diría Zygmunt Bauman, llenos de confusión y falsos ídolos. Conocí a Claudio y a su mujer fallecida, Marisa, a finales de los años 80, con motivo de la publicación de El Danubio, y desde entonces nos une una gran amistad. Tiene un enorme sentido del humor y hemos compartido también amigos muy queridos, con los que intercambiamos siempre “anécdotas magrianas”, de no parar de reír en un buen rato, cada vez que nos encontramos. Es el caso de Predrag Matvejevic, el escritor croata, autor de Breviario mediterráneo, otro libro por el que siento devoción.

Mercedes, ¿sigue existiendo un espíritu europeo, incluyendo a la Península Ibérica?

Aunque con distintos avatares políticos e históricos, todos estamos recorridos por un eje invisible, constante que es nuestra cultura, nuestra literatura, nuestra arquitectura, nuestro arte, nuestros museos. Los artistas y músicos italianos recorrieron las cortes europeas durante siglos, igual que ahora nos leemos todos en traducciones. Más allá de la barbarie de guerras y dominaciones en Europa lo que ha unido siempre a sus pueblos ha sido el espíritu de la cultura, de unos valores determinados, que son sin duda la democracia y la libertad. Como mi admirado Stefan Zweig, soy una convencida europeísta y más allá de una unión política y económica siempre he viajado por el continente con la impresión de seguir estando en casa, de que había un pasado común a todos, desde Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe o La Celestina.

¿Cuál es tu punto de vista sobre la Europa del siglo XXI en medio de crisis y terrorismo?

Yo creo que la cultura, la escritura, el arte, nacieron ya con la palabra crisis. El terrorismo, por supuesto, los españoles sabemos de qué se trata, no es algo nuevo. Es siempre un acto de barbarie, atroz, ya se trate de Irak, Turquía, el País Vasco hace unos años, o en estos momentos, de forma terrible y reiterada, en Francia. Muy en concreto en París, uno de los símbolos de la libertad europeos que más odian y detestan los terroristas. Con una juventud que se ríe, disfruta, espanta la tristeza y los problemas a diario. Algo que un fanático no puede tolerar: la alegría.

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