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Viernes , 17.08.2018 / 14:53 Hoy

Mente olímpica

Toscanadas

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Truman Capote solía decir como verdad científica que al vivir en California se perdía un punto de cociente intelectual cada año. Tal vez durante este verano perderemos aún más, y sin necesidad de viajar a California, pues luego de una Copa América y de una Eurocopa, llega el turno de las Olimpiadas. Será otro gran desperdicio de vida para mirar una serie de espectáculos citiusaltiusfortivos que no estimulan ninguna actividad en las neuronas. Otra vez, los héroes del mundo serán un montón de analfabetas con cuerpos sanos en mentes no tanto, supuestos herederos de aquellos griegos del pasado, con la diferencia de que los de hoy no conocen ni a Homero ni a Esquilo ni a Eurípides. En estado cuasivegetativo, el espectador mirará una serie de deportes que sin el debido consumo de publicidad no le hubiesen interesado lo más mínimo: polo acuático, levantamiento de pesas, lanzamiento de martillo, hockey sobre pasto, nado sincronizado, tiro con arco, canotaje, bádminton, judo, equitación, una especie de subrugby, vela, esgrima, golf y otros bostezos con la sensación de que se está ante algo importante. Por su parte, los deportistas harán su doble esfuerzo: por ganar y por ocultar su dopaje y al final se sabrá que el himno nacional más popular fue el de China.

La cultura solía ser parte esencial de los Juegos Olímpicos antes de que se volvieran un festival comercial. Aunque los mexicanos suelen recordar al Tibio Muñoz, al sargento Pedraza y a Enriqueta Basilio cuando se les menciona la XIX Olimpiada, lo cierto es que ocurrieron cosas más memorables.

Mucho más interesante que lo sucedido en el Gimnasio Juan de la Barrera fue la exposición que presentó el Museo de Arte Moderno con obras de René Magritte, Roberto Matta, Salvador Dalí, Jackson Pollock, Roy Lichtenstein, Paul Gauguin, Francis Bacon, Edvard Munch, Käthe Kollwitz, George Grosz y Vasili Kandinski, entre otros.

En vez de ver cabecitas flotar en la Alberca Olímpica Francisco Márquez, podía irse al teatro, donde compañías de todas las latitudes montaron obras de Ionesco, Shakespeare, Calderón, Brecht, piezas del teatro Nō y tantas más opciones que incluyeron a directores como Grotowski y escenografías de Leonora Carrington.

Mientras en el Estadio México 68 expulsaban a dos atletas negros por expresarse dignos y de pie contra el racismo, mientras los soviéticos cocinaban castigos por las protestas de Caslavska, en la Arena México Juan José Arreola presentaba a Yevgueni Yevtushenko, que decía sin censura y con el mismo espíritu: “Me parece ser Dreyfus, condenado, al que juzgan, escupen, encarcelan; pero de pie resiste la calumnia y el grito filisteo”.

Entre los que asistieron a las Olimpiadas, no solo Caslavska, Smith y Carlos se habían sentido escupidos, pues los versos de Yevtushenko: “O también soy un niño en Białystok. De pronto estalla el pogromo. La sangre derramada cubre el suelo. Los que huelen a vodka y a cebolla salen de la taberna y gritan todos: ‘mata judíos’”, ya los había vivido en carne propia un músico que formaba parte del Quinteto de Varsovia, un pianista llamado Wladislaw Szpilman, o sea, el pianista de El pianista.

Hubo más arte, política, humanismo y clásicos en esas Olimpiadas del 68, pero como el hombre común entiende mejor el disparo de salida que la batuta, la velocidad que el ritmo, al entrenador que al director de teatro, la jabalina que el violín, el marcador que la poesía, el disco que el discóbolo, los clavados que la danza, el récord que la historia, el grito de gol que el do de pecho y el photo finish que el arte contemporáneo, tendremos en Brasil unas Olimpiadas que, amigo espectador, fueran bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera.

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