El memorioso

Escribe como habla, su prosa oral teje cada frase con elegancia. Es escrupuloso y no tolera los dislates, mucho menos las conversaciones baladíes.
Colina
(Cortesía)

Ciudad de México

Posee el don de retener el rostro, el atuendo y la estatura, la voz y las manías de quienes lo rodean. Su mirada escruta —ojos de cinéfilo al fin y al cabo—, hasta el último detalle; captura lo que escucha impecablemente, luego lo transcribe en sus divertidas, brillantes evocaciones. Es un maestro del retrato. Nada desconoce, todo en él es tiempo presente, tal vez porque la memoria perfecta es así, se vuelca en un anecdotario de experiencia, erudición, humor inteligente, historia, gozo estético y afinidades electivas. Como guía de asombros o preceptor de hallazgos fílmicos y literarios, su generosidad es admirable.

Escribe como habla, su prosa oral teje cada frase con elegancia. Es escrupuloso y no tolera los dislates, mucho menos las conversaciones baladíes. De lo contrario abandona la charla discretamente y traza en una hoja de papel, la fachada de un castillo donde ubica a sus amigos según los aires o pretensiones de cada cual, su agudeza para desentrañar el mecanismo de los egos es el eje de algunos de sus libros, esos en que las remembranzas vibran con la gracia del testigo insobornable: sean personalidades enormes o medianas, muestra a seres genuinos, con la luz y con la sombra propia de los vivos.

El memorioso cuenta que una vez, se encontró con ese escritor menudo, de tipo europeo, cuya blancura subrayaba hasta un tono rosáceo en las mejillas. El escritor vestía de gris, no renunciaba a los colores oscuros, aunque la gente solía imaginarlo de otro modo: alto, moreno, fuerte, rasgos mestizos.

El memorioso, joven aún, se presentó como aspirante al oficio de la prosa, y el escritor interrumpió los sorbos a su cocacola en una de las “caballerizas” del Café Chufas en la calle López de la Ciudad de México.

“¿Qué escribe?”, preguntó el autor de dos obras maestras. “Cuentos, también una novela”, dijo el memorioso. El escritor le invitó una cocacola, el memorioso prefirió una horchata y tomó asiento, para escuchar la cátedra gratuita, perentoria, que el escritor dictó a ese joven inexperto, primerizo en el arte literario.

¿Qué dijo el parco y solemne genio? Le aconsejó evitar la amistad de otros escritores, rehuir a las capillas de los intelectuales. Todos, a su juicio, eran jotos o pendejos o cabrones. Le recomendó vehementemente leer a Faulkner, a Ramuz, a Cipriano Campos Alatorre. Su consejo: disciplina, escribir por la mañana y muy temprano, no perder el tiempo con los intelectuales o corría un riesgo terrible de volverse joto. Señaló, también, que cuando se escribe hay que desconfiar de las rachas de creatividad, son engañosas y fomentan babosadas. Hacer mucho ejercicio, caminar hasta el cansancio, aliviar el hambre con un buen bistec.

Las siestas eran esenciales. Lo mismo ganar dinero en cualquier tarea que no requiriera de escribir. Quizá chofer, carpintero, obrero, padrote o caco, bueno, no le sugirió que se hiciera ratero, aunque en la cárcel tendría tiempo de sobra para acabar una novela (puso como ejemplo el encierro de Cervantes) e hizo hincapié en que trabajar de coime en un burdel era una buena alternativa. Insistió: leer a Faulkner, quien decía que la ventaja del burdel radica en que se escribe mejor cuando las putas duermen y en las noches se tiene la posibilidad de conocer gente interesante. Faulkner, porfiaba el escritor, el que creaba cosas de hombres, no de jotos.

Nota esencial: no escribir de fantasmas ni de policías, intelectuales o maricones. Escribir a mano pero nunca de manita caída, no engolosinarse. Tirar a la basura lo azucarado, eso solo da diabetes, y al finalizar ese retrato, el memorioso evoca la majestuosa obra de aquel escritor bebiendo cocacola, su nombre era Juan Rulfo, a quien no le gustaba Ramón Gómez de la Serna mas era consecuente con Saroyan, mucho más con Erskine Caldwell. El memorioso, creo, ojalá a mí no me falle la memoria, se llama José de la Colina y el retrato proviene de Personerío (del siglo XX mexicano). ¿Cierto? L