[Semáforo] Dos monjas alférez

Thomas De Quincey quiso hallar en Catalina de Erauso a un valiente alférez, un ser lleno de recursos prácticos, dotado con una viva inteligencia, a la vez que a una hermosa mujer.
Catalina de Erauso murió cerca de Orizaba, en 1650.
Catalina de Erauso murió cerca de Orizaba, en 1650. (Lesn Noel 1833)

Ciudad de México

Hace tiempo leí las memorias de Catalina de Erauso (Historia de la monja alférez escrita por ella misma). Librito notable de una vida perplejante: “Que soy mujer, que nací en tal parte, hija de Fulano y Zutana; que me entraron de tal edad en tal convento, con Fulana mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito y tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí allí y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de su señoría ilustrísima” —le confiesa al obispo. Su caso se volvió famoso: compareció ante Felipe IV —quien la bautizó como la Monja Alférez— y el papa Urbano VIII. Catalina murió cerca de Orizaba, en 1650 (a los 65 años), donde se estableció como comerciante, autorizada por rey y papa a usar el nombre de Antonio.

Y acabo de leer la versión que escribió Thomas De Quincey, en 1847. Su relato es uno de los ejemplos de lo que vale la pena hacer con la imaginación. Le importa un cuerno la historia real. Cuenta con los mismos datos de otros biógrafos pero nunca parece ni fiscal quisquilloso ni jefe de mercadotecnia para un producto insuficiente. No se halla frente a un ser de teratología sino ante una mujer bella. Quiso hallar en Catalina de Erauso a un valiente alférez, un ser lleno de recursos prácticos, dotado con una viva inteligencia, a la vez que a una hermosa mujer. Quizá se enamoró. ¿Pero hermosa? Ella misma se describe fea. ¿Inteligente? El relato de la propia Catalina me tienta a decir que no, que su inteligencia era común, quizá con astucia oportunista, llena de pendencias, miedos y rencores, pero despojada de ideas o reflexiones.

Frente a De Quincey, mi apreciación de Catalina es más certera: una mujer muy fea, pendenciera, solapada, engañatriz, a quien la vida le cae encima y reacciona. Pero mi imaginación es pobre: ¿cómo suponer poca inteligencia en quien supo salir de aprietos y embrollos complejos? De Quincey quiso hallar en Catalina aquello que el lector cultivado está casi siempre presto a descalificar: la inteligencia práctica como forma aun más vital que aquellas practicadas por nosotros, en sillones, con anteojos. Después de reírme un poco de la ingenuidad de De Quincey, me doy cuenta de que prefiero su lectura a la mía. De las tres inteligencias en juego —es decir, la de Catalina de Erauso; la mía, de lector, y la de De Quincey, como creador de fantasías— la mía es la de menor monta: no es práctica, es intelectual y mi pobre imaginación no supo hallar la imagen correcta de una inteligencia sin ortopedia, que se adapta, tiene recursos de salida y de acceso y siempre suficiente para salvarle la vida: una inteligencia que nosotros, hamsters de biblioteca, hemos dejado adormecida y, peor, despreciamos.

Curiosa sensación, la de hallarse entre la imaginación fantasiosa del gran escritor y la astucia increíble de una mujer que es hombre, para terminar con la sospecha de que la escolaridad estándar y la cultura media nos corta los vuelos imaginarios y nos vuelve invisibles las destrezas prácticas.