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Jueves , 13.12.2018 / 19:40 Hoy

Memorias tlatelolcas

A mi tía Adela la última vez que la vi fue cerca de las escaleras, polvo cayendo, después pedazos de techo, un prolongado crack, oscuridad, silenciosa, penosa, interrumpida más tarde por quejidos, gritos apagados y rezos.

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Podríamos pensar que la sinceridad acerca a las personas, en realidad las aleja. ¿Qué quiere escuchar? La verdad es insoportable, no soy esa niña con raspones y moretones en los brazos, acostada en la parte trasera de un viejo Camaro negro 1978. No voy a llorar. Lo aprendí desde muy pequeña. Las mentiras son los anzuelos más hermosos, los más eficientes para deshacernos de aquellos que suponemos como amenazas, contrarios, enemigos y aquellos que amamos aunque parezca contradictorio. Algunas personas desean sentirse en confianza con otros, a mí la confianza me da asco. Si me preguntaras sobre días ideales, diría que los días en los que no veo a nadie son días perfectos. Sé que las personas buscan diálogos con otros desde su inmensa soledad, les admiro por soportar tanto engaño.

Mi sitio favorito es el Lago de Chapultepec, ahí tiro piedras, cada piedra es una pregunta, cada pregunta es un muerto, un amigo muerto que no volverá. No me pierdo de nada conversando con otros. ¿Qué quieres escuchar? Seguramente que soy feliz, pese a todo logré tener un poco de tranquilidad, alguien alguna vez me dijo: “La tranquilidad cuesta toda la vida, uno muere tratando de obtenerla.” Buscando una casa, hace más de 20 años que te recuerdo así, prometiendo una. Las constantes salidas y entradas de la casa hogar. Detesto la Navidad, no puedo pensarme cantando alguna triste canción sobre la acera de avenida Juárez. Yo no ahogué a los perritos, lo hizo Bimbo, tú le creíste a la anciana que nos cuidaba, jamás haría daño a un animal indefenso. Y sí, le clavé el compás a Martha, lo hice, tampoco me creíste. ¿Qué buscaba? Salir de ahí. Nos alimentaban, podía dormir cómoda, el cine algunos tristes domingos. Pensé en esas fábricas, gastaste tu vida, jamás conseguiste la casa. No voy a llorar. “Este mundo tiene reglas”, así que la vieja inmunda pegaba a mi hermana mayor para castigarnos a las dos. Esa felicidad de poder abrazarte siempre me pertenecía por un momento, después, cuando me dejabas en la puerta, abandonada con dos o tres chocolates, mi boleto del cine en el bolsillo, maldecía el tiempo, porque esa ruina vacía y asquerosa metía su ponzoña dentro de tus promesas “voy a encontrar la casa, podrán volver conmigo.”

¿Qué eres ahora? Una aparición, tus ojos ahora parecen salir de la inmensa boca que es la noche, tenemos ahora una vida de recuerdos torcidos. Regresé a casa, es un hueco, un parque en honor a los muertos, de pie todavía se pavonea la orgullosa Torre Zacatecas y también el dañado edificio Coahuila. Dos de las torres del Nuevo León no soportaron, alcancé a salir, igual mi hermana, ponernos a salvo lejos de las escaleras, pensamos lanzarnos por el ducto donde se tiraba la basura, no sé en qué estábamos pensando, quizás en esas tardes en las que aburridas lanzábamos a nuestras muñecas desde ahí. Mi tía Adela la última vez que la vi fue cerca de las escaleras, polvo cayendo, después pedazos de techo, un prolongado crack, oscuridad, silenciosa, penosa, interrumpida más tarde por quejidos, gritos apagados, rezos. Al paso de las horas todo aquello se fue diluyendo. Nosotras estuvimos algunos días bajo los escombros. Cuando salimos nos preguntaron nuestros nombres, tardamos más de cinco días en encontrarte, estabas acampando en la colonia Roma, en el jardín Tabasco. Mi tío vivía en la Doctores, muchas familias acamparon durante algún tiempo ahí. Todos los días acudías a las inmediaciones del Nuevo León para preguntar por nuestros cuerpos. El cuerpo de la tía Adela fue de los primeros, habías perdido la esperanza. Varillas retorcidas, polvo, concreto, no quedaba nada del patrimonio de 185 familias. Nos unimos a la búsqueda de más personas, no sobrevivieron muchos. Nosotras vimos muchas veces cómo los militares preferían quitarle el reloj a una persona que desenterrarla, entrar a robar a los departamentos vacíos del Nayarit, antes que seguir rescatando. En ese edificio quedaron solo seis o siete vecinos.

Caridad, tu amiga la enfermera, murió de un paro cardiaco. Su departamento quedó vacío. La sacaron los vecinos al ver que no salía de ahí después de la réplica, tú la llevaste a la fosa común, no había dinero para enterrarla. Tlatelolco, partido por el dolor. Éramos niñas, ¿quién nos iba a creer que habíamos visto a los militares robando en los departamentos? Ellos culpaban a los jardineros o voluntarios, eso no sucedió, fueron los civiles los que que acudieron primero a rescatarnos con picos y palas. Semanas más tarde salió a la luz que los delegados no hicieron caso en semanas anteriores al temblor de reparar el Nuevo León, nos estábamos hundiendo, nadie nos informó. Cuando removieron el irreconocible revoltijo que antes fue, salieron los cuerpos putrefactos deformes, cajas fuertes, joyas, papeles, dinero, objetos. En bolsas, cubetas y sobres los mandaron al Campo Militar número 1, “los muertos no reclaman nada”, dijo aquel militar que se embolsó una pulsera de oro que arrancó de una mano que salía de la tierra. ¿De qué vale el dinero en medio de la tragedia? De nada. Mi gato, ¿qué habrá sido de él? Por un momento tuve la idea de regresarme a sacarlo. No lo hice, a lo mejor por eso estuve a punto de morir, por negarme a salvar a alguien que amaba. Vi miedo en la cara de los bomberos y policías, no se metían a los escombros, fuimos nosotros los que sacamos a nuestros amigos muertos. La única cosa que nos distrajo fue ir al Lago de Chapultepec, mi tío me dijo: “Si te sientes triste, tira una piedra al lago, con fuerza, con todo lo malo, de esa manera todo eso se irá para siempre”. Años más tarde cambié esos malos sentimientos por preguntas sin respuesta.

Los más jodidos son los que más daban, las señoras de la colonia Bondojito, La Joya, Zapata, Valle Gómez y Tepito, presentes con sus enormes cazuelas de arroz y chicharrón en salsa verde, “primero los niños, primero las mujeres, primero los viejitos”. La fila hambrienta lloraba de alegría al llevarse un taco a la boca. Los más fuertes eran los viejos, habían perdido todo, hasta el miedo. Eulalio, de casi 82 años, se metía entre los huecos con su lámpara en los edificios derrumbados de la Doctores, la Obrera, el Centro y la Roma, por las noches daba rondines en Tlatelolco y también le entraba sin miedo a rescatar cuerpos vivos o muertos. Llegaba molido de madrugada, cubierto de tierra su delgado cuerpo, extendía su cobija cerca de avenida Cuauhtémoc, rezaba y dormía. Nunca se quejó. En su lomo cargaba cuerpos, “los hombres de campo somos duros”, decía, de niño había llegado de Guanajuato. Nos pegamos con él después de ver cómo sacó personas del Hospital Juárez.

Desde ese día ayudamos a rescatar vivos o muertos. “Tienen que descansar, ayuden a los muertos a descansar”, se abría paso entre la cobardía de los policías, se metía por un muerto tras otro. La casa nunca llegó, eran tiempos difíciles, la crisis, el gobierno nos echó de los campamentos improvisados, la promesa falsa de indemnización, todo lo que nos quedó fue un auto viejo que encontramos abandonado cerca de la calle de Topacio. Mi tío lo arregló, durante meses ese auto nos sirvió para dormir. Cierta mañana nos dijiste que nos llevarías a un internado. No te hablé en días. Te rasguñé cuando me quisiste poner el suéter. No lo olvidé. Pensé incluso cómo matarte mientras dormías. Cuando salimos del internado quedaron rencores. Mi hermana se fue a un cuarto que había conseguido en la Narvarte, era mayor de edad, no quiso que me fuera con ella. Tú habías conseguido meterte al departamento de Caridad, me dijiste que no era seguro vivir ahí, tuviste la idea de llevarme a un albergue para mujeres, “en lo que busco casa para las dos”. ¿Qué hice? Me fui a lo único que recordaba como mi hogar: el jardín Tabasco. En la calle nadie está por gusto. Años más tarde te fui a buscar al Nayarit, me abriste: “No es seguro que vengas aquí”. Cerraste la puerta. Meses más tarde regresé, no estabas, supe por la vecina que te habías movido a la Torre Zacatecas, habías tenido un problema con un vecino. Todas las mañanas aviento piedras a la puerta de la torre, lanzo preguntas. Sé que estás ahí, no voy tocarte, el elevador está descompuesto desde el último temblor. Estuve hablando con unas vecinas, dudan que sea tu hija. Sé que pasas días sin comer, para una vieja es difícil bajar más de 16 pisos. Estaré cerca de ti, sin quejarme. No tengo miedo, estoy lista para sacarte cuando sea el momento.

*Escritora. Autora de la novela “Señorita Vodka” (Tusquets)

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