La memoria de Campbell

Con él, se completa una trilogía de escritores de la colonia Condesa fallecidos este aciago 2014. El primero fue Juan Gelman, el segundo José Emilio Pacheco y el tercero Federico.
Federico Campbell
Federico Campbell (Yolanda Morales)

México

El 15 de febrero murió Federico Campbell, colaborador y amigo del amanuense desde tiempos inmemoriales (bueno, no tanto, pero ojalá así hubiera sido). Con él, se completa una trilogía de escritores de la colonia Condesa fallecidos este aciago 2014. El primero fue Juan Gelman, el segundo José Emilio Pacheco y el tercero Federico.

Tijuana, la criminalidad y la memoria están presentes en los libros de Campbell. No son los únicos, pero sí los temas principales de una obra en la cual casi siempre soplan los vientos imprevisibles de la nostalgia —por la ciudad perdida, por el padre ausente, por los amigos lejanos, por la infancia y la juventud irrecuperables.

Federico tenía una curiosidad enorme y dispersa. Le interesaba todo y, además de literatura, sabía muchas cosas de ciencia y medicina. A veces, durante algunos viajes, hablaba con el amanuense de su cercanía con Rulfo y Leonardo Sciascia, sus figuras tutelares. Sin alardes ni modestia, de una manera natural, refería sus encuentros con ellos, sus caminatas, sus pláticas. Los admiraba y los quería. Por eso sus conferencias sobre Rulfo no solo estaban llenas de sabiduría, sino también de un gran afecto.

En el monasterio, silencioso y oscuro, irremediablemente enlutado, el cofrade mira los libros de Federico, sus dedicatorias risueñas: "Para José Luis Martínez, one day to Tijuana", escribió en La clave Morse. En La memoria de Siascia se autonombra "tijuanense siciliano", en Conversaciones con escritores dibujó un autorretrato, en todos los demás están sus palabras cariñosas, sus frases chispeantes.

Como Gelman y Pacheco, Federico fue también periodista. En la presentación de Conversaciones con escritores, anota: "Una de las fascinaciones del periodismo —aparte de los viajes— es que a uno le cuentan historias y siente que vive otras vidas y otros tiempos".

En La clave Morse, sin embargo, el narrador habla de su absoluta incapacidad de concentración sostenida como motivo —tal vez inconsciente— para dedicarse al periodismo, "un trabajo de atención dispersa", condenado al olvido.

En esa misma novela, homenaje al oficio paterno de telegrafista, el narrador rememora las viejas redacciones, llenas de humo de cigarro, de gritos y rumores, de un ambiente donde prosperaba el entusiasmo por la primicia. Dice, relacionando su vida con la de su padre: "La redacción de la revista, atiborrada de escritorios metálicos, ceniceros rebosantes, máquinas de escribir y pilas de papeles por todos lados, empezó a parecerme una de aquellas oficinas de telégrafos y entonces vi, más allá de la frontera, en el confín distante de las tinieblas, que lo único que había podido hacer en la vida era perpetuar el trabajo corto e intempestivo de un telegrafista. Y quise sonreír dentro de mí, pero no pude: era un oficio viejo, sustituido por sucesivas tecnologías. No un animal en extinción sino extinguido. Es decir, en cierto modo, yo ya no existía".

Queridos cinco lectores, con el corazón contrito, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.