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Me gusta esta mezcla que soy, que somos: Mardonio Carballo

Activista político, artístico y cultural a favor de los pueblos indígenas, el veracruzano de origen náhuatl dice que "a la gente no le han dicho que del lado indio también hay cosas bien chingonas".

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Nací en 1974 en Chicontepec, Veracruz. Fui un niño feliz intrigado por la vida. Me acerqué muy temprano a los libros, la escritura. A mi padre le tocaron los varazos por hablar náhuatl, él vive, es un náhuatl hablante perfecto; pero él sabía que una manera de darle una herramienta a sus hijos para la subsistencia era hablar español. Mi mamá era monolingüe. Crecí con las dos lenguas madres, nuestra raíz.

Pudiste haber sido normalista, son pocas las alternativas para los jóvenes en las comunidades indígenas y campesinas mexicanas.

En mi pueblo hice la secundaria. En la Ciudad de México intenté estudiar y no lo logré, así que me fui a la vida. Toda mi familia es de maestros normalistas. A mí me conmueve mucho lo de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Si el acento de México estuviera en la í, la í de indígena, la í de indio y la í de indignación, sería importante. No queremos ver a los pobres, pareciera que en esta construcción de querer ser otra cosa la pobreza se denuesta, se oculta, se ofende, se tortura. No pensamos en las razones históricas por las cuales este país tan rico, tiene a tanto pueblo en un estado de pobreza e indefensión.

¿Por qué tus padres te enviaron al Distrito Federal?

Mi mamá decía: "Tú no tienes nada que hacer aquí: escribes, lees, tú no vas a hacer milpa", y me mandaron a la ciudad. No sé si tengo con el DF una relación sadomasoquista, a mí me encantó. Llegué en julio de 1988 y esas millones de luciérnagas que veía desde el camión me parecieron la cosa más espectacular del mundo. Quería ser artista, mientras tanto vendí zapatos al mayoreo en el mercado de Granaditas, en Tepito; descargué tráilers, impermeabilicé techos, puse cristales en los edificios, me moría de miedo por las alturas. Conocí a gente maravillosa en San Pedro Xalpa, un pueblo, barrio bastante bravo. Queríamos hacer una banda de rock pero ninguno tocaba algún instrumento. Entré a un Conalep porque estaba cerca de la casa. Ahí conocí a Carlos Camarillo y a Pedro Antonio Laguna, actores y directores. Hacían teatro de calle, eso me sedujo muchísimo. Empecé con la comedia del arte, la juglaría y después vino, en 94-95, el zapatismo, y mi vida cambió.

¿Por qué?

Porque empecé a asumir la parte indígena. Te vuelves "indio" cuando llegas a la ciudad, cuando estás en el pueblo eres Mardonio, El Mardo, no eres absolutamente más nada. En la ciudad empecé a construirme. Llega el zapatismo y viene esta parte de dignificación y de asumirme también como parte de una lucha. Siguió el teatro, me dije que aceptaría las consecuencias de lo que eso iba a traer a mi vida; fui asistente de Jorge Celaya, de Miguel Ángel Rivera, trabajé con Carlitos Cobos, que ya se nos murió. Vi mucho teatro, cine, escuché mucha música porque quería dedicarme en serio.

¿Cuáles fueron las "consecuencias"?

Tener hambre, no poder pagar la renta, a veces hacer una sola comida, o no comer. Es difícil vivir en una ciudad que no es la tuya, donde no tienes a nadie. Ahora ya tengo una hermana aquí.

Tu hermana Pola hace tamales riquísimos y puso un lugarcito...

Sí, en la calle Mérida 132, entre Chihuahua y Guanajuato, en la Roma. Es tan fácil prostituirte cuando te agarran por la panza; yo decía, lo que quiero hacer lo haré porque quiero y no porque me esté muriendo de hambre.

¿Cómo llegas a la escritura, a tu prosa poética?

Escribir se me hacía fácil. Busqué un reto más difícil. Me metí a la actuación que me regresó a la escritura. Quería ser Hamlet, sabes, y no podía por los estereotipos. Así que hice mis propias obras. Mezclé el universo del imaginario de los pueblos indígenas, el náhuatl con el castellano, se llamó Narra-escenificaciones de Tlacuatzin. Me gusta esta mezcla que soy, que somos. Escribo en el idioma que salga. A fin de cuentas, lo que quiero a través del trabajo artístico-creativo es seducir al otro, porque hay mucho racismo, discriminación. A la gente no le han dicho que de este lado también hay cosas bien chingonas.

En diciembre pasado cumpliste 10 años con tu sección Las plumas de la serpiente, en el programa de noticias de Carmen Aristegui. ¿Cómo llegaste?

Fue como sacarse el guajolote de la rifa. Esto nunca lo he contado. Estaba Fernanda Tapia entrevistando a Lila Downs, mayo del 2004, y le decía a Lila: "Yo sabía que tú cantabas en todo los dialectos de México pero no sabía que cantabas en inglés". Fernanda dijo "dialectos" como 20 mil veces, y Lila no la corrigió. Lila es antropóloga, su trabajo de tesis es el Huipil de los pueblos triquis. Me molesté mucho. Estaba Loret de Mola en la mañana, Carmen al mediodía y Solórzano en la tarde. Lo que hice fue mandar un correo electrónico a los tres donde me quejé, la que me contestó fue Carmen: "Si lo hacemos tan mal, hazlo tú. Tráeme una propuesta", dijo. Así surgen Las plumas de la serpiente. Al principio fueron postales antropológicas, poco a poco se convirtió en un espacio de opinión, de discusión constante respecto a lo que sucede en las comunidades indígenas. No queremos ver a los pueblos indígenas, solo cuando los masacran. En Ayotzinapa, los 43 desaparecidos en su mayoría son indígenas. Lo que está pasando en México nos está pasando a todos. Si dejamos que maten a un grupo de indios, a un grupo de pobres, al final de cuentas vendrán por nosotros. México está lleno de pobres.

¿Cuál ha sido tu propuesta en tus programas de Canal 22?

Mi entrada a Canal 22 fue hace ocho años, con De raíz Luna, que ahora es La raíz doble. La serie es un acervo televisivo sobre la historia reciente de los pueblos indígenas. Siguió mi sección en la revista emeequis. Luego tú, Verónica Ortiz, me invitaste a Código DF, radio cultural en línea, hoy Código Ciudad de México. Llevamos cinco años al aire con el programa Ombligo de tierra, dando voz a problemáticas como la de los yaquis y su lucha por el agua.

Siempre nos sorprendes, de repente te vuelves un hombre espectáculo, conciertos, música, discos-libros...

José María Arreola, en La Casa del Lago, empezó a hacer poesía en voz alta, spokenword y slam. Siempre tuve la ilusión pero nunca pensé que llegaría a hacer discos como ahora. Quería que el náhuatl se escuchara, porque a final de cuentas ponerlo en papel solo era como confinar la partitura, lo leerían ciertos expertos. Entonces dije: "¿Por qué no hacemos un disco?". La seducción entra también por el oído. Se lo comenté a Juan Pablo Villa, aceptó. Después vino mi colaboración con Alejandro Sanz y Vive Latino. Arreola+Carballo es el nuevo proyecto musical, concebido como disco porque la publicación anterior, Xolo, se concibió primero como espectáculo escénico, después pasó a libro y éste al disco. El grupo se llama AMC, formado por José María Arreola, Alonso Arreola y yo. Hacemos poesía en náhuatl y castellano, con rock. Hemos girado por Uruguay, El Salvador, Costa Rica, Portugal, Inglaterra y fuimos al WOMAD (World of Music, Art and Dance) de Peter Gabriel. Este nuevo disco-libro, Las horas perdidas, de Arreola+Carballo, lo fuimos preparando desde hace tres años. Es un diario de viaje y de esperanza, lo hicimos en el contexto de la guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón. Tiene esa carga, es un registro artístico de lo que pasa en el país.

Ahora nos entrega este nuevo disco-libro que se llama Tlajpiajketl o la Canción del Maíz.

Es poesía, un libro, una página de internet, y una canción. La canción la interpretamos Alonso Arreola, Denise Gutiérrez de Hello Seahorse, cantando en náhuatl maravillosamente, y yo. El prólogo es de Alfredo López Austin, entrañable maestro, y Mauricio Gómez Morín hace las ilustraciones. Lo editó el Consejo Nacional del Fomento Educativo. Pueden bajar la canción del maíz gratis en la página.

¿Qué sueñas?

Soy muy feliz haciendo lo que hago, a veces me asusta que mi pluma no esté a la altura de las circunstancias, me parece que México necesita en estos momentos de la poesía, los artistas, su compromiso. Necesitamos que nos regresen a los que no están, porque, ¿qué es eso de arrebatarnos a las personas que queremos, de arrebatarle a México mentes que a lo mejor pudieran ser muy brillantes para este país? ¿Qué es eso de arrebatarnos sueños? Los queremos de regreso. Hay que voltear a ver a los pueblos indígenas. México es lo que es gracias a ellos, aunque no se quiera reconocer. Yo los invito a que no perdamos la esperanza. Vayamos a las marchas. No se rindan.

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