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Martes , 23.10.2018 / 02:58 Hoy

“Me encanta la solidaridad entre hombres”: González de Alba

Pocos días antes de morir, el colaborador de MILENIO concedió esta entrevista, acaso la última, en la que despliega su memoria y talento crítico.

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Me siento satisfecho: miro, bailo, río, canto, cuando mi amante compañero de lecho, que ha dormido abrazado a mí toda la noche, se va con paso quedo al despuntar el alba.

Walt Whitman, Con el reflujo del océano de la vida

No amo la literatura/ su fulgor pedante/ es insoportable”, escribe Luis González de Alba en un poema. Le digo que su literatura no encaja del todo en la llamada tradición mexicana y recuerda que eso escribió Aurelio Asiain hace 15 años: “Es un raro; lo es porque ha entrado a la literatura por una puerta lateral, y ello ha impedido que los profesionales lo tomen debidamente en cuenta y sepan situarlo” (“Un alma helada”, Nexos, marzo de 2001). Luis es “un personaje al que además admiro como figura moral y por el que siento una enorme simpatía”, escribe Aurelio, y lo suscribo.

Es autor de más de una veintena de libros de crónica–novela, poesía, ensayo y divulgación científica. Fue uno de los líderes del movimiento estudiantil–popular de 1968, por lo que fue encarcelado y después lanzado al exilio. De regreso en México continuó con la actividad política y fue pieza fundamental en la creación del sindicato de trabajadores de la UNAM y de partidos de izquierda como el PSUM y el PRD. Pese a ello, no son pocas las mentes cerriles que le reclaman que “haya dejado de ser de izquierda...”, como si los tiempos no hubieran cambiado.

Colaborador de MILENIO, fue fundador de restaurantes griegos y de míticos bares gays en la Ciudad de México exclusivamente para hombres sudorosos de jeans y camisetas, como El Vaquero y El Taller —adonde dejó entrar a Ricky Martin, integrante de Menudo y menor de edad— e importador de porcelanas chinas, alfombras persas y vinos griegos, a pesar de la desquiciante burocracia aduanal. Por si fuera poco, también es músico y autor de varias piezas, entre ellas la melancólica “Hiroshima”, que compuso en los lejanos días de Lecumberri.

Mi último tequila. Autobiografía procaz, publicado por Cal y Arena, es su libro más reciente y acaso el más crudo, voluptuoso y conmovedor, pero también esencial para comprender un momento de la izquierda mexicana.

En realidad, no es éste el último tequila de Luis, hay unos más servidos en la barra.

Este libro es una celebración de la amistad y el amor entre los hombres...

Sí, me encanta la solidaridad entre hombres, la camaradería. Esa complicidad que se da entre ellos en las cantinas, cuando no hay mujeres; cuando se relajan y se desanudan la corbata, cuando regresan del baño subiéndose la bragueta, cuando empiezan a transpirar un poco, con olor a loción y cerveza —el beaujolais nouveau del sudor—, a gritar, a reírse a carcajadas y voltean a ver si no están molestando a nadie; comen, toman digestivos y vuelven a la cerveza o al whisky... tres o más horas de sobremesa divertida. Esa complicidad que desaparece en cuanto hay una mujer: todo cambia, el lenguaje, ya no dicen: “Voy a mear”, sino “voy al baño”... Es algo que no entienden mis amigas feministas, que dicen que haber abierto las cantinas a las mujeres fue un logro de ellas. He visto a mujeres agredir a hombres gays solo por serlo, ¡en bares gays! Una vez una se le acercó a un hombre muy guapo y empezó a platicar con él. Se portó muy amable con ella, pero cuando llegó el novio de éste con una cerveza y le dio un beso, ella le dijo: “¿Cómo, eres puto?”.

Contribuiste a formar sindicatos universitarios, partidos de izquierda... ¿Es México un país mejor que el de hace 30 o 40 años?

Sí, mucho mejor, aunque sea difícil apreciarlo hoy. Los jóvenes no tienen idea del régimen que había en los sesenta o setenta, la persecución de la disidencia, la cárcel, el exilio; cuando no había oposición legal ni competencia en la economía, era un país cerrado. Prefiero el Telmex de Slim que el Teléfonos de México de antes, que se tardaba meses o años en ponerte una línea, y te pedían mordida para instalártela. Ahora es difícil discutir pues las referencias actuales son Ayotzinapa, Tlatlaya, las manifestaciones de la CNTE, que necesariamente llevan a otras discusiones interminables, más complicadas.

De la Unión Soviética a Cuba y la Nicaragua sandinista, el socialismo fracasó. Aunque nunca te consideraste marxista, ¿te adscribes hoy a una ideología?

Soy liberal. Nunca comulgué con la Iglesia marxista. La única vez que fui a La Habana, en 1982, a un congreso de psicología social fue desolador. Hay tiendas solo para turistas donde hay que pagar en dólares por productos polvosos y de mala calidad, y adonde no pueden entrar los cubanos; te piden el pasaporte —algo que si pasara en México la izquierda ya estaría pegando el grito en el cielo—. Un chico me pidió que le comprara unos jeans, pues él no podía entrar. Fui por ellos, me costaron veinte dólares y se los regalé. En el malecón se me acercó otro muchacho, me ofrecía a su hermana y le dije que no. Después se me ofreció él mismo, lo que me dio mucha tristeza, ¡sus padres eran hijos de la Revolución!

¿Pensaste alguna vez en ser guerrillero?

Sí... ha de haber sido en 1967, pero pronto decidí que era mejor la vía pacífica. Eso lo discutía mucho con Pepe Delgado, que decía que la única manera de llegar al socialismo era la vía armada, pero nunca se fue a la sierra de Guerrero, como tanto lo decía. Se fue a Nicaragua al triunfo del sandinismo, donde quería ayudar a los campesinos revolucionarios con sus conocimientos de veterinaria. Prefería eso que ayudar a los pinches campesinos mexicanos que no se levantaban en armas. Era muy intransigente y nunca reconoció el fracaso de Cuba ni “la piñata” sandinista ni la derrota de los ex guerrilleros en las elecciones.

Pepe Delgado, además de comunista de línea dura, era un gay que quería ser un “gay normal”, pues le gustaban los chicos de 12 o 13 años. ¿Cómo conciliaba la militancia comunista con ese deseo irresistible por los púberes?

No lo sé... Tenía una relación muy mala con su madre y con su hermano mayor. No hablaba mucho de eso. Odiaba la música popular, las canciones de Pedro Infante, los boleros, decía que eran música para enajenar, que el pueblo prefería escuchar a Silvio Rodríguez. Y sí, le gustaban los adolescentes de 12 o 13 años. Cuando descubrió que le atraían decidió casarse con una mujer, para ver si así se le pasaba, pero fue imposible. Ese deseo nunca lo dejó. Tuvimos una relación muy intensa y amorosa, pero él prefería a los prepúberes. En un baño de vapor me preguntó por qué no me había conocido cuando yo tenía 13 años; me abracé a sus piernas y me solté llorando.

En un pasaje cuentas que no hubo ningún buga que se resistiera a cogerse a un muchacho en los baños de vapor. ¿Todos los hombres son gays?

No. Este chico los fue seduciendo uno por uno, en un cuarto; se recostaba de espaldas, se estiraba el pene sobre los testículos para simular una vagina, abría las piernas e invitaba a alguien a penetrarlo. Después de varios días ya se había cogido a todos, así que fue a las regaderas e hizo lo mismo. Se recostó enfrente de todos y les dijo: “A ver, cabrones, lléguenle”... En ese momento se dieron cuenta de que ya todos ellos habían cogido con él, y se turnaron para hacerlo otra vez. Fue el momento, la situación, una complicidad de machos...

La sexualidad empieza muy temprano, y muchos adolescentes toman la iniciativa...

Sí; Ernesto, que fue mi novio y a quien también menciono en el libro, me contó que de chico, en Torreón, se subía a los taxis ruleteros y se sentaba al lado del chofer para seducirlo, con roces, pasándole la mano por la pierna... y casi todos respondían. Hasta que uno se enamoró de él y empezó a acosarlo, a seguirlo hasta su casa, nomás que sus tías lo espantaron.

Te masturbaste en una iglesia... confiesas que te excitan las imágenes de soldados romanos y santos martirizados semidesnudos.

Sí, en la Capilla del Rosario, en Puebla, con esos ornamentos, el follaje dorado... me calenté y me masturbé, lo mismo que en el Museo del Vaticano.

La de Cavafis es una “poesía de la experiencia”, de acuerdo con Asiain, y tu poesía, dice, equivale a la del poeta griego en México...

Kavafis me gusta mucho; he traducido algunos de sus poemas, como el de “La ciudad”, con el que no dejo de llorar cada vez que lo leo. Una vez leí en Facebook una versión muy mala de Gustavo Hirales, que parecía canción de Los Panchos —“do quiera que vayas llevarás la ciudad contigo...”, algo así—, y del coraje que me dio decidí traducirlo directamente del griego; lo hice en veinte minutos, de corrido: “La ciudad te seguirá. En las mismas calles vagarás./ Y en los mismos barrios envejecerás;/ y entre estas mismas casas encanecerás./ Siempre a esta ciudad has de llegar. Para otras —ni lo esperes—/ no hay barco para ti, no hay camino./ Así como tu vida has destruido aquí/ en este pequeño rincón, en toda la tierra la arruinaste”.

¿Qué ciudad te ha seguido?

Guadalajara. Regresé a Guadalajara por nostalgia... aquí crecí, aquí estudié la prepa...

¿Dejaste algo fuera de este libro?

Sí. Ya estoy escribiendo otro, se llamará El cuervo de Poe... nada más que éste, en vez de decir “¡Nunca más, nunca más!”, me dice “¡Mátalo, mátalo!”.

Recuerdo más anécdotas, como la de Hervé Vilard...

Ah, sí... Estaba en París, en la Place de la Concorde, y había una manifestación contra la guerra de Vietnam, así que fui a ver y me quedé. Llegaron los policías y empezaron a agarrar a palos a los estudiantes. Yo acababa de llegar de México y corrí más aprisa que todos. A mi lado iba un muchacho, muy guapo. Cruzamos el Sena y nos detuvimos a descansar bajo un puente. En alguna parte cogimos y después platicamos un poco. En la conversación salió Hervé Vilard, que tenía una canción muy popular entonces: “Capri c’est fini”, y me dijo que había salido con él. Le dije: “¡Mira, somos hermanos de leche!”.

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