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Martes , 11.12.2018 / 12:20 Hoy

Matar mujeres republicanas

Hombre de celuloide

Desde que se hizo famoso con Rompiendo las olas, Lars von Trier ha explorado el lenguaje del cine con la meticulosidad de un místico más interesado en el diablo que en Dios
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@fernandovzamora 


Desde que se hizo famoso con Rompiendo las olas, Lars von Trier ha explorado el lenguaje del cine con la meticulosidad de un místico más interesado en el diablo que en Dios. La casa de Jack no es la excepción. El director sigue cocinando películas con la receta del pastiche y forma un metarrelato, esto es, una reflexión en torno a la forma en que se han contado diversas historias, en este caso las de asesinatos. Jack, nuestro protagonista, tiene el oscuro sentido del humor de Hans Beckert en M de Fritz Lang pero tiene además las pretensiones artísticas de Hannibal en la serie de Netflix y es narcisista, misógino y amante de Hitler como el mismo Von Trier. Al igual que en Ninfomanía, para cocinar su potaje con todos los ingredientes del género en cuestión, el director echa mano de un narrador que nos introduce en la psicología de Jack. Lejos están los tiempos en que para destruir a Hollywood, Lars von Trier apostaba por la simplicidad del Dogma 95. 

Más cómodo resulta inventarse a un personaje que sirva como pretexto para que Jack cuente la historia de todos los asesinos blancos, heterosexuales y estadunidenses. Verge es todo esto, un pretexto para complacer a la crítica fina. Esa que se siente muy–muy porque reconoce la cita docta, el guiño al Bauhaus en la imaginación arquitectónica del fracasado Jack, la referencia a Delacroix cuando el asesino desciende al infierno en compañía de un Virgilio vestido de chaqué. Pero si uno quiere ser posmoderno en estos tiempos hay que lanzar también guiños al millennial. Cuando el asesino desciende al infierno con Verge (así llama a Virgilio Lars von Trier, igualado y cursilón) lo hace rodeado de gráficas que han salido de Dante’s Inferno, un videojuego hack and slash para PlayStation y XBox. En fin que no solo la historia es un recalentado de todas las películas de asesinos en serie, también la imagen que juega con toda clase de movimientos y texturas: con la cámara en mano, con la animación a lápiz, la caricatura, el experimento tipo Warhol y el videojuego. Todo cabe en el trayecto al inframundo de un tipo que se siente tan genial que se da permiso de citarse a sí mismo como parte de la historia del arte. Y lo es por más que de un tiempo a esta parte su cine solo sirve para escandalizar y criticar a Estados Unidos, no para ser icónico (como pretende) ni mucho menos entretenido. Hay momentos tan cursis como éste: Verge, quién sabe por qué razón (que solo existe en la cabeza de Lars von Trier), comienza a elogiar la institución de la familia cual pastor protestante. La charla sirve al asesino solo para hablar de una familia a la que tuvo que matar. Durante un picnic, Jack se llevó a la familia feliz a un campo de tiro en el que puso sobre la cabeza de sus víctimas tres cachuchas que refieren al gorro rojo de Trump. El de Make America Great Again. Aquí está la única clave: La casa de Jack es un pretexto para matar republicanos. O si no, que el espectador se fije: ¿quién muere? ¿A quién salva el autor? De Estados Unidos, parece decir Von Trier, solo valen la pena los afroamericanos, los asiáticos, los hippies y pocos más. Todos varones. Sin embargo, hay algo muy bueno en este pastiche que abre la Muestra Internacional de Cine en su emisión sesenta y cinco: la actuación. Matt Dillon y Bruno Ganz sacan a flote una obra que nació avejentada, una obra que aleja aún más a su autor de Rompiendo las olas, aquella inquietante película por la que, sin duda, Von Trier será recordado.

La casa de Jack. Dirección, Lars von Trier. Dinamarca, 2018.


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