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Jueves , 13.12.2018 / 10:17 Hoy

Matar en nombre de Dios

El atentado yihadista en Las Ramblas puso a Barcelona en el centro de la atención mundial,importancia de la que la urbe catalana gozaba por otras razones: es la tierra de Gaudí

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El principio de Las Ramblas, el punto geográfico donde la camioneta blanca empezó su trayecto asesino está, según Google Maps, a 2.8 kilómetros de mi casa, media hora justa caminando. Desde ese punto la camioneta, conducida por un terrorista islámico que días después abatió la policía, recorrió quinientos metros atropellando gente inocente, hasta que se detuvo en el Pla de l’os, precisamente encima del mosaico que hizo Joan Miró en el pavimento de La Rambla. Cuando vi, en una foto publicada en twitter, dónde se había detenido la camioneta del terrorista, pensé dos cosas, una esperanzadora y otra macabra. Primero pensé que Miró había detenido al terrorista, que el único antídoto contra la barbarie es la civilización, que ahí estaba encarnada por el mosaico del pintor. Pero luego pensé que ese mosaico está en el Pla de l'os, un misterioso nombre en catalán cuya traducción sería el plano, o la planicie, del hueso. Todo esto lo pensaba mientras esperábamos la cuenta en el restaurante donde comíamos, mi familia y yo, con unos amigos franceses, otra familia, que estaban haciendo turismo en la ciudad. La noticia del atentado vibró en los teléfonos que estaban sobre la mesa, estábamos a punto de levantarnos, de despedirnos, pero lo que acababa de pasar exigía un rediseño del itinerario porque los franceses tenían pensado pasar la tarde en Las Ramblas, en la calle emblemática que es, por cierto, la más caminada de Europa, cien millones de personas recorren cada año sus adoquines. La noticia del atropellamiento masivo era espeluznante pero nuestros amigos, que viven en París, uno de los blancos predilectos del terrorismo islámico, la tomaron con una desconcertante normalidad. Los atentados terroristas empiezan a ser parte de la realidad de las capitales europeas, son un problema más, desde luego el más espeluznante, con el que los ciudadanos tienen que lidiar. La verdadera amenaza es que algún día los atentados pasen de la realidad, a ser parte de la normalidad de las ciudades europeas. ¿Cómo puede ser parte de la normalidad un atentado terrorista? Como respuesta se me ocurre una comparación, aquí en Barcelona cuesta trabajo explicar a la gente cómo se puede vivir en México, un país acosado por el narco y por el crimen organizado que aparecen casi a diario en los periódicos europeos.

El principal deber del habitante de una metrópoli en el siglo XXI tendría que ser nunca mirar con normalidad ni los actos terroristas, ni la violencia del narco y del crimen organizado.

La mesa en la que esperábamos la cuenta estaba en un restaurante frente al mar, la playa estaba atiborrada de gente que se bañaba y tomaba despreocupadamente el sol, sin enterarse de lo que acababa de pasar hacía unos minutos. El teléfono no tiene lugar, normalmente, en el traje de baño y quién no había leído la noticia en la pantalla pensaba que ese jueves seguía siendo un día normal de verano frente al mar Mediterráneo, simplemente no se enteraba de la oscuridad que salía de los teléfonos. Era el 17 de agosto, la semana de máxima ociosidad en Europa, el Ferragosto, que en España es la festividad de una virgen, acababa de pasar hacía dos días, el 15, día en que termina el ciclo agrícola, el momento en que la flora empieza a declinar rumbo al otoño. En Europa, que sigue atada a los tiempos de la siembra y la cosecha, el año empieza, en realidad, en septiembre; a finales de diciembre se celebra el año nuevo pero los grandes cambios son en septiembre, después del Ferragosto; en ese momento cambian las programaciones de la televisión y de la radio, el diseño de los periódicos, las políticas y el personal de las empresas.

Encima estos cabrones —pensaba yo mientras esperábamos la cuenta— calcularon exactamente el día en el que iban a encontrar más turistas en Barcelona, porque sabían que el impacto de un atentado se multiplica por las diversas nacionalidades de las víctimas, que hacen ruido en sus países correspondientes; así opera la parte propagandística del terrorismo. El atentado de Barcelona, en comparación con el de Niza, o el de París, o el de Londres, o el de Madrid, tuvo pocas víctimas, pero ha sido el atentado con el mayor espectro de nacionalidades.

La camioneta blanca se detuvo precisamente encima del mosaico de Miró, después de recorrer quinientos metros Rambla abajo y, aprovechando la tremenda confusión que había producido, el terrorista desapareció, nadie lo vio escabullirse y, si alguien lo vio, no hizo nada para detenerlo, ni siquiera dio la voz de alerta, quizá porque era más urgente atender a las decenas de heridos que estaban despatarrados en el suelo. Días más tarde la policía publicó unas fotografías de las cámaras de seguridad del mercado de La Boquería, en las que se veía al conductor terrorista caminando tranquilamente, un minuto después del atentado, por los pasillos del mercado, que son un laberinto perfecto para quien va huyendo.

Al ver esa fotografía mi hipótesis se vino abajo: la camioneta no había sido detenida por el círculo cósmico que representa el mosaico de Joan Miró, ni tenía que ver con el misterioso hueso que da nombre a esa zona de Las Ramblas; la camioneta se detuvo ahí porque el mosaico está enfrente del mercado y el terrorista calculó que por ese laberinto era más fácil escapar. La realidad era mucho más prosaica, no había Miró ni hueso, había cálculo vulgar, de una vulgaridad que añade fealdad al acto miserable de matar atropellando.

Al día siguiente caminé los 2.8 kilómetros que hay entre mi casa y el principio de Las Ramblas. En la noche había estado husmeando en El Corán, buscando pistas, esas líneas durísimas que tienen los libros sagrados y que harían que un lector fanatizado de la Biblia, por ejemplo, aprobara un bombardeo de Napalm sobre la población civil, después de leer el episodio de Sodoma y Gomorra. Husmeé en El Corán en clave belicosa y combativa, como lo hace el salafismo yihadista, una de las maneras de interpretar el libro que por supuesto no comparte la mayoría de los musulmanes, esa interpretación que inspiró a los terroristas de Barcelona. En el capítulo titulado Al anfál (El botín), encontré este arsenal de consignas explosivas: “Las peores criaturas para Dios son los incrédulos que se niegan a creer” (en Alá, claro). O esta: “¡Preparad contra ellos toda la fuerza, toda la caballería que podáis, para amedrentar al enemigo de Dios, que también es el vuestro”. O esta otra: “Si hay entre vosotros veinte hombres pacientes y perseverantes, vencerán a doscientos, y si hubiera cien, vencerán a mil incrédulos”. Bajé hasta Las Ramblas rumiando estos mandatos de El Corán que, entendidos desde el salafismo yihadista, resultan escalofriantes. Recorrí andando los quinientos metros que sembró de muertos y heridos la camioneta blanca. Me detuve en cada una de las ofrendas espontáneas y aplaudí cuando todos lo hacían y me uní a ese grito catalán profundamente civilizado que dice ¡no tinc por! (no tengo miedo). En el mosaico de Miró pensé en la línea de El Corán que más me impresionó porque, desde el salafismo yihadista, libera de toda culpa al salvaje que atropella, en nombre de Dios, a una multitud: “No erais vosotros quienes les daban muerte, era Dios quien les mataba”.

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