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Viernes , 22.06.2018 / 11:05 Hoy

Mataderos

Escolios

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Armando González Torres

Un hombre cincuentón se baña con su madre, ya ausente por el alzhéimer; la viuda de un narcotraficante, convertida en vidente, asesina niños de la calle para afinar sus poderes; un escritor organiza un taller literario casero en el que se proyecta un crimen. Las anteriores escenas pertenecen a Los mataderos de la noche, el desolador libro de relatos de Daniel Rodríguez Barrón (publicado en 2015 dentro del sorprendente catálogo de La Cifra editorial).

Si bien los temas y tonos tremendistas están presentes en muchos escritores mexicanos contemporáneos, en pocos, como en Rodríguez Barrón, surgen de manera más natural y abismal. Los mataderos de la noche no solo es un conjunto de relatos, sino de historias clínicas sobre enfermedades del alma. Por estas páginas camina una turba de desadaptados, paranoicos, sádicos o masoquistas, que viven la convivencia social y familiar como un infierno.

En esta inmersión en la tragedia sorda de lo cotidiano, ni la dilatación morbosa con lo anómalo, ni las atmósferas opresivas, ni la durísima prosa se dirigen a divertir o aleccionar políticamente. Lejos de consentir al lector, Los mataderos de la noche lo sacude de las solapas y la proximidad con estas páginas implica atestiguar escenas incómodas de sorda violencia, impregnarse de los olores acres de la degradación y exponerse a ser salpicado por el vómito de los personajes. Por eso, la expresión más precisa para referirse a la sensación que deja su lectura no sería el clásico “me gustó”, sino “lo sobreviví” o “puedo dormir después de haberlo leído”.

Desde el desgarrador primer relato, en el que se narra la convivencia del hijo viejo con la madre niña hasta el cuento del esposo que es conminado por su mujer a usar aparatos ortopédicos y, en una delirante forma de revancha y autoagresión, decide mutilarse la pierna, o la aterradora farsa con que cierra el libro, Rodríguez Barrón narra la complejidad de las relaciones sociales y las trampas mortales de la intimidad. Pero es aquí precisamente, en ese placer o, mejor dicho, adicción, que produce la medicina amarga que receta el escritor, donde se revela la agudeza de su oficio literario.

Los mataderos de la noche es un libro que, por un lado, revela a un narrador solvente que enlaza a la perfección la trama con la espontaneidad del diálogo y, por el otro, abre la puerta a un temperamento sombrío y misantrópico que incursiona en los tramos más misteriosos de la condición humana. Estas facultades se combinan para proporcionar una experiencia híbrida de lectura: la avidez que sabe suscitar un narrador en su lector y la angustia que logra transmitir ese filósofo de lo oscuro. Por lo demás, si bien en esta prosa está impresa la huella del mayor pesimismo literario, también hay esa empatía con lo pequeño y con las causas grandiosas y perdidas. Así, entre el infierno y la redención, entre la sordidez de sus escenarios y la exactitud de su prosa, se fragua un libro de bella y tenebrosa factura.

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