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Sábado , 21.07.2018 / 20:04 Hoy

“Para Mario Vargas Llosa solo la literatura puede ocupar un lugar central”: Stéphane Michaud

El editor y profesor expone los motivos que llevaron a Antoine Gallimard a incluir a Mario Vargas Llosa en la biblioteca de La Pléiade, un privilegio solo alcanzado por dos autores latinoamericanos: Jorge Luis Borges y Octavio Paz.
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Milenio Digital

Los años que pasé en París fueron los más decisivos de mi vida. Fue aquí, en efecto, donde me volví escritor, aquí donde descubrí el amor pasión del que tanto hablaban los surrealistas y fue también aquí donde he sido más feliz o menos infeliz que en ninguna otra parte.

Mario Vargas Llosa, La Sorbona, 10 de marzo de 2005



A principios de este año, se ha anunciado la entrada de la obra de Mario Vargas Llosa a la prestigiosa biblioteca de La Pléiade. Creada en 1931 por el editor Jacques Schiffrin y acogida, a partir de 1933, por la editorial francesa Gallimard, la biblioteca se ha constituido en un verdadero panteón de la literatura universal, con más de 600 títulos y 200 autores de orígenes diversos. Así, aun hoy, a pesar de los avatares del mundo del libro, ser “pleiadizado” significa una consagración que no pocos autores han intentado obtener en vida, como lo hicieron en su momento Aragon o Céline, ya que en general este reconocimiento llega después de la muerte. Hasta ahora solo dieciséis escritores han escapado a esta regla tácita, entre ellos André Gide, Milan Kundera o más recientemente el poeta Philippe Jacottet. La colección de La Pléiade se distingue también en el panorama editorial actual por el riguroso y extenso aparato crítico que acompaña cada volumen, convirtiéndose de esta manera en la edición de referencia del autor que incluye.

Hemos conversado con el editor y profesor Stéphane Michaud acerca de la publicación —bajo su responsabilidad— de los dos volúmenes que reunirán, para el público francófono, una parte de la obra del escritor.


¿Podría darnos más detalles sobre la manera en que se ha tomado la decisión de incluir a Mario Vargas Llosa en la biblioteca de La Pléiade?

En su caso, la decisión surgió de una propuesta del director general de la editorial, Antoine Gallimard, como un reconocimiento a un autor de la casa, que siempre se ha mantenido fiel a la editorial. Desde su primer libro en francés, con la traducción en 1966 de La ciudad y los perros, hasta su última novela, que se publicará en francés en los próximos meses, Cinco esquinas, todo ha aparecido en Gallimard. Así, el lector francés ha correspondido con un entusiasmo constante al apego que Vargas Llosa tiene por Francia.

Además, La Pléiade siempre ha tenido para nuestro autor una significación muy especial. Su primer ejemplar se lo regaló Julia, su primera mujer, con muchos esfuerzos, supongo, ya que en aquella época ninguno de los dos tenía muchos recursos. Se trataba de la colección de textos de Balzac que, como es sabido, fue un autor que contó mucho en su formación. Desde entonces apreció la seriedad y el cuidado de las ediciones.


Antes de Mario Vargas Llosa solo se han incluido en la biblioteca de la Pléiade dos escritores latinoamericanos: Jorge Luis Borges y Octavio Paz. Resulta sorprendente la ausencia, por ejemplo, de Julio Cortázar que, como Vargas Llosa, mantuvo una relación muy estrecha con Francia. A su parecer, ¿la selección de estos tres escritores implicaría cierta concepción de lo que es o debería ser la literatura latinoamericana para un lector francés?

Me parece que su entrada a la colección significa más bien una apertura hacia la literatura latinoamericana por la que el público francés se sigue interesando mucho.

Es cierto que Mario Vargas Llosa siempre ha mantenido con Francia una relación muy estrecha. Vivió siete años en París, de 1959 a 1966, pero, sobre todo, esta ciudad fue el lugar de la toma de conciencia de su identidad latinoamericana. Octavio Paz tuvo mucho que ver en ello, al pedirle, en 1961, que participara con un texto en el número de Les lettres nouvelles (Las nuevas letras) que preparaba entonces con Cortázar sobre la literatura de América Latina. Retomando las palabras de Paz, París era en aquella época “la capital literaria latinoamericana”.


Según se anuncia, ha sido el autor mismo quien eligió los textos que comprende la edición.

Se trata en realidad de algo más complicado. La Pléiade podía incluir solo las novelas, lo que dejaba fuera toda una parte importantísima de su obra: el teatro, los ensayos, sus escritos periodísticos y sus memorias. Pero no se podían retomar tampoco todas las novelas: las mil 300 páginas con las que contaba debían comprender también el aparato crítico y los anexos que caracterizan las ediciones de la biblioteca. Fue en verdad una lástima que por culpa del comentador, es decir yo, el novelista tuviera que renunciar a una parte de su obra.

Al final, se retomarán ocho novelas. El primer tomo abarcará así La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral y La tía Julia y el escribidor. Y el segundo, La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo, El paraíso en la otra esquina y Travesuras de la niña mala. Aunque no habría que ver en esta selección un juicio de valor; ante todo se trató de ofrecer al lector francés un panorama de su obra, permitirle acceder a su evolución. El trabajo en torno a la traducción toma en cuenta este aspecto y busca dar acceso a la lengua del autor, a su trabajada fluidez. Gracias al extraordinario trabajo de relectura de los textos que realizó Anne Picard —traductora de autores latinoamericanos de renombre como Paz o Alejandra Pizarnik—, hemos logrado restituir en francés una continuidad en la lengua del autor, una verdadera unidad.


Mario Vargas Llosa pidió que fuera usted el director de los dos tomos de la Pléiade. Su relación, me parece, comienza a partir de un personaje histórico que los ha apasionado a ambos, la activista social y feminista —podríamos decir hoy— Flora Tristán, de la que es usted especialista.

Este proyecto ha sido para mí una gran muestra de amistad y confianza por parte de Mario Vargas Llosa, que me abrió la puerta al mundo latinoamericano. Fue de hecho una enorme sorpresa cuando entró en contacto conmigo por primera vez, antes de la publicación del Paraíso en la otra esquina, que justamente pone en escena a este personaje y a su célebre descendiente, el pintor Paul Gauguin. Aunque no acudió a mí para que validara su novela, en mi calidad de especialista de Flora Tristán, sino como alguien que, al igual que él, frecuenta asiduamente los archivos históricos. Quería ver conmigo si, en este sentido, su novela funcionaba. Antes de entregarla al editor, le importaba darse el tiempo para hacer los ajustes que le parecían necesarios.

Durante la escritura de esta novela, como ocurre con el resto de su obra, no se basó en los libros de los demás, historiadores o escritores, para documentarse. Realizó él mismo investigaciones profundas en los archivos, en particular en la prensa de la época, para lograr impregnarse del ambiente y visitó también los lugares que aborda. Esto pude comprobarlo durante mi trabajo con sus archivos que se encuentran en la Universidad de Princeton y que me ha permitido enriquecer la edición con informaciones valiosas sobre su proceso de escritura.

Mario Vargas Llosa posee la capacidad de revivir toda una época y al mismo tiempo no deja de ser un novelista y reescribe la historia. Es lo que puede verse en sus manuscritos, pues todo lo escribe a mano, en sus cuadernos: vemos cómo retoma la primera versión de su novela a partir del desafío que siempre implica para él una nueva obra: ¿podrá nuevamente lograr dar una personalidad novelesca a sus personajes? Lo retoma entonces todo con la voluntad de ajustarlo, de ampliarlo, de adueñarse finalmente de lo que ha escrito y que antes de este trabajo de reescritura seguía dependiendo de las fuentes que lo inspiraron.

De ahí ese vínculo con lo real que se percibe en sus escritos, movido por esa curiosidad universal tan suya que al mismo tiempo es capaz de recibir en su escritura. Hay muchos cosmopolitas, o que se reivindican como tales, pero que no consiguen estar realmente en ninguna parte. No es el caso de Mario Vargas Llosa que ha conservado Perú como su lugar de arraigo. Su manera de abordar la escritura refleja una pasión por la historia, por la actualidad, que hace de ella una “obra mundo”, como lo planteo en mi prefacio, que lleva por cierto ese título.


¿Cuál sería su opinión acerca del devenir ficcional de este personaje histórico, cuya importancia usted ha contribuido a demostrar?

Con su novela, Mario Vargas Llosa logró lo que otros en Francia no han podido hacer con el personaje de Flora Tristán: rehabilitarla mediante las letras, concediéndole un extraordinario estatuto novelesco. Lo que hace grande a Vargas Llosa es la manera en que se identifica con los más débiles, su complicidad con los humildes, como cuando firma “yo, un negro” en uno de sus artículos de su columna “Piedra de toque”. Y es lo que hace con su heroína, Flora, que defiende y hace más cercana a nosotros, al hacernos entender sus sufrimientos. Aborda con gran empatía su lucha por reparar lo que la Revolución francesa dejó a medio camino, como la condición de las mujeres, o su utopía socialista que intenta hacer llegar al mundo obrero. Pero el escritor introduce, en este personaje grave y exaltado, un poco de humor, al llamarla en su novela Madame–la–Colère. El paraíso en la otra esquina me parece de una audacia extraordinaria, al conseguir abordar dos continentes a partir de dos figuras que comparten una misma pasión, una misma locura: acceder al paraíso.

Al lector francés, esta novela le permitió descubrir París, a través de la mirada de un latinoamericano. De hecho, para el lector francés es una ocasión extraordinaria para abrir los ojos y ver el mundo a través del punto de vista de un “afrancesado”, como él mismo suele llamarse.


Sin embargo, al mismo tiempo Vargas Llosa ha sido un crítico severo de las utopías políticas y sociales.

Como se ve en varias de sus novelas, que retoman episodios históricos, las utopías conllevan el riesgo de las desviaciones más abominables. Pero Mario Vargas Llosa mantiene una afinidad con la utopía, en el sentido de que, también para él, el mundo no es algo que ya esté dado de una vez por todas, y al que no habría más que someterse. En el fondo, conserva un germen de esperanza. Pues ¿qué otra cosa es la literatura sino un deicidio, es decir, la posibilidad de volver a hacer el mundo? Aunque, a su modo de ver, no habría que olvidar al hombre en aras de un ideal. Pero, en la realidad, la prudencia se impone, ya que sin prudencia lo peor puede ocurrir. Ese odio por la tiranía que está presente desde el inicio en sus cuadernos de trabajo no lo ha abandonado y lo mantiene alerta.

Y también sus personajes pasan por el filtro de los que podríamos llamar sus “demonios”, sus pasiones, su itinerario. La literatura es una manera de conservar su equilibrio ante la fuerza de la historia, por ejemplo al momento del caso Padilla y de la ruptura de su relación con Cuba. Sin embargo, para Mario Vargas Llosa solo la literatura puede ocupar un lugar central en su quehacer y en eso se diferencia de alguien como Sartre, que en sus inicios significó mucho para él (tanto que sus amigos llegaron a apodarlo el Sartrecillo valiente), pero que dejó detrás al hacer de la literatura su única brújula. Cuando lo conocí, a principios de los años 2000, me dijo que recibía aún propuestas para ocupar cargos políticos, que rechazaba sin dudar pues el único compromiso que podía aceptar era con la literatura.

Finalmente, espero que La Pléiade pueda mostrar a los lectores franceses la complejidad de la estética de Mario Vargas Llosa, que en efecto no puede separarse de sus posiciones políticas. En ningún momento se han maquillado las cosas; por el contrario, se ha intentado dar todos los elementos para que el lector pueda entender y formarse su propia opinión. Y un lector más especializado, conocedor de la literatura latinoamericana, podrá encontrar reunidas en esta edición informaciones de difícil acceso que le permitirán profundizar su conocimiento de la obra y de su contexto.

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