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Mario Lavista estrena requiem dedicado a las víctimas del 68

Música

“Creo que los muertos son capaces de oír música", dice el compositor mexicano a propósito de la obra que se tocará el 8 de diciembre en la Sala Nezahualcóyotl.
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El compositor Mario Lavista está convencido de que los estudiantes asesinados hace 50 años en la Plaza de las Tres Culturas pueden escuchar su Réquiem de Tlatelolco, que estrena el 8 de diciembre.

“Creo que los muertos son capaces de oír música; la música puede penetrar muy profundamente en el alma del ser humano. Hay una tradición japonesa que dice que, a ciertos instrumentos, los muertos son capaces de escucharlos”, expone el compositor, y uno recuerda el mito de Orfeo, pero también su ópera Aura, basada en el relato de Carlos Fuentes, o en el Pedro Páramo de Juan Rulfo o los sonetos y elegías de Rainer Maria Rilke.

“Estoy convencido de que si escucho el Réquiem de Mozart, los muertos lo están escuchando de alguna manera, no sé cómo, para mí es una suerte de misterio, pero lo acepto como misterio. Entonces, mi Réquiem no sólo está hecho para que lo escuchen los vivos, sino para que pueda penetrar en ese mundo de los muertos”, añade Lavista durante el primer ensayo de esta obra comisionada por la UNAM para la conmemoración del Movimiento Estudiantil de 1968 y la matanza de Tlatelolco ordenada desde el gobierno.

Réquiem de Tlatelolco tendrá su estreno mundial el sábado 8 de diciembre, a las 20:00 horas, en la Sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario, con Ronald Zollman al frente de la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM) y del Coro de Niños y Jóvenes de la Facultad de Música, que encabeza Patricia Morales, con quienes Lavista ya ha trabajado.

El concierto se replicará el domingo 9, a las 12:00 horas, y se completa con el Canto fúnebre, de Igor Stravinski, y La tragedia de Salomé, de Florent Schmitt.

Para su obra, de 25 minutos, el compositor escogió fragmentos del texto litúrgico cristiano de la Misa de Difuntos en que se han basado desde el siglo V decenas de músicos, desde Mozart, Verdi, Brahms, Dvořák y Schumann, hasta Britten, Fauré o Penderecki.

“Si hubiera puesto todo el texto, la obra se habría alargado hora y media. Elegí el Kyrie, cuatro partes del Dies Irae, luego me voy directamente al Agnus Dei y al final retomo el principio de la obra”, expone Lavista, satisfecho tras escuchar su obra.

Aclara que se permitió una “licencia musical”, que implica introducir en el Réquiem de Tlatelolco sonidos relacionados con la música militar.

“Al principio y al final empleé la secuencia gregoriana del siglo V o VI, comienza el coro con ella y acaba con ella. Nomás que agregué dos trompetas que lo que están tocando es el Toque de Silencio, que es el que tienen todos los ejércitos del mundo para anunciar la muerte de algún militar. Entonces junté el canto gregoriano —religioso— con el Toque de Silencio —totalmente secular—, que pertenece al ejército, con la idea de unirlos como recordatorio de ese terrible momento de México”.


—Durante el ensayo me pareció escuchar también una marcha militar.

-Sí, claro. En el Dies Irae utilizó un tambor militar, alusiones a los sonidos del ejército, sin tratar nunca de ser anecdótico, porque la obra no es anecdótica, y la obra sigue ese lineamiento religioso, esa liturgia maravillosa. No me interesó nunca hacer una obra panfletaria o que se convirtiera en una especie de proclama política, no creo que la música tenga un sentido para eso, la música va por otro camino.

—¿Por qué un coro de niños? No hay en otros Réquiems.

Así es, no tienen coro de niños, al menos no conozco otro Réquiem con coros de niños. A mí me pareció que esa voz blanca de los niños podría funcionar muy bien con el sonido de la orquesta que yo quería lograr, y funciona muy bien. Hay una cierta inocencia en la voz de los niños. El coro de niños sólo tiene dos registros: sopranos y mezzos, sólo dos voces.

—Creo que no hay otros Réquiems de músicos mexicanos. ¿Qué aspira con el suyo para esta efeméride del 68, para la cultura mexicana, para la reconciliación y la justicia?

La música es el vehículo ideal para construir una especie de monumento al 68. Sé que hay monumentos en diferentes partes, que hay muchos libros al respecto, pero el lenguaje universal de la música y el hecho de se recupera esta liturgia tan antigua, aspiraría yo a que se considerara como un monumento para recordar el asesinato de los estudiantes. Esperaría que mi Réquiem se pudiera interpretar en muchas ocasiones. Todos los Réquiem, a la larga, no están dirigidos a nadie en particular: es simplemente el canto para rogarle al Señor que le dé paz a los muertos. El mío está específicamente tratando de recordar la matanza de 1968, pero en realidad es un Réquiem a los muertos, no a un muerto en particular.

—¿Es usted religioso?

Siempre he estado toda mi vida interesado en la música religiosa, como oyente y como compositor. Soy un asiduo de la música religiosa de Bach, de Monteverdi, de Mozart, sin lugar a dudas, de toda la tradición de la música medieval y renacentista. Así que me siento muy cercano como oyente y como compositor a la música religiosa. No sé si soy creyente o no. Siempre he tenido inquietud acerca de la existencia o no de Dios y no he encontrado todavía ninguna respuesta, pero me acerco a la religiosidad a través de la música. 

—¿Se pensó en algún momento en que se tocara su Réquiem en Tlatelolco, en la iglesia de Santiago Tlatelolco?

No. Se pensó nada más para aquí, la Sala Nezahualcóyotl. Pero mi ideal es que fuera en una iglesia. La acústica de una iglesia es ideal para la música religiosa. Y si es en Tlatelolco, maravilloso. Y si es en la iglesia de Santiago Apóstol, más maravilloso.

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