Esas lenguas exóticas

Es tal la desconexión de la clase política que no les asoma la idea de situarse por un instante en el lugar de esas personas con las que, para efectos prácticos, no comparten absolutamente nada.
Políticos como Mariano Rajoy no entienden la posición a la rentabilidad.
Políticos como Mariano Rajoy no entienden la posición a la rentabilidad. (Ballesteros/EFE)

México

Es cada vez más visible que a lo largo del mundo cunde un creciente malestar con el actual sistema y las consecuencias en cuanto al tipo de sociedad que produce, en la cual nos hallamos obligados a vivir. Además de las rutinarias protestas violentas que producen heridos y arrestados cuando se reúnen los líderes políticos o empresariales, asistimos a fenómenos como las protestas que se produjeron esta semana en España en contra del turismo, que incluyeron actos simbólicos como rayar coches de alquiler, echar confeti sobre los comensales de restaurantes o amarrarse a yates en las playas de Mallorca. Llama la atención la respuesta de Mariano Rajoy, para quien es un “sinsentido” y un “disparate” oponerse al turismo masivo, e incluso confesó su perplejidad frente a quienes tienen “unas entendederas tan difíciles de entender”. Es decir que ni siquiera es capaz de comprender cómo podría alguien oponerse a que, por ejemplo, las rentas continúen disparándose por las nubes a causa de Airbnb, o que los centros de las ciudades se conviertan en boutiques de artículos de lujo, mientras a menudo en la periferia crecen los cinturones de miseria y la precariedad. Es tal la desconexión de la clase política que no les asoma la idea de situarse por un instante en el lugar de esas personas con las que, para efectos prácticos, no comparten absolutamente nada, también conocidos como ciudadanos.

Esta misma semana, el periodista George Monbiot publicó un excelente artículo en The Guardian, donde detallaba que la utilización de ciertos términos para lidiar con el inmenso problema ambiental que enfrentamos está ya en sí cargada de valor, pues en general tienden a minimizar o tapar el problema, como sucede a menudo con los eufemismos aplicados a los asuntos públicos. Por ejemplo, afirmaba que decir “cambio climático” le confiere al fenómeno un aire tanto de neutralidad como de ausencia de responsabilidad humana, y que si en cambio utilizáramos el término “ecocidio” para describir lo que le estamos haciendo al planeta, cambiaría en automático el marco de referencia y la forma de abordar el problema.

Y es que uno de los grandes aportes de Orwell fue precisamente darse cuenta de la estrecha relación entre lenguaje y pensamiento, en el sentido de que el primero delimita en buena medida los límites por los que pueda conducirse el segundo. En ese sentido, el actual sistema sociopolítico descansa en buena medida sobre un aparato conceptual que considera que el fin de la existencia tiene que ver principalmente con el dinero y la acumulación, y de ahí que los líderes políticos hablen abiertamente de la “marca país”, como si la nación fuera eso, una marca que se encuentra en venta, que hay que volver atractiva para los compradores potenciales, ya sean inversionistas financieros o turistas, por poner un par de ejemplos.

Por eso Rajoy literalmente no es capaz de comprender cómo alguien puede oponerse a una actividad rentable, aunque esa rentabilidad implique la muerte espiritual de una ciudad entera, y por eso mismo los líderes actuales son completamente sordos a los cuestionamientos al sistema que ellos representan y defienden: porque cualquier lenguaje ajeno a sus estrechos marcos mentales les resulta tan ininteligible como la más exótica de las lenguas desconocidas.