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Miércoles , 20.06.2018 / 09:31 Hoy

María del Carmen Rovira: “Soy solo una aprendiz de la filosofía”

La filosofía genuinamente mexicana, la utopía, las ideas y su circunstancia, son algunos tópicos de esta conversación que protagoniza una de las discípulas más destacadas de José Gaos 


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Fanny del Río

¿Por qué estudiar filosofía?

Mi idea era estudiar biología, porque tuve al excelente maestro Carlos Velo, pero luego tomé una clase con Rubén Landa sobre Descartes. La Facultad estaba en Mascarones, en San Cosme, y tengo de ahí muy gratos recuerdos de los compañeros mexicanos y algún que otro español como yo aunque —la verdad sea dicha— ya me sentía más mexicana que española. Tuve la suerte de tomar clase también con Eugenio Imaz, otro español emigrado, un excelente maestro, y un día que nos hablaba algo de ontología, le dije: “Quiero estudiar eso que usted nos ha explicado”, y entonces me respondió: “Entonces debes entrar a Filosofía”. Ahí me decidí, aunque me sigue interesando la biología, porque es muy humana, en contra de lo que piensa mucha gente. Creo que el biólogo profundiza en lo humano tanto o más que el filósofo, aunque siguiendo caminos diferentes. Admiro la ciencia. Cualquier proceso científico es bienvenido. Lo que no admito es la charlatanería, gente que hable o critique sin saber de ciencia, o que hable o critique a la filosofía sin por lo menos haber tenido alguna experiencia de ella.

Otro de sus maestros fue José Gaos. ¿Cómo lo conoció?

Cuando salimos de España, vinimos con un grupo entre los que estaba su hermano, Carlos Gaos, que era ingeniero y muy amigo de mi papá. Ya aquí, me dio clase José Gaos, que en verdad fue un gran maestro: si yo soy algo, se lo debo a él. Era una persona muy seria, aparentemente muy seca, pero de gran corazón, bondad, y honradez intelectual. Hice mi tesis con él y también fue sinodal en mi examen de maestría, junto con Luis Villoro, que era muy amigo mío, y Antonio Gómez Robledo. Fue un examen muy bonito y en mi título está Cum Laude. Me iban a dar Summa Cum Laude, pero se opuso Gómez Robledo porque, según él, yo criticaba la escolástica. Él era escolástico, un derechista completo. Yo doy Filosofía Medieval en la Facultad y admiro la escolástica, pero resalté que obviamente hubo, y hay, una escolástica decadente. Eso no le agradó y por eso se opuso rotundamente al Summa Cum Laude.

¿Fue por influencia de Gaos que se convirtió en maestra?

Al entrar a la carrera ya quería trabajar; entonces di clases en la Universidad Femenina. Gaos me dijo: “¿Usted quiere dar clases? Bueno, me va a sustituir”. Le dije: “Maestro, encantada”, pero no esperaba que se sentara en la primera banca. Empecé con los presocráticos, siempre me acordaré. Fue mi primera clase, con Gaos frente a mí. Cuando acabé, me dijo: “No estuvo mal, puede seguir”. Más adelante me casé y lo invité a mi boda. Él estaba fuera de México y no pudo asistir, pero me mandó una carta muy bonita, muy hermosa. A Gaos nunca le cayó bien que me casara —en el aspecto académico, ¿eh?, no confundamos— y peor le cayó que esperara un bebé. Cuando nació mi hijo mayor, dejé de ir al seminario, porque sentía que le hacía mucha falta a mi hijo y él me hacía mucha falta a mí. Pero luego, en una época de mi vida no tenía dinero; entonces tuve que dividirme entre dar clases y cuidar a mis hijos. Un jesuita me dio un gran consuelo: “No es el tiempo, es la calidad del tiempo que le des a tus hijos”. Volví, de nuevo embarazada, a ayudar a Gaos a preparar una antología del pensamiento latinoamericano.

¿Cuáles fueron los autores que más influyeron en su desarrollo filosófico?

Un autor que siempre leí con gran interés fue Miguel de Unamuno. Desde que tenía quince, dieciséis años, El sentimiento trágico de la vida fue para mí algo enorme; y luego Vida de Don Quijote y Sancho. Demian, de Hermann Hesse, fue mi libro de cabecera. Gaos también tiene un libro que he leído mucho: Historia de nuestra idea del mundo, y también el Discurso del método de René Descartes. Yo empecé siendo cartesiana. Todas fueron lecturas elementales, que influyeron mucho en mí. Otros como John Locke, David Hume, Guillermo de Ockham… Creo que a él, a los nominales, se debe toda la modernidad, cuando plantean que no existe un ente metafísico, sino que lo que existe es lo singular. Están planteando el “yo”, aunque no lo dicen así. Me inclino mucho hacia esa filosofía, la admiro y la he estudiado bastante. El tomismo, aunque sigo viendo que es una gran filosofía, lo he abandonado. Creo que dijo más el nominalismo. Junto con éste, los teólogos salmantinos y los jesuitas mexicanos del siglo XVIII marcaron políticamente una pauta.

Ahora bien, Gaos me abrió camino para la filosofía mexicana, porque cuando hice mi tesis de maestría, me dijo: “Hay que estudiar la filosofía mexicana con Juan Benito Díaz de Gamarra y Dávalos, de Ecuador con Espejo, y de Cuba con el padre García”. Sus alumnos le hacíamos mucho caso; quizá éramos demasiado dóciles. Eclécticos portugueses del siglo XVIII y algunas de sus influencias en América: México, Ecuador y Cuba:[1] así se llama mi tesis. Gaos me enseñó que en México hay una gran riqueza que no se ha sabido aprovechar. Decía: “¡Hay que investigar!”. De hecho, fui con él a Puebla a la Biblioteca Palafoxiana, y me dijo, “Ya déjense de Ockham, de Martin Heidegger. ¡Déjense! Hay que investigar esto”. Ahí está el ejemplo de Villoro, de Fernando Salmerón, de Olga Victoria Quirós Martínez. Gaos nos orientó hacia la filosofía española y mexicana.

Para usted es indiscutible que hay filosofía mexicana.

Hay filosofía mexicana, no filosofía en México. Tuvimos que luchar mucho, porque recuerdo encontrarme a gente en el pasillo de la Facultad que me decía: “¿Por qué pierdes tu tiempo en eso? ¡No hay nada!”. Yo les decía: “Sí hay”. Ahora todos quieren estudiar filosofía mexicana, hasta los que me paraban en el pasillo, y es que la filosofía mexicana —con todo respeto a Samuel Ramos— se había estudiado muy mal, porque no se iba a las fuentes. Samuel Ramos fue mi maestro, era de una bondad exquisita, admirable, pero su Historia de la filosofía en México es un fracaso. No tenía rigor filosófico porque no investigaba. Luego Antonio Caso, al que no conocí, dijo que Juan Benito Díaz de Gamarra, el gran filósofo mexicano del XVIII, era cartesiano, y eso es una gran barbaridad. Se pierde el tiempo al querer comparar la filosofía mexicana con la europea: ningún país europeo vivió el colonialismo. Nosotros vivimos tres siglos de colonialismo y, según dijo un virrey, no teníamos derecho a pensar ni a hablar. A ningún europeo se le negó eso. Nuestra filosofía, cuando se habla de liberalismo, de escolástica, de modernidad, es algo típico de toda Latinoamérica. Cuando surge el liberalismo, Europa llevaba tres siglos de experiencia burguesa; el nuestro no llevaba ni un año, porque no había burguesía. Entonces, hay que estudiar lo nuestro, con nuestras características, pero en los fondos reservados que tenemos. Soy enemiga del ensayo. Cualquiera escribe un ensayito; eso no es investigar. Nosotros recorrimos México: Guadalajara, Toluca, Chihuahua, Monterrey, yendo a los fondos reservados. Ahí encuentras muchos autores mexicanos poco conocidos, pero a partir de eso, basándome en la experiencia que comencé con Gaos, digo que hay una filosofía mexicana y que ésta es esencialmente política. Nuestra circunstancia —no me gusta mucho este término porque José Ortega y Gasset no me agrada— fue política, ética, pedagógica. Nuestra filosofía no es metafísica, tampoco lo son nuestras utopías, sobre las que hay un libro mío.[2] Así es que debemos alimentarnos de nuestra tradición, sin olvidar la europea. Hay que conocer a Kant, a Heidegger, a Locke, a Hume, pero adaptarlos a lo nuestro. También hay gran originalidad. Ahí tenemos a Francisco Severo Maldonado, al que casi nadie conoce, que fue un gran utopista. Tenemos a Juan Nepomuceno Adorno. Y no podemos olvidar a los grandes teólogos de la escuela de Salamanca —que llegan aquí en el siglo XVI y son quienes empiezan una filosofía mexicana— como Alonso de la Veracruz, Bartolomé de las Casas y después Sor Juana, que ya es plenamente una filósofa mexicana. También están Sigüenza, que fue un gran historiador, los grandes jesuitas criollos, como Pedro José Márquez, Francisco Javier Alegre, Francisco Xavier Clavijero… Hicimos la antología de los jesuitas mexicanos[3] porque para mí la gran filosofía mexicana comienza con ellos, en su destierro en Italia. Por supuesto que ahora hay grandes filósofos en México. Alguien que admiro y respeto mucho es a Ernesto Priani. También está Juliana González, que fue mi alumna en la Universidad Femenina. Otro muy bueno es Jorge Velásquez.

¿Tenemos que crear nuevas categorías para hacer filosofía mexicana?

Yo pienso que sí. Hay que partir de la idea de que hemos leído —leemos—, tomamos puntos de apoyo, pero los relacionamos con nuestra circunstancia. La utopía y el humanismo están entre las principales categorías originales de México en su filosofía. Nadie tan humano como el jesuita Pedro José Márquez, que en su destierro en Italia dijo textualmente: “El hombre, haya nacido en los polos o en la zona tórrida, sirve para la filosofía, y es igual”. Pedro Márquez planteaba la igualdad. Llegó a decir algo que no había dicho ni Jean–Jacques Rousseau ni François–Marie Arouet Voltaire: “El hombre es cosmopolita, ciudadano del mundo, sea negro, sea blanco”. Dime qué ilustrado dijo eso. El Instituto de Investigaciones Estéticas está publicando la obra completa de Pedro Márquez, aunque debería de hacerlo el Instituto de Investigaciones Filosóficas.

En Europa, la utopía es un concepto de lugar; pero usted ha dicho que, en América, tiene que ver con un modelo.

La gran utopía europea pone un lugar ideal, donde todo el mundo es feliz, hay gobernantes honrados, gente estudiosa… La utopía mexicana y latinoamericana se caracteriza porque no existe ese lugar feliz, fuera de. Consiste en que hay un desfase entre lo propuesto y la realidad. Se dan teorías admirables, planteamientos humanistas, pero no coinciden con el contexto histórico, social, económico en el que se dan. Eso es lo que califico yo como utopía aquí y en Latinoamérica.

¿Deberíamos volver a los orígenes de la filosofía mexicana como una filosofía política?

Sí, esencialmente. Me atrevo a decir que el filósofo mexicano tiene que tomar una responsabilidad social. No podemos quedarnos callados; no debemos tener miedo. No estoy diciendo que hagamos un mitin o que salgamos a gritar. Debemos comprometernos a escribir sobre la terrible circunstancia que vivimos, denunciar lo que está pasando, plantear los derechos humanos, que vienen desde Santo Tomás de Aquino, pasando luego por Ockham. Debemos escribir sin miedo. Es lo que propuse, apuntando, por ejemplo, al caso de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa: señalar que es contra el derecho, contra la ética. Ahí es donde creo que debemos actuar, y en verdad es muy poco lo que hemos hecho escribiendo. Se ha hecho mucho en el Observatorio Filosófico, pero sería necesario hacer más. Hago una aclaración: Villoro, al cual quise mucho, hizo bastante; también la revista Dialéctica de Puebla y el padre Miguel Concha, de los dominicos del Centro Universitario Cultural, que es admirable. Ha recibido amenazas y no le importa y sigue con sus ideas. Pero deberíamos hacer más: filosóficamente, éticamente, planteando los derechos del hombre, denunciando lo que ocurre. Creo que el filósofo debe ser el contrapoder.

¿Por cuál de sus obras le gustaría ser recordada?

Me encantaría que tuvieran en cuenta mi texto Filosofía y humanismo. La obra de los jesuitas criollos mexicanos.[4] El humanismo de Samuel Ramos se quedó, por decirlo así, en la periferia: nuestros grandes humanistas fueron los jesuitas criollos en su destierro en Italia. Eso es lo que más me interesa y creo que es una de las proyecciones más auténticas del pensamiento mexicano. Luego, en el siglo XIX, Severo Maldonado, y Adorno, continuaron con una tradición humanista, y es la que debemos de seguir. De mis libros, el de Francisco de Vittoria. El poder y el hombre, España y América.[5] Ahí me permití enfocar el problema de la Conquista criticándola y señalando a los grandes teólogos españoles de Salamanca, que le negaron a Carlos V el derecho a América. Eso es lo que me interesó y lo que me llevó a hacerlo. Deberíamos aprender de ellos. Hoy en día el filósofo es cobarde. Ellos nos dieron una clase de valentía filosófica cuando un grupo pequeño de teólogos salmantinos le niega, en sus clases, a Carlos V el derecho a la conquista y al Papa el derecho a tener poder sobre el orbe. Eso fue admirable, que en pleno siglo XVI, y teniendo la Inquisición a la vuelta de la esquina, se hayan atrevido a decir eso. Vittoria, luego de haber sido el gran Vittoria, dobló las manos y se contradijo en todo. ¿Por qué? Hay dos cartas de Carlos V: una dirigida a Vittoria, y otra dirigida al prior del convento donde estaba Vittoria, en las que dice que se siente muy ofendido porque se han atrevido a discutir sus derechos. Es un testimonio histórico enorme. A Vittoria le pudo mucho. Pero eso me interesó, por eso hice un libro sobre él. Aunque nunca está uno satisfecho. Yo no me juzgo una filósofa. Y no es que quiera excusarme. Filósofo es el que tiene una teoría, el que alcanza a proyectarse teóricamente. Soy una investigadora y procuro investigar con rigor. Pero quizá algún día llegue a serlo. Hoy me contento con ser una aprendiz de la filosofía.



[1] Publicada por el Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica. México, 1958.

[2] María del Carmen Rovira, Dos utopías mexicanas del siglo XIX. Francisco Severo Maldonado y Ocampo y Juan Nepomuceno Adorno, Universidad de Guanajuato. México, 2013.

[3] María del Carmen Rovira, Pensamiento filosófico de Francisco Xavier Alegre y Pedro José Márquez, UNAM/ UAEM, México, 2007.

[4] María del Carmen Rovira, Filosofía y humanismo. La obra de los jesuitas criollos mexicanos, Revista de Hispanismo Filosófico, núm. 14, 2009.

[5] María del Carmen Rovira, Francisco de Vittoria. El poder y el hombre, España y América, Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2008.

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