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Viernes , 22.06.2018 / 04:45 Hoy

María Almanza: última tejedora de tapicería flamenca

Esta guanajuatense ha laborado 25 años en el Taller de Arte Selecto del poblado de Oudenaarde, Bélgica, donde ha creado verdaderas obras artísticas.

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Julio I. Godínez Hernández

Fue en París, en 1978, cuando María Almanza observó una interpretación de un Picasso hecha en un tapiz. Aquella era la primera vez que tenía frente a ella una de las imponentes telas flamencas y de inmediato quedó maravillada como una chiquilla. Por un buen rato miró detenidamente cómo el autor había logrado replicar las pinceladas del pintor español utilizando solo hilos de lana de colores.

En ese momento, la mexicana no imaginó que 38 años después de aquella visita al museo realizada como estudiante de grabado en Francia, se convertiría en la última de las tejedoras profesionales de tapicería en Flandes, Bélgica, y que su magnífica obra la conocerían muy pocos en su natal México.

En este pequeño país, famoso por su cerveza y sus chocolates, el arte de tejer gobelinos en telar vertical de enjullos rodantes ha sido cuidado por más de cinco siglos. Sin embargo, esta labor artesanal parece hoy destinada a desaparecer ante la falta de apoyo del gobierno, el desinterés comercial por los detallados trabajos y la ausencia de aprendices que quieran cultivar la técnica de tejer estas obras decorativas, otrora regalo de reyes.[OBJECT]

María me ha invitado a observar cómo teje una parte de la que será su última pieza antes de que se retire como maestra y tejedora del taller de Arte Selecto de las Ardenas Flamencas (VASA, por sus siglas en holandés), un lugar donde trabaja desde hace 25 años y que está ubicado en el pueblo de Oudenaarde, una población perteneciente a la región flamenca de Bélgica y que se localiza a 74 kilómetros al poniente de Bruselas. El sitio guarda una sorprendente relación con México por ser el lugar de donde salieron los soldados que fueron a nuestro país a proteger, en tiempos de la Segunda Intervención Francesa, a la hija del rey Leopoldo I y esposa de Maximiliano de Habsburgo, la emperatriz Carlota Amalia de Bélgica.

Hace todavía algunas décadas, junto con Bruselas, Malinas, Brujas y Tournai, esta zona de habla holandesa bullía por la elaboración y el comercio de tapices únicos. En este pueblo de poco más de 30 mil personas se localizaron varios de los talleres de tapices más famosos que decoraron y aún decoran palacios enteros alrededor de toda Europa.

Pero no solo en el viejo continente se pudieron encontrar las telas de Oudenaarde. Recientemente, según me dijeron en el museo de la ciudad, se recibió una donación de tapices que fueron identificados como originarios de este lugar y que habían permanecido en colecciones particulares de Estados Unidos por mucho tiempo. Incluso, se cuenta que la catedral de Puebla guarda algunas interesantes y hermosas piezas belgas.

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El taller de María, quien nació en Guanajuato hace 63 años, se encuentra instalado en una amplísima habitación de la segunda planta de la hermosa casona de Lalaing, una propiedad de techos altos y escaleras de caoba que data del siglo XVI, cuya historia se relaciona de manera directa con la de la tapicería flamenca. La casa, con vista al famoso río Escalda, perteneció a Margarita de Austria, hija ilegítima del rey Carlos V, quien, según me contó Almanza, promovió incansablemente el arte de la tapicería flamenca durante su reinado sobre cada uno de los extensos territorios que gobernó, desde España hasta el último rincón del Sacro Imperio Romano (que incluía a los territorios que hoy forman Polonia, Alemania, Francia y Luxemburgo, entre otras naciones).

En 1559, la hija del monarca, también conocida como Margarita de Parma, fue nombrada gobernadora de los Países Bajos y se convirtió una de las grandes coleccionistas de tapicería flamenca. Resulta lógico pensar que en las paredes del mismo edificio donde labora María hoy, Margarita haya alojado varias de las piezas más finas y detalladas de este arte.

María llegó a trabajar a VASA en 1991 bien recomendada por una maestra belga de nombre Nora Chalmet, de quien aprendió la técnica flamenca del gobelino en el Instituto Textil Henri Story, en la ciudad de Gante. Era la segunda ocasión que se encontraba viviendo en este país luego de pasar una temporada en México con su esposo belga Jan y su hijo Jesús.

Chalmet la recomendó con el entonces director del taller de Oudenaarde, Willy Vanden Berghe, luego de ganarse su confianza como alumna.

Desde un principio, María se propuso estimular a sus compañeras para que usaran más color en sus creaciones, y su propio trabajo, a diferencia de los “fríos flamencos”, sobresalía por sus “atrevidas” combinaciones de colores. “La influencia de sus raíces mexicanas, llenas de sol y calor, han quedado presentes también en mí”, asegura Chalmet.

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Un golpeteo muy particular e insistente inunda el pasillo superior que lleva al taller del segundo piso. Es el sonido del peine de metal que compacta y aprieta los hilos del tapiz en el que la mexicana trabaja paciente desde hace ya más de un año.

Al abrir la puerta de su espacio de trabajo, la figura pequeñita de la artista de ojos negros, sonrisa amplia y piel morena, se ve borrosa a través de los hilos que cuelgan verticales del rodillo superior del inmenso telar de madera, unas líneas llamadas urdimbres donde teje una interpretación de una obra abstracta del artista belga Herman Van Nazareth, una pieza que, asegura, se encuentra en Sudáfrica.

Ahí, como Penélope en espera de Ulises, está tejiendo paciente, inserta en sus propios pensamientos, concentrada, intercalando líneas de hilos horizontales y verticales que solo ella sabe por dónde deben cruzar para replicar a la perfección las pinceladas del cuadro de Van Nazareth.

“El hombre, cuando cose, tiene un exceso de tiempo para pensar”, escribió el periodista estadunidense Gay Talese al describir en un hermoso texto el oficio de su padre como sastre. María lo sabe.

Al tejer, María no espera solitaria a su esposo aventurero como el personaje de Homero, un gato de cerámica de Guerrero sobre un mueble parece el único testigo de la perfección con la que lleva a cabo su trabajo, de las horas que a veces se desvanecen al desbaratar una parte de la pieza que le costó toda una jornada a causa de un error o por no quedar conforme.

Luego de recibirme en su estudio me dice que para tejer un tapiz se necesita mucha paciencia y concentración. “Por eso siempre digo que cuando tejes un tapiz estás tejiendo una parte de tu vida, porque tus pensamientos están en el tapiz, pero al mismo tiempo en la preocupación que tienes en ese día o en ese periodo”, asegura mientras acomoda un hilo naranja con una bobina, los palos que hacen las veces de lanzadera en este tipo de telar, con la habilidad que solo da la experiencia.

“Un tapiz no es como una pintura que la haces en un dos por tres, necesitas paciencia. Si cometes un error y te das cuenta después de haber trabajado en ese pedacito todo un día (a veces de solo cinco o 10 centímetros cuadrados) pues tienes que desbaratarlo y volver a empezar con el color correcto o la técnica correcta. Lo más difícil es interpretar con las técnicas del textil una pintura, un dibujo o una textura pero con hilos”, comenta.

Elaborar una pieza como ésta que ahora realiza de 1.60 por 1.80 metros, no es labor sencilla, toma mucho tiempo, a veces años. Por ejemplo, ésta, su última pieza, se planeó a mediados de 2014 y en octubre de ese mismo año comenzó a tejerla. Hoy, luego de más de un año de trabajo constante, ha logrado avanzar hasta más de la mitad de la pieza, la cual permanece enrollada en el rodillo inferior esperando ser terminada este año, según planea, antes de tomar su pensión. El tapiz, dice, podría alcanzar un valor de más de cinco mil euros.

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Si bien el arte de trabajar en el telar se perfeccionó en Bélgica, la confección de tapices con paisajes, alegorías y pasajes históricos proviene de Oriente. Los egipcios ya utilizaban la técnica del gobelino. Se cuenta que en su tienda de campaña, el mismo Alejandro Magno tenía por lecho tapices tejidos con oro, sostenidos por 50 columnas doradas; y la tienda en que celebró sus bodas estaba formada con telas de hilo de oro, teñidas de púrpura o escarlata, y con tapices de asuntos históricos.

“Antiguamente se utilizaban 12 hilos por centímetro, lo que los hacía muy finos en los detalles, se podían hacer cosas como ojos, bocas, cabellos”, cuenta la guanajuatense que ha exhibido su obra en diferentes galerías de México y Europa de manera individual y colectiva. “Hoy, utilizamos apenas entre cuatro y seis por centímetro para tejer más rápido”.

El trabajo de Almanza ahora parece solitario. Cuando la artista llegó a trabajar aquí había cuatro tejedoras, dos ayudantes y dos encargadas. Con el paso del tiempo y la reducción de los apoyos a la cultura, las únicas manos que quedan trabajando como empleada en este lugar son de la mexicana, quien estudió en la Universidad de Guanajuato, institución en la que también dio clases de confección de textiles y creó un taller de técnica flamenca.

A pesar de ver cómo se ha desvanecido el interés por adquirir estas obras, María dice que siendo maestra ha podido observar cómo algunas personas conservan el interés por las telas flamencas. Uno de los alumnos que recuerda con más cariño es Robert, un hombre que llegó a uno de sus cursos a la edad de 87 años y todavía, antes de morir a los 105, la visitaba en el taller.

Sobre su obra personal, Nora Chalmet cuenta que “María busca inspiración en su ambiente inmediato, en la naturaleza que la rodea: las montañas, el anochecer y el amanecer, las casas y el paisaje panorámico; éstos forman la paleta de colores en sus tejidos. En su labor creativa, siempre encuentra un espacio para la búsqueda de nuevas técnicas y formas de expresión”.

“La realización de un diseño o cartón (…) la hace con el mismo amor y dedicación con los que hace sus propias creaciones textiles o una bufanda para su esposo Jan”, sostiene Chalmet. “Para María Almanza, la artesanía es arte, porque sin el arte de la artesanía, los resultados no tienen valor”.

Frente a su telar, en silencio, reflexiona sobre lo que quiere hacer luego de terminar su última pieza. “Quiero más tiempo para mi obra. Estar entre México y Bélgica”, sus dos inspiraciones luego de su familia.

María regresa a su telar. Tiene que darse prisa para terminar a tiempo. Pero antes mira su costura un instante, maravillada, justo como lo hizo con aquel Picasso hace 38 años.

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