El marciano millonario

De que de aquí a tres años debíamos prepararnos para vivir sin librerías.
Los avatares de la edición independiente.
Los avatares de la edición independiente. (Jesús Quintanar)

México

Fui invitado a participar la noche del viernes, en Buenos Aires, en una cena con alrededor de 20 editores independientes, argentinos en su mayoría, así como unos cuantos chilenos, y yo como editor mexicano. El propósito de la cena era que cada quien expusiera un problema específico al que se había enfrentado, para que al contar también la solución, pudiéramos discutirlo y compartir las distintas estrategias empleadas.

Todo comenzó por buen camino: un editor chileno expuso que ante la problemática para que ciertos títulos a los que les veía un mayor potencial comercial pudieran tener más visibilidad, y llegar a más lectores, había establecido una alianza comercial con un gran grupo editorial, y con la distribución masiva del grupo, el libro en cuestión había alcanzado un gran éxito comercial. Con ello le quedaba claro que no había que satanizar a los grupos, sino que podían encontrarse formar de colaboración que fueran benéficas para todos.

Después vino el turno de un par de editores que, por razones legales, se habían visto impedidos de vender sus libros durante un cierto tiempo, y debían también cambiar todas las portadas, pues el problema tenía que ver con el nombre de la marca. Ante ello, pidieron a amigos artistas que intervinieran las portadas de los libros para tapar la marca prohibida, y entablaron un canal de ventas directas mientras las librerías podían volver a ordenar sus libros. Ahí comenzó un irremediable proceso de abstracción que ocupó el resto de la velada.

Primero un editor de una editorial bastante consolidada explicó que si bien entendía la motivación para realizar la venta directa, no era un modelo replicable a gran escala, pues evidentemente dejaba por fuera a las librerías, así que sugería mejor encontrar una manera de incorporarlas. Ante ello replicó un colega y amigo suyo, quien lanzó la provocadora hipótesis de que de aquí a tres años debíamos prepararnos para vivir sin librerías pues, razonó, de todas maneras, con el actual modelo de trabajo, la situación de todos los ahí presentes ya era bastante precaria, así que debíamos buscar la manera de continuar siendo editores sin que los libros debieran pasar por las librerías. Ello desató una discusión cada vez más abstracta sobre la justicia o injusticia del oficio, que incluso rozó el tema del colonialismo cuando se tocó el tema de España, e incluyó la participación de otros editores chilenos que, por razones de militancia política, se niegan a vender sus libros más que en una red de librerías seleccionada previamente por ellos. En algún momento, el editor que abrió la velada pronunció la frase “El éxito nos obliga a ser autocríticos”, cuyo carácter enigmático fue una señal inmejorable de que las cosas se habían salido de control. Al final, terminamos un pequeño grupo discutiendo en un restaurante sobre quién podía ser el guardián moral de las prácticas de quién, y sobre la posición ética que cada cual adoptaría si apareciera alguien a comprarle cada semana dos mil libros en su oficina, o si un marciano le ofreciera 100 millones de dólares por comprarle su editorial.

Ojalá en México tuviéramos un entorno editorial tan nutrido, apasionado, diverso y comprometido como el que, por suerte, se encuentra en Argentina.