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Martes , 18.09.2018 / 15:34 Hoy

Marcelino Perelló

“El más natural de los líderes del 68…, el movimiento mismo…, el movimiento que va en sentido contrario”.

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Que el mundo del siglo veinte fue y será una porquería, lo dijo desde un tango Enrique Santos Discépolo. Un despliegue de maldad insolente, atropello a la razón que tendría, conforme a Marcelino Perelló (1944-2017), un interludio luminoso, esperanzador. El comprendido entre el primero de enero de 59 y el 11 de septiembre de 73. Fechas señaladas por la llegada al poder de los barbudos, en Cuba, y el derrocamiento del socialismo democrático de Salvador Allende, en Chile. Periodo en el que también se expresaron los movimientos hippies, de reivindicación racial, de mujeres, pacifistas, estudiantiles y libertarios. Los años de colores, en que todo dejó ser blanco y negro, decía también Perelló. Fue precisamente a una de esas inéditas expresiones a la que se entregó con todas sus fuerzas, siendo, el tiempo lo ha venido colocando en su justo sitio, quien mejor representó las búsquedas del movimiento del 68 mexicano, extendiéndolas incluso a otros ámbitos y tiempos de su vida.

A seis meses de su muerte, Mercè, su hermana, reunió en una doméstica edición alrededor de un centenar de breves viñetas que lo recuerdan en sus distintas facetas, más o menos personales e íntimas, lo mismo como gran conversador, polemista, maestro universitario, melómano y cinéfilo. Textos que en su conjunto apuestan por completar el perfil de un hombre apasionado, siempre echao pa´lante, que como dice al inicio del libro su hija Aina, pensaba trabajar hasta el último día de su vida. “No te dejaron, y no pudiste soportarlo”.

“El más natural de los líderes del 68…, el movimiento mismo…, el movimiento que va en sentido contrario”, lo llama Rafael Pérez Pascual. ¿Por qué en sentido contrario? “Porque moverse en sentido contrario es la única forma de avanzar, porque en el sentido contrario está la auténtica dialéctica, quien va en sentido contrario es quien jala el futuro hacia el presente”.

Agotar la revisión de una presencia como la de Perelló resulta imposible, y estas Cartas a Ítaca para Marcelino parecieran ser el principio de una labor por comenzar. La recopilación de sus textos periodísticos, su oratoria y ese libro sobre su versión del 68 que decía, días antes de su muerte, haber completado finalmente, sin olvidar un extendidísimo anecdotario, están por venir.

¿Muestra?

El movimiento estudiantil crece. El Consejo Nacional de Huelga convoca a una conferencia de prensa con medios nacionales y extranjeros, en el auditorio de Ciencias de Ciudad Universitaria, escuela a la que representa Perelló. Un periodista pregunta. Ustedes afirman que en el movimiento hay heridos y hasta muertos, cómo pueden comprobar esta afirmación. Un ambiente de tensión se genera de inmediato y, en pocos segundos, aumenta. Los informantes se voltean a ver. Ninguno acierta a responder, hasta que Perelló, atrayendo la atención de todos, se levanta y de entre sus pertenencias a sus pies, saca una camisa manchada de sangre y la coloca en la mesa.

“El mundo —dice Aina en estas Cartas a Ítaca para Marcelino— es más insulso desde que te fuiste. Más ordinario y más conformista”.

Problemático y febril, diría Santos Discépolo.

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