“Esta mañana leí la noticia de que no estoy aquí”

La frase, tomada de "No vengo a decir un discurso", ilustra el sentido del humor del gran García Márquez, cuya narrativa, sin embargo, está marcada por la muerte.
“Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme”, confiaba el célebre hijo de Aracataca.
“Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme”, confiaba el célebre hijo de Aracataca. (Reuters)

México

Cuando el hijo de Bendición Alvarado se enfrentó cara a cara con la muerte, la suya, “con el garabato de palo en la mano y el cráneo sembrado de retoños de algas sepulcrales”, él desafió, sin embargo, su sentencia. Acostumbrado como buen tirano a disponer del poder, no por derecho, sino por la fuerza, el patriarca quiso prolongar sus días obligando a la Parca a dilatar el momento culmine. Pero la segadora, con “los ojos arcaicos y atónicos en las cuencas descarnadas”, resolvió la disputa con una frase que no admitía  discusión: “Ha sido aquí”, le espetó la descarnada cubierta con una túnica de harapos. Pese a ello, Zacarías, el anciano general de El otoño del patriarca (1975), que cree que aún gobierna un país ficticio a orillas del mar Caribe —que podría ser cualquiera de nuestra América Latina, habituada dramáticamente a los regímenes de facto financiados por EU— insistió en “que no, muerte, todavía no es la hora (...…) ha de ser durante el sueño en la penumbra de la oficina”.

Es por ello, por ese temor inmenso a “la noche absoluta”, que el protagonista de la novela más compleja y elaborada de Gabriel García Márquez —para él, ciertamente, su obra más acabada— morirá dos veces a lo largo de esta fábula sobre la soledad del poder. Para remarcar la trama —una especie de monólogo múltiple, dirá también Gabo—, el autor recurre a prolongados párrafos casi sin comas ni puntos seguidos, lo que en su momento revolucionó la prosa de nuestra América.

La muerte y la soledad —junto al amor, el inexorable deterioro de la vejez y el sobrecogedor olvido, un sello de familia— marcan el inconmensurable discurso literario del informal y bromista hijo de Aracataca, para quien sus narraciones eran una realidad “que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas”, como definió a su escritura al recibir en 1982 el Nobel de Literatura; ceremonia a la que se dio el gusto de asistir vestido de liquiliqui, el tradicional atuendo de los Llanos de Colombia y Venezuela, con un pantalón de algodón y chaqueta de manga larga a tono, abierta con botones grandes y amarillos, para él, el color de la suerte. “Mientras haya flores amarrillas —de preferencia rosas amarillas — nada malo puede ocurrirme”, repetía el autor de Cien años de soledad y su mítico Macondo inundado de mariposas amarillas, incluso en el cementerio, construido para enterrar a Melquíades, el primero de los muertos.

De hecho, al celebrar su cumpleaños número 87 el pasado 6 de marzo, Gabriel José de la Concordia García Márquez se engalanó de traje y una rosa amarilla en el ojal, y así salió a la puerta de su casa en el colonial barrio del Pedregal de San Ángel para saludar a los periodistas quienes aprovecharon la ocasión para cantarle las que serían sus últimas “Mañanitas”.

A diferencia de su admirado Julio Cortázar, a quien el hecho de morir le parecía hasta ridículo, Gabo prefería pensar “lo menos posible” en la muerte, por el miedo que le inspiraba. “Yo pienso evidentemente en la muerte”, dijo alguna vez en entrevista con Le Monde, “pero poco, lo menos posible. Para tenerle menos miedo, aprendí a vivir con una idea muy simple y muy poco filosófica: bruscamente todo se detiene y es la noche absoluta. La memoria queda abolida, lo cual me alivia y me entristece a la vez, ya que esa será la primera experiencia que no podré contar.”

En Yo no vengo a decir un discurso (2010), Gabo habla de cómo “me resistí a participar en lamentos y elegías” ante la muerte de Cortázar, “a quien conocí y quise tanto”, ya que “me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estar muriéndose otra vez de vergüenza por la consternación mundial que causó su muerte. Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente”.

Tal vez también como al Libertador Simón Bolívar, quien marcado por la desesperanza política y un paludismo crónico que precipitaría su muerte en 1830, a los 47 años, luego de fundar la Gran Colombia, emprende su viaje final desde Bogotá a la costa caribeña para intentar abandonar el continente y exiliarse en Francia. Siete meses de agónica travesía por el Río Magdalena, que el propio Gabo conoció de niño y en sus años de estudiante llegó a recorrer once veces, en sus dos sentidos. Bolívar se fue achicando “y perdía centímetros día con día”, como cuenta Gabo con todo el patetismo en su imprescindible El general en su laberinto (1989), una novela-relato histórico que le granjearía no pocas y superficiales críticas y en la cual la muerte alcanza finalmente al Libertador, después de dos décadas de incansable lucha por la independencia de América del Sur.

Casi ahogado por la tos “hacia la cita ineluctable del 17 de diciembre a la una y siete minutos” de la tarde, Bolívar hace salir a todos y habla con su médico: “No me imaginé que esta vaina fuera tan grave como para pensar en los santos óleos. Yo, que no tengo la felicidad de creer en la vida del otro mundo”. Y estremecido con la revelación deslumbrante “de que la loca carrera entre sus males y sus sueños llegaba en aquel instante a la meta final, el Libertador suspiró: “Carajos. “¡Cómo voy a salir de este laberinto!”.

Una exclamación que encierra  toda la amargura de ese gran personaje; muy lejos del tono socarrón con que su apasionado biógrafo  se burló el 8 de diciembre de 1992 en La Habana en su discurso para inaugurar la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (su obra en Cuba), siendo  sorprendido por la malintencionada noticia en un diario europeo, de que “no estoy aquí”. No obstante Gabo habló, “y como ustedes ven, para  no estar aquí, no es poco lo que he podido decirles”.