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Jueves , 13.12.2018 / 22:40 Hoy

Maletas

La guarida del viento

Viajar por un tiempo prolongado estrecha la relación con una parte inesperada de nuestro cuerpo
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Hacer una maleta es buscar un depósito móvil de lo que somos. Las maletas son una antología de nuestras necesidades y apetencias íntimas. Allí están la ropa, los libros, los regalos, los enseres que escogemos como esenciales. Una maleta es el universo concentrado y variopinto de nuestra identidad. No es casual que el reencuentro con ese cofre íntimo en un aeropuerto se convierta en el alivio final. Estamos otra vez con nosotros mismos.

Esperar que aparezca la maleta siempre es un ritual colectivo. Por lo general los aeropuertos tienen un letrero que anuncia la “hora estimada” de entrega. Poco antes de llegar al círculo de la espera hay un montón de gente de pie, con el cuerpo alzado por la expectativa.

En la franja metálica, las maletas van apareciendo como niños obedientes, saliendo de una marcha escolar, listos para que sus padres los recojan y los lleven a casa, después de una larga jornada. Algunos pasajeros recogen triunfales sus equipajes y se dirigen hacia la puerta. Casi todas son negras, por algún motivo, pero hay algunas verdes, azules y hasta una roja. Algunas llevan cintas amarillas o rosadas, como medallas o premios, para ser distinguidas, y aparecen también esquíes, equipos de alpinismo y mochilas inmensas, que recogen unos gringos audaces y musculosos.

Pero para todos los pasajeros es un clímax. Por un momento las maletas son esenciales para sus dueños. Las recogen, las ponen en un carro y se las llevan como un tesoro recuperado. Luego, cuando lleguen a casa, llegará la distensión. Las maletas dormirán el sueño del olvido en algún armario recóndito antes de volver a ser importantes en un nuevo viaje. Uno de los pasajeros más ansiosos confunde otra maleta con la suya, y la deja ir. Poco a poco, todas las maletas van desapareciendo. Recojo la mía y veo que al final solo queda una dando vueltas desesperadamente, como un niño huérfano. 

En su interesantísimo relato “La maleta”, el escritor ruso Sergéi Dovlátov cuenta la historia de un exilado. Obligado a viajar a Estados Unidos, al protagonista, que en realidad es el propio Doblátov, solo le están permitidas tres maletas. Sin embargo comprende que solo necesita una. Un traje, un gorro, una camisa, zapatos, una chaqueta, solo algunas cosas son necesarias para él. Pero cada objeto tiene un valor en sus recuerdos. Doblátov moriría en 1990, a los cuarenta y ocho años, en los Estados Unidos, después de ser expulsado de su país por la Unión de Escritores Soviéticos. Nos dejó varios relatos. En todos ellos, con una prosa sencilla y maravillosa nos recuerda algo que a falta de otra palabra, podríamos llamar esencial. Estamos rodeados de objetos que saben quiénes somos y hasta viajamos con ellos.

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