El malestar de hoy, un rencor hacia nuestros prójimos: Pardo

El filósofo español conversa con MILENIO acerca de la sensación social que ha originado la vasta erosión del estado de bienestar.
“Parece haber gente a la que nos gusta que nos mientan siempre que nos suene bien”, comenta.
“Parece haber gente a la que nos gusta que nos mientan siempre que nos suene bien”, comenta. (Cortesía)

Madrid

Dice José Luis Pardo que la crisis económica hizo que se evaporara el principal combustible de las fábricas de ilusiones: el dinero, lo que ha dejado un sórdido panorama de urbanizaciones sin compradores, aeropuertos sin aviones, periódicos sin lectores y hospitales sin médicos. “Cuando la desgracia abate a los ciudadanos despojándoles de su bienestar material, su malestar se llama ‘pobreza’, y solo si, a pesar de todo, viven en un estado del bienestar jurídico, su pobreza será digna; en caso de no ser así, a las carencias materiales se añadirá la miseria moral”, afirma.

Con Estudios del malestar. Políticas de la autenticidad en las sociedades contemporáneas, Pardo ganó el premio Anagrama de Ensayo 2016. En entrevista para MILENIO, explica que “cuando se deteriora el bienestar jurídico, incluso la prosperidad material es indigna, aunque no tengamos una palabra para designar con exactitud esa ‘pobreza política’, que es la carencia de derechos”.

Su libro es, indica, “un libro de filosofía con toda la carga que ello conlleva, donde aparecen Aristóteles, Platón, Kant, Hegel y toda la corte de filósofos; pero también es una obra escrita al hilo de todo lo que está ocurriendo en este momento, eso que llamo ‘malestar’ y que creo que todos sentimos: esa especie de sensación de que de pronto hay una bolsa de rencor enorme hacia nuestros prójimos y que estamos rodeados de ladrones que nos están quitando lo nuestro”.

Ese malestar, agrega, “proviene de la erosión del estado de bienestar, que no solo es material sino también jurídico. La causa que ha producido ese malestar proviene de una crisis económica que ha golpeado y disminuido los bienes disponibles, lo que ha creado una tendencia a decir que estaríamos mejor cuanto menos tuviéramos que repartir, y enseguida se señala un enemigo, bien sea el FMI o los inmigrantes. De ahí la idea de que ese malestar se puede capitalizar políticamente. El problema es que en Europa el ‘estado de bienestar’ es un proyecto engendrado tras la Segunda Guerra Mundial, cuando en Europa había devastación material y moral, y el bienestar era jurídico, derecho a estar bien y a esperar un reparto justo, lo que conlleva una serie de obligaciones. Pero en la medida en que ese bienestar jurídico se ha ido erosionando, la gente ha ido rechazando sus obligaciones y deberes, y al hacerlo ha rechazado tácitamente el estado de derecho buscando otra política, apelando a un pueblo que desborde los cauces de la representación institucional y aspire a vías directas de participación, algo que conecta con una especie de nostalgia de la autenticidad que siempre ha existido en el mundo moderno”.

¿Qué discurso transversal se puede asumir ante esta situación?

Lo que se ha producido es una especie de rechazo del contrato social. Es la idea de que ese contrato era una ilusión y que estamos en una especie de conflicto insuperable y estamos abocados a una conflictividad difusa permanente. Evidentemente la única posibilidad es la de reconstruir el contrato social. Lo que pasa es que ahora mismo hay una tensión entre quienes intentan reconstruirlo y quienes intentan romperlo definitivamente para abocarnos a otros posibles contratos sociales que no estamos seguros dónde se sitúan, aunque con seguridad más allá de los límites del estado de derecho e incluso de la democracia. Lo que hay es una especie de rechazo del derecho como cauce de la política.

¿Cuál es el panorama de las confrontaciones entre neoliberalismo, socialdemocracia y socialismo?

El término “neoliberalismo” es equívoco, porque en el fondo la tradición liberal no es más que la de la reflexión sobre el estado de derecho que hicieron Locke o Kant; Reagan y Thatcher en realidad no tienen nada qué ver con ello. La erosión del estado de bienestar ha sido consecuencia de una serie de políticas, pero también de una cesión de responsabilidad por parte de los ciudadanos. No es solo culpa de los políticos o de la fuerzas del mal; por mucho que nos quejemos de ellas, vivimos en sociedades democráticas donde esos políticos son elegidos por la ciudadanía, y parece haber gente a la que nos gusta que nos mientan siempre que nos suene bien.